unamuno | 05 Enero, 2007 20:08
unamuno | 05 Enero, 2007 20:00
La obra de Unamuno que comentamos -una tragicomedia como él la califica- pretende ridiculizar la actitud excluyente de la ciencia empírica de su época. La soberbia científica alcanzada tras los incuestionables avances de este método en el siglo pasado tiende al habitual reduccionismo de marginar cualquier otro tipo de medios en el análisis de la naturaleza y en la búsqueda de sentido. Este planteamiento se acrecienta de manera virulenta y en abierta hostilidad con cualquier otro tipo de conocimiento o ciencia. Ésta es la conclusión que hemos pretendido manifestar con nuestra introducción histórica y que está -así al menos lo creo- en el trasfondo ideológico que Unamuno emplea para ridiculizar las ambiciones desmedidas del exclusivismo científico, el cual, por su parte, ha dado motivaciones fácticas al materialismo filosófico de este tiempo.
“El fin del hombre es la ciencia” rezaba un rótulo del despacho del contradictorio personaje Fulgencio Entrambosmares, cuyo saludo a D. Avito es un significativo "¡Paz y ciencia!". Nos atrevemos a pensar que el propio apellido de este personaje (entre-ambos-mares) revela la doble dimensión -por no decir personalidad- del filósofo, autor potencial de la obra «Ars magna combinatoria», que ha encontrado la substancia de todo lo existente en el enfrentamiento de términos contrarios.
Este personaje, eje de toda la narración, nos da la clave de la continua discordia en que se debate la novela: amor-pedagogía, determinismo-espontaneidad, razón-voluntad, inducción-deducción, masculino-femenino etc. Todas estas confrontaciones se entrecruzan en la trama novelada con un marcado carácter dialéctico del que, en definitiva, parece no deducirse ninguna síntesis clara y distinta.
D. Avito Carrascal, protagonista de la obra, va a fracasar en todas sus pretensiones y empresas. No obstante, el Epílogo de la obra nos revela su empecinamiento en el proyecto de fabricar un genio: el hijo de Petra será el objeto de su futuro experimento
El dilema masculino-femenino es quizá uno de los más actuales en nuestra sociedad. En éste, como en otros, desgastaremos muchas energías; al final, como casi siempre, nos daremos cuenta de las barbaridades que los defensores de cada posición van a cometer. D. Avito abiertamente defiende el predominio masculino: "el genio debe ser por fuerza masculino", dice a Sinforiano. Pero será a propósito del nacimiento de su hija cuando explícitamente se refiera despectivamente a la feminidad. La mujer es para él un postulado indemostrable, un ser vegetativo; su fin es parir hombres y para tal fin hay que educarla. La mujer es la materia y como materia debe formarse. D. Avito se preocupa por el dicho de Schopenhauer de que los hombres heredan la inteligencia de las madres y la voluntad del padre, pero halla explicación a semejante parecer, para reafirmarse en su teoría de que el hombre adquiere de su padre la inteligencia y de la madre la voluntad. La mujer es tradición, el hombre progreso; la mujer nace y el hombre se hace. Todas estas ideas están claras y frescas en el teorema de D. Avito. Pero su propia praxis será su privativa negación. Ya advierte D. Fulgencio que la hija que tanto molesta a D. Avito va pareciendo más resuelta que su masculino hijo, educado con tanto empeño y con tanto fósforo. Falló cuando buscó la Materia perfecta para su alta Forma, y la voz de su conciencia ("caíste, Avito, caíste y vuelves a caer") será un continuo latiguillo que le recordará constantemente el divorcio entre lo que piensa y lo que hace.
Este duelo tan moderno entre machismo y feminismo, que se nos presenta con cierta virulencia y sin ninguna solución de equilibrio, resultará ser al fin improductivo. Muchos serán ardorosos defensores de la naturaleza masculina, de sus ventajas, de sus virtudes, de sus potencias. Otras serán apasionadas luchadoras por los derechos de la mujer y promoverán mil iniciativas para reformar el lenguaje en un desmedido afán por crearle el sexo femenino a los sustantivos de género masculino, o se irritarán asombrosamente con el hombre que ensalce sus tradicionales virtudes. Habrá intentos de buscar en las esencias la mayor dotación física o intelectual de unos sobre otros; se hipervalorarán las cualidades de éstas o de aquellos. Estaremos, en fin, un siglo debatiendo, derrochando ingenio y tiempo, y al final probablemente seamos conscientes de que el hombre y la mujer se necesitan mutuamente, que no hay Forma sin Materia, ni Materia sin su Forma; que no hay voluntad sin entendimiento, ni entendimiento sin libertad; que no hay vida sin el hombre y la mujer.
Fracasa D. Avito Carrascal en su inicial proyecto de contraer matrimonio deductivo. Unamuno, al inicio de la obra, pasa a describir con sorna y rancia ironía las dos clases de posible consorcio marital. El inductivo es aquel que nace de la pasión que recorre las entretelas del hombre. El hombre se encuentra con "un gentil cuerpecito femenino que con sus aires y andares le hiere las cuerdas del meollo del espinazo, con unos ojos y una boca que se le meten al corazón, se enamora, pierde pie, y una vez en la resaca no halla mejor medio de salir a flote que no sea haciendo suyo el garboso cuerpecito con el contenido espiritual que tenga, si es que lo tiene" (1). Este tipo de casorio es definido como el asalto irracional que sufre el hombre, arrebatado por la atracción. El hombre entra en un estado extático semejante a una neurosis delirante que le impedirá adivinar lo que interesa y conviene. Don Avito, amante de la sociología científica y de la pedagogía sociológica, no puede estar destinado a semejantes nupcias. El matrimonio deductivo será el horizonte de su vida, más aún cuando ha emprendido tamaña empresa de crear un genio a través del infalible método de la pedagogía sociológica. Debe buscar mujer que convenga a tan elevados fines. Con no menos sarcasmo nos ilustra el autor sobre la manera deductiva de parar en el connubio: "... al llegar cierta edad experimenta el hombre un inexplicable vacío, que algo le falta y, sintiendo que no está bien que el hombre esté solo, se echa a buscar viviente vaso en que verter aquella redundancia de vida que por sensación de carencia se le revela" (2).
Elige D. Avito novia acorde y conveniente al proyecto que tiene intención de emprender. Cavila sobre el temperamento, idiosincrasia y carácter de su útil compañera. Pero "caíste, Avito, caíste y volverás a caer". No podrá resistirse ante los ojos de quien a simple vista resulta ser la madre menos apropiada para dar cabida a su fantástico genio. Y, como por principio toda mujer es ineducable, los fundamentos de su propósito quedan agrietados. De poco valdrá a ella la lectura de la biografía de Newton, la visita a los museos o a la ópera, o los tres platos cotidianos de alubias. Tal vez aprovechen al genio in potentia, pero serán inservibles para la madre in actu.
Me viene a la memoria un aforismo hindú que aproximadamente dice: "los occidentales os casáis con la mujer a la que amáis; nosotros amamos a la mujer con quien nos casamos". Quiero advertir en este dicho una dualidad análoga a la planteada por Unamuno en los posibles tipos matrimoniales. No obstante, al margen de la mayor o menor poesía en las formulaciones, entiendo que la artificial dialéctica, en la que nos hemos sumido sin reparo, no nos conduce a ninguna parte, si no abandonamos las posiciones contrarias en aquellos campos en que no existe contradicción intrínseca. La elección es sólo imprescindible cuando los términos son excluyentes por naturaleza. No es necesario optar cuando ambos bienes son posibles a la vez. Estas discusiones podrán ser interesantes para entablar un trasunto dramático, pero en la búsqueda integral de la personalidad y de la felicidad habría que procurar todo lo que, siendo compatible y armonizable, resulta útil para el desarrollo humano; es posible y hasta conveniente procurarse una pareja por inducción y por deducción; es deseable unirse en matrimonio con quien se ama y continuar amando a quien se ha elegido para cónyuge. A pesar de todo, la literatura puede entretenerse con la mofa en semejantes elucubraciones.
Pero Unamuno de nuevo vuelve a insinuar un tema y lo deja aparcado sin asomarse ni siquiera a los contornos de su contenido. (Esto parece ser una estrategia en toda la novela con otros temas)
el binomio inducción-deducción es la columna vertebral de la historia de la gnoseología, la cual, desde Grecia hasta nuestros días, se me antoja -junto con la ontología- como la razón de ser de la filosofía. Solamente puedo proveer en este trabajo, dada su propia naturaleza, unas leves pinceladas sobre el asunto con el fin de resaltar su importancia.
En al menos una ocasión, la novela unamuniana hace referencia a la afamada afirmación de Aristóteles respecto a que nuestro entendimiento se encuentra en el nacimiento «tanquam tabula rasa». Son los sentidos los encargados de suministrar los conocimientos. Este medio de conocer, al que podríamos llamar inductivo, viene a contraponerse al pensamiento platónico entresacado del mito de la caverna. Para Platón el conocimiento sensitivo es incapaz de captar las esencias inteligibles. El conocimiento intelectual es irreductible al conocimiento sensible. Podríamos denominar esta concepción como deductiva. Ambos, en cambio, proceden de una misma escuela: la filosofía socrática, a la que Nietzsche hace responsable de destruir la visión vitalista del ser. Quizá los antecedentes originales y genuinos del binomio los podamos encontrar en el pensamiento de Parménides y Heráclito. Parménides niega el movimiento: la verdad sólo está en lo inmutable, y parte de los argumentos de la razón sin atender a los datos de los sentidos. Por su parte, Heráclito defiende el principio de παντα ρει (el cosmos está en continuo movimiento), el conocimiento nos llega por los sentidos y la razón se encarga de encontrar su fundamento que es una unidad no idéntica. Pues bien, esta dualidad pugnante se mantendrá sin solución definitiva hasta nuestros días. Este binomio será extensible en la escolástica a la dicotomía Razón y Fe, a la que tanta atención prestaría Tomás de Aquino, presentando una visión armónica entre ambas, y el nominalismo de Ockham, incoando la senda de la segregación. Posteriormente, se acercaría a la abierta hostilidad entre racionalistas y empiristas en la Edad Moderna que engendra la nueva epistemología y, consecuentemente, a los enfrentamientos entre filosofía y ciencia en el siglo XIX. En esta carrera se avanza progresivamente descubriendo nuevos matices a través de interesantes y sutiles disquisiciones. Pero el problema parece irresoluble, al menos con suficiente satisfacción intelectual.
Junto a la anterior dicotomía, podemos analizar la también mencionada dualidad inteligencia-voluntad con la que mantiene natural relación. En todo el devenir de la narración se discurre entre las dos orillas antes reseñadas. Toda la historia del pensamiento está también marcada por esta balanza antropológica. Podemos volver a partir del racionalismo aristotélico hasta el antes apuntado vitalismo de Nieztsche o el contemporáneo existencialismo. El acento desmedido en una u otra dimensión humana lleva aparejada la tragedia. La libertad, que emana de la voluntad, es en palabras de D. Quijote el más alto don que a los hombres dieron los cielos. Pero a nadie escapa que esta libertad es ciega sin la luz de razonar y racionar todos los deseos, a la vez que la razón se torna en un sin-sentido sin la facultad volitiva y de la libertad. En este debate, creo que todo abuso o prepotencia de un factor sobre otro resultará altamente peligroso para la estabilidad humana. La lucha se ha proyectado en todas las épocas y en todos los campos de nuestra actividad. Pero la cuestión se agudiza cuando el ejercicio de la propia voluntad se cercena o condiciona por agentes externos a la íntima personalidad. Los condicionantes externos pueden ser a su vez de variada naturaleza. Vamos a continuación a analizar alguno de ellos.
En el Capítulo IV de la novela charlan D. Avito y D. Fulgencio. Avito cuenta su propósito a D. Fulgencio y éste, al conocerlo, exclamará: "Importante papel atribuye usted a su hijo en la tragicomedia humana; ¿será el que el Supremo Director de escena le designe?" Se introduce, pues, una clásica metáfora: comparar al mundo con un teatro. Pedro Calderón de la Barca ya lo planteó así en su auto sacramental «El Gran Teatro del Mundo», también Arthur Schopenhauer en «El mundo como voluntad y representación». El propio Unamuno en su novela «Niebla» plantea un tema análogo, inmerso en la recurrida comparación: Augusto Pérez, con un insalvable problema de identidad personal, decide suicidarse, pero, cuando acude a Salamanca para entrevistarse con su autor, éste se lo impide, arguyendo que él es un personaje ficticio de su "nivola" y que el literato será quien opte por lo que acontezca en sus días. Augusto Pérez reprocha a Unamuno, su creador, esta liberalidad y le advierte que él también puede ser otro personaje de una ficción más compleja y con un dramaturgo más egregio: Dios. Pero volvamos a nuestra novela y al coloquio de D. Fulgencio y D. Avito. En esta plática se plantea un debate existencial: ¿somos libres o, por el contrario, somos marionetas?, ¿quién escribe nuestro papel?, ¿nos está permitido "meter la morcilla"? (3). En este asunto voy a referirme a dos cuestiones: la predeterminación trascendental y la determinación social o inmanente.
En pleno auge de la reforma protestante, el ginebrino Calvino (1509-1564) se convierte a la nueva religión, cuya piedra angular es la doctrina de la predestinación. Aquellos que obedecen a Dios están predeterminados a salvarse; los demás tienen por destino la condenación. Esta preocupación por la predestinación se traslada al ámbito católico siendo famosas las disputas entre los molinistas y los dominicos (4). Estos argumentos parecen servir de substrato al cuasi monólogo de D. Fulgencio, en presencia de un atónito D. Avito (5), por el que compara al mundo con un teatro: "esto es una tragicomedia, amigo Avito. Representamos cada uno nuestro papel; nos tiran de los hilos cuando creemos obrar, no siendo este obrar más que un accionar." Estas concepciones profundas, por una parte, pero no menos inútiles e irresolubles, llevan aparejadas un enorme pesimismo antropológico. D. Fulgencio atribuye al Supremo Director, al gran Apuntador, al Supremo Autor la potestad de tirar de esos hilos. Que pueda ser análogo este Autor al Demiurgo platónico, al Motor Inmobilis aristotélico, al Deus sive Natura spinoziano o al Dios vivo y personal de las religiones monoteístas resulta indiferente, pues el hombre queda reducido a una pieza más de la compleja máquina o a una divertida marioneta. No obstante, D. Fulgencio apunta un tímido desafío contra el gran Apuntador: meter la morcilla. Por esa morcilla sobreviviremos -dice- aunque también ésta esté inspirada por aquel Apuntador. Pero hay que obligar al Supremo Dramaturgo a permitir nuestras morcillas. Hay que corregir la plana al Supremo Autor: quien lo consiga será el genio.
Tal como se nos presenta el argumento en esta disertación lo juzgo poco consistente y altamente innecesario. Más adelante trataré este particular referido a otros condicionantes inmanentes, pero en el plano de lo trascendente estimo estéril este tipo de planteamientos, quizá porque parto de un juicio apriorístico: el ser humano por su propia naturaleza nace libre. La antropología judeocristiana manifiesta sin reparos está concepción. Ya en la configuración humana del genial relato del libro de Génesis esta idea ilumina nuestra condición: tan libre es el hombre que nada ni nadie pueden -ni Dios quiere- impedir la ruptura del orden de la creación, aunque todo al final tienda a reorganizarse por un implícito e inadvertido devenir. La bíblica Historia de la Salvación es muestra del continuo alejamiento humano del orden creado y de la constante revelación de Dios para indicarle en cada instante el camino. A pesar de todo, la cuestión es suficientemente sugerente, lo que no impide que una visión fatídica del mundo, del hombre y de la historia sea -a mi entender- indefendible.
Otras circunstancias, en cambio, sí van a condicionar la libertad humana. Moviéndonos en el ámbito de lo inmanente, el ser humano va siendo moldeado por múltiples factores. La naturaleza será la primera que delimitará a cada ser dotándole de particulares atributos. Pero fundamentalmente será la condición de animal político la que influya y determine las posibilidades de cada individuo. La clásica definición de Ortega y Gasset pone de manifiesto semejante condición: yo soy yo y mis circunstancias (6). En este contexto tendrá virtualidad el pensamiento de D. Fulgencio; genio es quien, usando de su libertad, se adueña de su propia vida y la domina en la medida de lo posible. Así interpretado el cuasi monólogo que venimos comentando, puede admitirse como hipótesis de trabajo.
Doy por supuesto los condicionantes físicos que nos pueden afectar y sus poco discutibles consecuencias. Sin embargo, quizá valga la pena hacer un breve apunte sobre los factores psíquicos que conforman nuestra personalidad y sobre las influencias sociales.
Comencemos por la formación de la personalidad desde la evolución psicológica. Curiosamente, en la obra objeto de comentario no he hallado grandes argumentos a este respecto. La construcción del genio Apolodoro se desenvuelve por otros derroteros; cierto es que algo se puede encontrar, pero poco significativo. La formación de Apolodoro se asemeja más al determinismo mecanicista de la ciencia empírica que a las influencias de factores humanistas. Nadie puede dudar hoy de la creciente importancia de la psicología. La educación y socialización de los niños y jóvenes emplea -hasta en exceso- esta ciencia. Fue Freud quien puso de manifiesto la perentoriedad de la evolución psicológica del niño desde su remota infancia hasta su madurez. La formación de la personalidad estará relacionada con la satisfacción adecuada o incorrecta de las pulsiones y deseos. Los padres, el ambiente, las inhibiciones o las represiones instintivas latirán en el estadio inconsciente de la persona. El predominio del padre o de la madre también es digno de tenerse en cuenta. Los trastornos de la personalidad son un síntoma claro de una deficiente e inexacta evolución psíquica. Otro grupo de psicólogos se ha inclinado más por la inducción de conductas con distintas metodologías. Pero todos, al fin, consideran determinante en los caracteres las influencias externas vividas o impuestas en la evolución interna de la persona.
Muy interesante es igualmente el proceso de socialización al que todos nos sentimos convocados. Podemos decir que sin sociedad no existe el ser humano; somos seres con y para los demás. La sociedad y sus universos simbólicos, como decía el sociólogo americano Lucman, son instrumentos insustituibles en la conformación del ser humano. Junto a ello, el inevitable proceso de institucionalización de la sociedad. La moderna sociología, iniciada por Durkheim y Max Weber ha puesto de manifiesto esta incuestionable verdad. El lenguaje, así mismo, como uno de los más completos universos simbólicos, es un medio imprescindible de la configuración y socialización humana.
Estos factores, junto a otros tales como la herencia histórica, crean un entramado de circunstancias que nos determinan, nos condicionan y nos orientan. Todas ellas son, a mi juicio, insuficientes para eliminar la libertad. El genio será quien mejor se sobreponga a estas estipulaciones y más dueño sea de su propia historia. Pero la libertad continuará siendo innegable e irrenunciable.
Con Apolodoro se ha querido ir más allá. Los condicionantes de su vida han sido extraordinarios. El determinismo de su padre, enamorado de la ciencia, ha cercenado gravemente su espontaneidad. El conductismo ha sido llevado a consecuencias inadmisibles. Sus antecedentes genéticos quisieron fabricarse ad hoc con los medios que hasta entonces se tenían; de su educación quiso eliminarse el modelo materno, los aspectos afectivos; se excluyeron todos los símbolos que no fuesen expresión de lo científico; se hurtó intencionadamente su relación con los demás. Apolodoro es fruto manipulado por los deseos de otros, es un ser alienado, es un ser prefabricado. Al final de la novela estalla el conflicto que ha originado este intento y concluye en una fracaso manifiesto: "Ahí va el hijo de D. Avito, el que iba para genio, (pobrecillo)" La sociedad que le fue hurtada y suprimida se burla de él. El monstruo carece de sentido. La lucha entre lo empírico y lo vital, entre la razón y los sentimientos, entre los axiomas y la poesía, le ha conducido al gran combate entre la vida y la muerte. ¡Y le vencerá la muerte!.
Todas las confrontaciones duales comentadas hasta ahora se van entrecruzando a lo largo de la novela; se interponen unas con otras, y unas y otras se aportan entre sí savia nueva que alimenta novedosos temas. En conclusión, puedo decir que el debate aglutinador de todos estos binomios contendientes puede circunscribirse al título de la obra «Amor y Pedagogía». Analicemos algunos aspectos no ilustrados hasta ahora.
Unamuno, en principio, no plantea la cuestión como una disyuntiva: amor, por una parte, pedagogía, por otra. El título de la obra parte de una posición copulativa. Sin embargo, antes del Epílogo agregado, sentencia el autor: "el amor ha vencido". Esto nos desvela su verdadera trama. Toda está plagada del duro enfrentamiento entre amor y pedagogía. En mi opinión, como planteamiento noético es una oposición falsa. Para entender correctamente, no obstante, esta disyuntiva es preciso situarse en los antecedentes de la obra que, en la amplia introducción de este trabajo, se quisieron dejar de manifiesto. D. Avito tilda a su amada pedagogía como sociológica, en consonancia con el gran afán decimonónico del apellidar todo posible sistema de conocimiento con el calificativo de científico, a fin de dar autoridad a sus contenidos. La sacralización de la ciencia empírica y la postergación de otros modos de saber hacían indispensable tal maniobra.
Opino, sin embargo, que la carga ambiental o el estrechamiento de perspectiva, propios de esta época, no puede impedirnos analizar en sus justos términos el significado y contenido de la pedagogía. Pedagogía, palabra de origen griego (παιδαγωγία), es la ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza. En ambos significados se describe asépticamente la actividad de conducir sin que quede predeterminado el fin bueno o malo al que se pretenda llegar. Esa conducción no excluye el amor, sino que éste puede ser un útil instrumento para aproximarse al fin ambicionado. Otra acepción de esta palabra pudiera tener cierta intencionalidad cuando el término perseguido es que otro haga lo que su pedagogo quiere. Pero no encuentro motivo bastante para renunciar a mi parecer. La pedagogía es un método para alcanzar la educación como formación integral de la persona; por principio, los elementos para conseguir la completa formación no podrán omitir los aspectos afectivos y emotivos de la personalidad, más bien el amor será crucial en una pedagogía adecuada a los fines perseguidos. Hablamos de la pedagogía como visión y saber complejos y totalizantes puestos al servicio de la persona, no como una rígida actuación basada en el principio científico de causa-efecto inmerso en un inexcusable fatalismo determinista.
Por la misma regla, una formación humana apoyada exclusivamente en los aspectos afectivos adolece de una insoportable reducción que puede llevarnos a la más absurda irracionalidad. Quedarnos en el mundo de los sentimientos singularmente constituye un craso error que atenta contra los fundamentos de la personalidad. Una formación semejante es por definición incompleta y peligrosa.
Huir del equilibrio entre la vertiente racional y emocional del ser humano engendra graves riesgos de un psiquismo desencajado, dividido y esquizoide. Entre la razón y el amor no puede existir una separación o incomunicación; no debe existir beligerancia sino una franca colaboración. En la obra de Unamuno la trama se soporta en una clara contradicción. "Si al amor, no a la pedagogía" dirá Apolodoro antes de acudir el médico D. Antonio. El padre reafirmará su conocida posición: "no haremos con la pedagogía genios mientras no se elimine el amor". El sarcasmo presente en toda la obra puede extremar, como en una reacción hacia lo contrario, los postulados de esta teoría; en cambio el mismo Apolodoro puede ilustrarnos sobre una salomónica solución: "¿y por qué no hacer del amor mismo pedagogía, padre?". Quizá, por ello, Unamuno titula su obra en unión copulativa, apuntando la equilibrada solución: Amor y Pedagogía.
D. Avito exige a Apolodoro lo que él no fue capaz de soportar: sus proyectos se vieron afectados severamente por los ojazos de Marina y, en cambio, pide a su hijo que abandone el mundo de los hombres y se convierta en un mito. Cayó él, y volvió a caer una y otra vez, y no reconoce esta debilidad a su enamorado pupilo. Esta injusta exigencia y la total manipulación de su persona provocan el conflicto fundamental por el sentido de la vida. Machaconamente algunos personajes de la obra se agarran a una perspectiva exclusivamente inmanentista; a los profundos sentimientos de permanencia se limitan a responder con los hijos que se dejan o con algún acto de notoriedad a imitación de Eróstrato. Apolodoro exclamará angustiado: "necesito a Dios para hacerme inmortal; vivir, vivir, vivir". La respuesta de un cientista irracional (7) no puede ser más pobre: "haz hijos, Apolodoro, haz hijos". Éste es el fruto del experimento; éste es el monstruo que, con una personalidad dividida y sesgada no encuentra el sentido de la vida. La autodestrucción está cercana; el suicidio se aproxima.
unamuno | 05 Enero, 2007 19:56
En elaño 1902 se publican cuatro novelas que son síntoma de los nuevos tiempos narrativos y de la irrupción de a geración del 98.
En efecto, junto a obras de narradores de genraciones anteriores como Cañas y barro de Vicente Blasco Ibáñes y Narváez de Benito Pérez Galdós, en este annus mirblis de 1902 aparecen en las librerías nada menos que Amor y pedagogía de Unamuno, La voluntad de Azorín, Sonata de otoño de Valle Inclán, y Camino de Perfección de Pío Baroja
Son los años fundamentales en que se construye un proyecto de “Otra España” por parte de una juventud del 98 (Maeztu, Baroja, Azorín) que polemizará con Unamuno y que llega a articular borradores de proyectos políticos en torno al socialismo o al anarquismo del momento. En todo caso, se trata de claros proyectos críticos con respecto al modelo de la Restauración, que asumirá una segunda etapa con la subida al trono de Alfonso XIII, concluida después en 1923 con la llegada de la Dictadura de Primo de Rivera.
Recordemos como hechos relevantes de ese mismo año la mayoría de edad de Alfonso XIII, el estallido de la huelga general revolucionaria en Barcelona y la publicación de esas novelas clave (entre otras muchas importantes ese mismo año) por autores que se situaban en la cima del sistema literario del momento y venían a constituir el canon novelístico.
Estas novelas de 1902 son reveladoras de una nueva sensibilidad frente a la pervivencia del realismo y del naturalismo en los primeros años del siglo. Esa ruptura con la narrativa realista decimonónica se manifiesta fundamentalmente en dos notas. De un lado, la irrupción del subjetivismo. Ya no basta con la fiel reproducción de la realidad, porque la realidad que ahora es pertinente se convierte en pura subjetividad emotiva e intelectual; ahora el discurso novelesco se vuelca sobre la interioridad del individuo y los procesos que se desencadenan en su conciencia, si bien éstos son expresados muchas veces a través del paisaje, como en Baroja o Azorín, mediante sugerentes cuadros plásticos. Como ha señalado acertadamente Francisco José Martín (2002) estos jóvenes se ubican “a la intemperie” de las ideologías del momento y al margen del orden dominante del “positivismo”.
Se trata de una poética de la escritura que establece teoría común y práctica similar en la narrativa y en el verso de la época, dentro de lo que se viene llamando la “poética asociativa”, común al período del cambio de siglo.
Esta lucha del alma humana entre la voluntad (el deseo, los sentimientos) y la razón es uno de los temas que más interesó a la Generación del 98, influida por la filosofía finisecular europea (especialmente por Schopenhauer y Nieztsche), que se rebela contra una visión excesivamente racionalista y científica del hombre y defiende la importancia de los valores subjetivos en la vida y en el pensamiento, en el modo de actuar y en la forma en que concebimos la realidad. Unamuno es uno de los escritores más apegados a esta apología de la subjetividad del hombre, de valores como la voluntad, la fe o la felicidad. Por ello, en el texto ha escogido, como idea opuesta a la ciencia, uno de los sentimientos más intensos del ser humano y de los que más parece depender su felicidad: el amor.
Al enfrentar un sentimiento como el amor, tradicionalmente unido a los atributos de la nobleza, el desinterés y la generosidad, a la ciencia, Unamuno pretende realzar lo absurdo que supone para él limitar la idea del hombre a la de un ser puramente racional, sin tener en cuenta su naturaleza completa. Por ello, muestra al padre como a un fanático que rechaza que en el hombre los sentimientos sean algo instintivo, propio de su ser, según revela la pregunta que le hace: “¿Y quién te ha mandado enamorarte?”. Incluso hace que el personaje lleve sus argumentos más lejos y que presente al amor como un obstáculo para lo que de verdad es importante en la vida, la ciencia: “¡El amor!, siempre el amor atravesándose en las grandes empresas... El amor es anti-pedagógico, anti-sociológico, anti-científico, anti... todo”.
Antinovela anti-novela cientifica ala manera naturalista, estructura irónica, humor como irracionalidad etc.
unamuno | 05 Enero, 2007 19:45
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