franciscoarias | 01 Marzo, 2007 13:23
porque el anterior no se asignó a una categoría y generó error
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franciscoarias | 27 Febrero, 2007 15:33
Emilia Pardo Bazán.
LA VOZ DE LA CURIOSIDAD INSACIABLE.La Pardo Bazán, escritora de una pieza, tuvo en toda su producción una característica esencialmente femenina: la de recibir las huellas de cuantas influencias le salieron al paso. Tratándose de un espíritu creador de la potencia de la autora de Los pazos de Ulloa, ocioso es subrayar que las influencias que podían avasallarlo no habían de ser meras modalidades del momento. La Pardo Bazán no iba a dejarse arrastrar por unos grupos u otros. Menos aún, a contentarse con seguir los caminos que unos u otros le indicaran. Mas su misma curiosidad; esa curiosidad insaciable, que la hacía entregarse de lleno a unos estudios o a unas lecturas comenzados poco menos que al azar, y sustituirlos por otros estudios, u otras lecturas, cuando aún no se le habían revelado aquéllos sino muy superficialmente; su mismo afán de saber y de avanzar de continuo, no le permitieron nunca equilibrar, en un credo literario sereno, el ideal propuesto y el ideal aceptado.
Emilia Pardo Bazán, condesa del mismo nombre, nació en La Coruña, el 10 de Septiembre de 1851.Se casa muy joven con José Quiroga. Su primera producción fue un libro de versos: Jaime. En 1876 obtuvo, con el Estudio crítico de las obras del padre Feijóo, el premio del concurso organizado como homenaje a la memoria de éste. En 1879 publicó Pascual López, autobiografía de un estudiante de medicina; en 1881, Un viaje de novios, cuyo prólogo levantó enorme revuelo, y, a partir de entonces, dio a la estampa, con extraordinaria abundancia, novelas, cuentos, estudios críticos, ensayos, impresiones de viaje, etc. Emilia Pardo Bazán muere en Madrid el 12 de mayo de 1921.
Entre sus novelas, y a parte de las ya citadas, destacan: La tribuna, La madre naturaleza, Insolación, Morriña, Una cristiana, La quimera , La sirena negra. Y entre los cuentos: La piedra angular, Arco iris, Cuentos de Marineda, Memorias de un solterón, Cuentos de Navidad y Reyes, Cuentos trágicos, El fondo del alma y Cuentos de amor. Entre sus obras capitales se cuentan: El darvinismo, San Francisco de Asís y La cuestión palpitante.La escritora gallega, que no admitía, según su propia declaración, el yugo del naturalismo francés, y que siempre quiso sentar plaza de casticista, en sus primeras novelas: Un viaje de novios y La tribuna, antes se acuerda de Zola que de los maestros representativos de la novela española de entonces. Sin embargo, el naturalismo de la Pardo Bazán, no es el naturalismo del autor de los Rougon Macquart. Pese a los reproches que algunos sectores le han dirigido, a doña Emilia, aun arriesgándose cuanto es preciso al borde de la realidad descarnada, no resbala hasta cierta crudezas, y mucho menos complácese jamás en ellas. Los pazos de Ulloa y La madre naturaleza, las dos obras más representativas de la Pardo Bazán, son, sin duda, la manifestación más acabada -y más lograda- del naturalismo en nuestra literatura.
Y el hecho de que sean “obras rurales”; de que haya necesitado su autora mirar hacia un ambiente rural para elevarse a su máxima altura, no deja de prestarse a ciertas consideraciones. Sin proponérselo; sin saberlo tal vez, la Pardo Bazán, apasionada y diletante de todas las novedades exóticas; catadora, con frecuencia serena, y con frecuencia algo ingenua, de todas las modalidades y modas literarias, se encontró a sí misma, encontró su razón de ser, agrupándose simplemente junto a los novelistas que contemplaban el paisaje de su tierra con voluntad de penetrarlo.
A los 86 años de su muerte, todavía es lícito darle a la escritora gallega el título que nadie le ha disputado, de una de las más insignes escritoras de la literatura universal.Francisco Arias Solis
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1 de marzo: Día del móvil caído.
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franciscoarias | 26 Febrero, 2007 16:57
Rafael Alberti.
Andalucía es tal vez, la más vieja tierra histórica de Europa y nunca ha mostrado petulancias de particularismo ni ha pretendido nunca ser un Estado aparte. Es verdad que el pueblo andaluz no tiene continuidad histórica y que, por tanto, los andaluces del siglo XXI, no descendemos de los andaluces de la Edad Media, y menos aún, de los de la Edad Antigua. Igualmente, es cierto que las bailarinas de Gades no son las precursoras de nuestras folklóricas actuales. Se puede afirmar, también, que no queda entre nosotros ningún descendiente de Séneca o de Averroes. Pero no es menos cierto que algo habrá quedado, algunas gotas de sangre de tartesos y fenicios correrán por nuestras venas, y en el caso de los hispanorromanos, árabes y berberíscos deberán ser más que unas gotas. Y no hay duda, que hay una cultura en la sangre.
Todas las regiones, todas las naciones de Europa, han conocido migraciones, pero ninguna con la intensidad de Andalucía que ha llegado a ser vaciada de su población y repoblada con otra de distinto origen. Es dudoso que exista en occidente una región que haya sufrido trasvases humanos tan radicales. Por ello, la tierra andaluza ha tenido que desarrollar una función unificadora decisiva para perfilar la personalidad del pueblo andaluz y asegurar su continuidad.
En esta tierra del Sur, en la que nada envejece porque todo es viejo de nacimiento es fácil comprender que todos los que fueron llegando modificaron sus hábitos con el andar del tiempo, al encontrar una arquitectura urbana adaptada al clima, unas costumbres alimenticias en consonancia con el medio, un ambiente cosmopolita, una gran comunicabilidad social y tradiciones populares muy arraigadas.
Andalucía puede considerarse como la más antigua de las culturas peninsulares, si bien, hace tan sólo algo más de cinco siglos que delimitó su espacio geográfico. El espacio andaluz es el resultado de la fusión, a finales de la Edad Media, de los reinos nacidos de la conquista cristiana. Andalucía no era una denominación oficial (tampoco lo era entonces España). La distinción entre la Andalucía de los Tres Reinos y Granada se diluyó con gran lentitud. Pero en el lenguaje popular Andalucía estaba ya identificada con el espacio actual desde 1492, que puede considerarse el año fundacional de Andalucía.
Esta realidad nacional que se configura en sus rasgos esenciales a partir de 1492, tiene una personalidad propia indiscutible, no hay una étnica andaluza pero sí un modo de vida andaluz. No existe una lengua andaluza, pero sí hablas andaluzas que no tienen relación de subordinación o dependencia respecto al castellano. Precisamente, la primera gramática castellana que se imprimió en 1492, es obra del andaluz Elio Antonio de Nebrija.
El laborioso parto de Andalucía estuvo marcado por feroces luchas religiosas que sirvieron de pretexto para dos resoluciones altamente negativas: el establecimiento de la Inquisición y la expulsión de los judíos.
La dimensión americana es también esencial para la comprensión de la personalidad andaluza. La gran aventura del hombre se hizo desde Andalucía. El descubrimiento de América, abrió nuevos e ilimitados horizontes a los andaluces, colocándolos en el centro de las grandes decisiones mundiales, lo que fortaleció la vocación universal del pueblo andaluz y su estilo cosmopolita.
Ayer y hoy, con pobreza y riqueza, Andalucía es una realidad nacional entrañable con una acusada personalidad, crisol de razas, hogar abierto a todos, tierra de libertad, donde el hambre se hace grito de dignidad: “¡En mi hambre mando yo!”.En los albores del siglo XXI, es esencial que nadie sea desalentado, que no se prescinda de nadie. Se hace necesario la movilización, de todos los andaluces, exigiendo a cada uno que sea lo que es, y que lo sea para los demás, para construir por todos y para todos un futuro mejor, haciendo cada nuevo día, más Andalucía. Y como dijo el poeta: “Pero que nadie se engañe. / Aunque andaluz, yo soy copla, / soy viento de cualquier parte”.
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franciscoarias | 25 Febrero, 2007 13:45
Rafael Alberti.
UNA REMOCIÓN EN LAS CONCIENCIAS
La abolición de la esclavitud fue un máximo tema para la civilización del siglo XIX, para la civilización con epidermis blanca, por supuesto. Lo que nos resta de año se debiera tomar a empeño de honor la supresión de la tortura ejercida todavía en muchos países por las minorías violentas. Una vez suprimida la pena de muerte tan estúpida como bárbara en los países civilizados, lo más urgente sería la eliminación de las torturas y horrores en frío, como práctica consuetudinaria, cínica y felina. Digo felina porque no sé si hay otros animales, fuera de la gata, que brinden a sus pequeñuelos un ratoncete moribundo para su solaz y adiestramiento.
Todo lo demás resbala a segundo plano: derechos humanos, códigos, salarios, libertades públicas y sociales, escuelas, higiene, la manifestación del sábado tarde; todo será miseria y basura mientras sea posible que unos hombres armados torturen. Y mientras eso pueda acontecer, todas las pretendidas leyes de humanidad y justicia serán más que inútiles, ya que tapan la boca a quienes gritan espantados ante esas efectivas vigencias.
Habla Quevedo de cierto pícaro, tan humilde y modoso, que no “levantaba los ojos a ninguna mujer, aunque sí las faldas”. A esta civilización se le ha ido la fuerza por la pluma. Mucha ley, mucho reglamento; más la vida hace un regate y te saca un palmo de narices. Son cien veces más honestas las leyes que se hacían hace muchos años para ser cumplidas.
He aquí un pasaje de Montaigne, incalculablemente actual por donde quiera que abramos sus Ensayos: “A los muertos no los compadezco, y más bien lo envidiaría; los que están muriendo sí me causan gran pena. No me ofenden tanto los salvajes que asan y comen los cuerpos difuntos, como quienes los atormentan y persiguen en vida. En la misma justicia, todo lo que va más allá de la muerte simple me parece pura crueldad, y esto vale sobre todo para nosotros, que debiéramos cuidar de que las almas partiesen en buen estado; lo que no puede ser, si han sido agitadas y desesperadas por tormentos insoportables”. Adorable Montaigne: eres un clásico, sigues viviendo. Tales palabras tendrían todavía que perforar las conciencias de piedra de muchos pretendidos cristianos.
El remedio a semejantes desventuras no puede brotar de las leyes, ni de los regímenes políticos que soslayan muy tangencialmente los senos profundos de la vida y de los afanes humanos. Ni es posible curar una infamia realizando otra mayor, porque entonces sería el cuento de nunca acabar. La cura de tan inmensos daños sólo puede venir de una remoción en las conciencias y de una voluntad firme y sostenidamente exteriorizada. El hombre del siglo XXI tendría que experimentar una angustiosa sensación de vergüenza, de no poder vivir, mientras ocurra que semejantes suyos son sometidos sañudamente a violentas torturas. Bastaría incluso con preocuparse fuertemente de ello mientras se platica con el amigo en la calle o con Dios en el templo. Nada resiste a un sentir vivido y manifestado. Y como dijo el poeta: “Hoy no quiero cantar, / quiero mi voz para el grito, / mi aliento para gritar.”
Francisco Arias Solis
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No se debe admitir la violencia ni siquiera contra la violencia
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Gracias.
franciscoarias | 25 Febrero, 2007 10:17
Fernán Caballero.
LA VOZ DE LA NOVELA MODERNAFernán Caballero inicia con gran decoro la novela realista moderna, que a tan alto rango habrán de llevar, entre otros, Galdós, Pereda, Clarín, la Pardo Bazán, Alarcón y Valera. Esta circunstancia explica los elogios que le tributó la crítica de su tiempo y el éxito alcanzado por sus obras.
Cecilia Bölh de Faber nació en Morges (Suiza), el 24 de diciembre de 1796. Su madre, doña Frasquita Larrea, era gaditana; su padre, Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul de Alemania en Cádiz, habíase identificado a tal punto con España y las letras españolas, que publicó varias obras de crítica sobre nuestro teatro antiguo, así como una Floresta de rimas castellanas. Cecilia, pasó su infancia, y parte de su adolescencia, en Hamburgo, junto a su familia paterna. Al regresar a España, asistió en Cádiz, junto a su familia a la tertulia de su madre, foco de política absolutista. A los dieciséis años casó con Antonio Planells, oficial de artillería, con el cual fue harto desgraciada. Viuda a los veintidós años, casó en segundas nupcias, en 1822, con el marqués de Arco Hermoso, con quien se estableció en Sevilla. Enviudó de nuevo en 1835, quedando al poco casi en la miseria. Se volvió a casar con Antonio Aroon de Ayala, que se suicidó en 1863 al verse arruinado. Y entonces fue cuando Cecilia resignóse a vivir de su pluma, y a publicar, con el seudónimo de Fernán Caballero, las obras que tenía cuidadosamente ocultas desde hace muchos años.
Muy pronto adquirió celebridad y prestigio. Los más altos personajes enorgullecíanse con su amistad, visitándola en su propia casa Isabel II, los emperadores del Brasil, y los duques de Montpensier, que la trataban como a persona de su mayor confianza. Murió en Sevilla, el 7 de abril de 1877. Como dato curioso debe anotarse que el Gobierno belga le concedió la Cruz de la Orden de Leopoldo, concesión que hubo de quedar sin efecto al enterarse aquel Gobierno de que Fernán Caballero era una mujer.Su producción literaria se manifiesta en tres géneros: poesía, cuento y novela. Las poesías, de tipo popular, y los cuentos fueron recogidos en Cuadros de costumbres populares andaluzas (1852); las novelas tienen por título: La Gaviota, La familia de Alvareda, Clemencia, Un servilón y un liberalito y Un verano en Bornos.
Ideológicamente, todas sus novelas se resuelven en una apología a la virtud y una condena del vicio en cualquiera de sus formas, incluido el progreso cuando se desarrolla sin menoscabo del espíritu.Con Fernán Caballero podemos decir que empieza la novela española moderna. Con La Gaviota, con La familia de Alvareda y Clemencia se abre el paso a esa novela de la segunda mitad del siglo XIX, hecha a base de caracteres, de costumbres y ambientes propios y actuales, sin tener que recurrir a reconstrucciones del pretérito o a exóticos escenarios. Fernán Caballero se inspira en la realidad. “Como no aspiramos -escribe en el prólogo de La familia de Alvareda- a causar efectos, sino a pintar las cosas del pueblo tales cuales son; no hemos querido separarnos ni un ápice de la naturalidad de la verdad”. A esta naturalidad lo sacrifica todo, incluso si hace falta, las bellezas del lenguaje. A esta naturalidad y al intento moralizador, que nunca disimuló la ilustre escritora. Quiere, y así lo dice, que cada obra suya, novela o cuento, sea una lección edificante.
Esta obsesión didáctica no le impedía ser encantadoramente sencilla, natural y espontánea. Sí es cierto que la narración se hace a veces demasiado dulzona -”arroz con leche”, la definió Valera-, y sí no es menos cierto que el estilo peca con frecuencia de desmañado y poco castizo, no se le puede negar, en cambio, una frescura de inspiración, una sensibilidad y un poder observador realmente asombroso.
Fernán Caballero no fue una estilista, mucho menos una purista; pero fue una escritora que gustó mucho en su tiempo y que todavía se deja leer. De su corazón brotaba una fuente de poesía. “Ha dedicado muchos años de su vida -escribía José Joaquín de Mora- al estudio del temple moral y poético de las gentes”. Las narraciones y los cantos populares recogidos por Cecilia Bölh de Faber presentan un tono natural y espontáneo que no puede menos de suscitar un sentimiento de admiración. Como ejemplo, nos puede valer esta composición: “Desde el día que nacemos / a la muerte caminamos. / No hay cosa que más se olvide / ni que más cierta tengamos”.
Francisco Arias Solis
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Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad.
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franciscoarias | 24 Febrero, 2007 13:17
Antonio Machado.
ES MUY POSIBLE QUE CUALQUIER TIEMPO PASADO FUERA PEORMi amigo e interlocutor frisa los sesenta años, si es que no los ha dejado atrás. No se puede decir que goza, o sufre, de mala salud, pero es una persona sumamente frágil, obligada a estar muy alerta a cualquier posible desfallecimiento. Tiene, desde ya hace muchos años, una sordera bastante avanzada, que, aunque a veces brinda algunas ventajas, tiene ciertos inconvenientes. Mi amigo se gana el sustento con dificultad, y subsiste únicamente porque no tiene obligaciones familiares y lleva un tren de vida muy modesto. Sus actuales tareas -traducciones no muy bien pagadas de libros que no le interesan gran cosa, correcciones de textos; algún que otro libro por voluntad del autor, pero frecuentemente por encargo- no se ajustan las más de las veces a sus talentos. Periodista nato, de los que cogen las cosas al vuelo y las fijan en artículos nerviosos y brillantes, no tiene periódico ni revista donde colaborar. Escritor que fue muy justamente conocido y celebrado, su nombre no se menciona apenas. Tiene unos pocos amigos fieles, entre ellos el que suscribe, pero no todos están, digamos, a mano ni son los suficientes para que nuestro hombre pueda escapar por completo al demonio de la soledad.
He insistido, bien que sin exagerar, en los aspectos que son “desfavorables” a mi interlocutor y amigo para que mejor resalte el interés, y hasta la validez, de algunas de las cosas que me ha soltado en una conversación reciente, al encontrarle después de unos años de ausencia, intelectualmente tan ágil y perspicaz como siempre y hasta con algunos quilates adicionales de despejo.
Mi personaje -a quien no identifico por discreción, bien que tengo para él solamente elogios y parabienes- me ha dicho: “¡Qué mundo el nuestro! Se publican incesantemente libros, pero ¿quién los lee? A decir verdad ¿vale la pena leerlos? La llamada nueva poesía no pasa de ser una lata imponente. La filosofía está en la última. La gente va a lo suyo, y lo suyo no es lo nuestro. ¿Por qué permiten que los automóviles circulen por las calzadas? Como uno se descuide al cruzar la calle, acaba por quedar hecho papilla bajo las ruedas de cualquier frenético propietario de vehículo. Hay en la actualidad muy distintos regímenes de gobierno y muy variadas especies de gobernación; unos son avanzados y otros reaccionarios, los hay que administran la cosa pública con parquedad y otros que roban con frenesí, pero ¿te has fijado que todos proclaman que sus objetivos prioritarios son la paz y la creación de empleo? Mientras tanto, en el globo siguen las matanzas, los despojos y los traslados en masa de los seres humanos. El desempleo y las condiciones de trabajo no cesan de empeorar. Y en todas partes cuecen idénticas habas. El aire se hace irrespirable. Los amigos ya no hacen tertulias; o está muy ocupados, o dicen que lo están, o ya no hay humor para departir amigablemente. Los jóvenes están imposibles. Sin embargo, compara su clara franqueza con la turbia deshonestidad de tantos jóvenes del pasado: la honestidad no se mide por la presencia de ropa, sino por la ausencia de pensamientos y deseos tortuosos. Si los jóvenes tienen algún defecto es el creer que son siempre los primeros en hacer lo que hacen o decir lo que dicen. No obstante, hay que reconocer que bastantes de las buenas cosas de hoy se anticiparon ayer, porque, al fin y a la postre, ayer era mejor que anteayer, y peor que hoy, etc.”
Así a mi amigo, no le falta razón, ¿cómo le va a faltar? ¿Y quién puede molestarse porque se exprese la esperanza de que mañana sea algo mejor que hoy? Se puede admitir lo que mi amigo dice sin ceder un ápice en la actitud crítica con respecto al hoy, y hasta alegar que esta actitud crítica, cruda y candorosa al mismo tiempo, es una de las buenas cosas de hoy, que conviene conservar y aumentar para mañana. Tampoco está mal la idea de que, contra todas las apariencias, es muy posible que cualquier tiempo pasado fuera peor. Y es que, como dijo el poeta: “Las horas cuando se cuentan / es porque ya están perdidas”.Francisco Arias Solis
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Cuando hay libertad, todo lo demás sobra.
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franciscoarias | 24 Febrero, 2007 13:15
“Manuel de Falla me lleva a la Alhambra.
-Que le enseñen Granada los amigos .Pero a la Alhambra le acompaño yo-.”
Gerardo Diego.
LA VOZ QUE BROTA DEL CORAZONGerardo Diego es el poeta. El hombre que ha entrevistado el misterio y que un día hizo esta afirmación .”¿Quién que es no es social?” Y más sincera no puede ser en Diego si se tiene en cuenta que este fanático de la poesía no tiene un solo verso insincero.
De entre los autores del 27, Gerardo Diego es, sin duda, uno de los más difíciles de situar en una estética o línea creativa más o menos uniforme. Su obra se caracteriza por una pluralidad de maneras voluntaria y querida por el poeta. Diego, como Lope es muchos Diegos. Quizá por ello su obra repartida entre la “Bodega y la Azotea” de su unitario laboratorio poético se somete a varios impulsos creadores y férulas expresivas.
Gerardo Diego nace en Santander el 3 de octubre de 1896. Estudia Filosofía y Letras en la Universidad de Deusto y posteriormente en la de Salamanca y Madrid, donde hace el doctorado. En 1920 obtuvo la cátedra de Lengua y Literatura en el Instituto de Soria, y sucesivamente enseñó la misma asignatura en los Institutos de Gijón, Santander y Madrid. En diciembre de 1921 conoce personalmente a Vicente Huidobro, iniciándose una fructífera amistad personal y estética. En1925 -ex aequo con Alberti- obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Fue uno de los más activos organizadores del Homenaje a Góngora que celebró la generación en 1927, con motivo del centenario del gran poeta cordobés. En diciembre de ese año lanza la revista Carmen, desde Gijón. Participó, con Juan Larrea y Huidobro, en el movimiento creacionista. En 1931 se adhiere a la Agrupación al Servicio de la República, creada por Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. En julio de 1934 se casa con Germaine Marin en Toulouse. En 1947 es elegido miembro de número de la Real Academia Española. En 1979 -ex aequo con Borges- obtuvo el premio Cervantes. Tras dejar lista para la imprenta su esperada poesía completa, Gerardo Diego muere el 8 de julio de 1987 en su casa madrileña de Covarrubias, cesando para siempre el incansable pestañeo del poeta niño asombrado por el mundo.
Su biografía personal y poética resulta ejemplar. Es, por ejemplo, uno de los más claros exponentes del poeta-profesor, y, paralelamente a Alberti (poeta-pintor), el poeta-músico del 27. La apelación a la música es una auténtica nota distintiva de su quehacer poético y de sus concepciones líricas: “Y un asirse y plegarse / a la música hermana / para bien orientarse / en la libre mañana”.
Sin embargo, Diego, como Aleixandre y Dámaso, no se marchó al exilio, exagerándose las razones políticas y minimizándose las personales e íntimas. Así, se trajeron y llevaron ciertas concesiones al Régimen constituido tras la guerra y no se recordó su adhesión liberal en los primeros años treinta a la asociación de intelectuales que fomentó el advenimiento de la República o no se valoraron sus profundos sentimientos religiosos difícilmente conciliables con la barbarie de la guerra.
A lo largo de más de sesenta años de creación, Gerardo Diego ha elaborado una obra extensa y multiforme: El romancero de la novia, Imagen, Soria, Manual de espumas, Versos humanos, Equis y Zeda, Angeles de Compostela, Limbo, Biografía incompleta, Paisaje con figuras, Egloga de Antonio Bienvenida, Amor solo, Mi Santander, mi cuna, mi palabra, Odas morales, La fundación del querer, Cementerio Civil, Poesía de creación... “Lo primero que llama la atención en la poesía de Gerardo Diego a quien la considera en su conjunto -decía Dámaso Alonso- es su variación, sus variaciones”.
La primera “manera” de Gerardo Diego revela una influencia bien asimilada de Juan Ramón Jiménez. La poesía de El romancero de la novia es una poesía sencilla y sentimental, con cierto intimismo becqueriano. Diego inicia pronto su aventura vanguardista. Muy tempranos son sus contactos con el ultraísmo y sus colaboraciones en revistas como Grecia, Cervantes y Alfar. Su experiencia parisina de 1922, invitado por Huidobro, le permite asimismo, conocer de cerca el creacionismo. Fruto de todo ello son una serie de libros que, de Imagen (1922) a Cementerio civil (1972) trazan más de medio siglo de poesía de creación.
Realmente Gerardo Diego es un fanático. “Es un fanático de la causa -nos dijo Pedro Salinas-. La causa es la poesía. La muy antigua o la muy moderna, la de Soto de Rojas o la de Huidobro, la de Lope o la de Juan Larrea”. Por tanto, no es extraño que la obra poética de Diego ofrezca no pocas dificultades. Tampoco es fácil de orientarse en una lista que roza el medio centenar de títulos .
El bloque cuantitativamente más importante de la producción poética de Gerardo Diego se acoge a la categoría de lo que él llamaba poesía relativa, y que tal vez, podría llamarse poesía de expresión. Pero toda su poesía, lo mismo el verso tradicional, que el puro experimento lírico, brotan humanamente del corazón. Y como dijo el poeta: “No amigos míos. Vuelva la armonía / y el bienestar de los claveles. / Mi corazón amigos fue algún día / tierno galope de corceles”.
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Jamás hubo una guerra buena o una paz mala.
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franciscoarias | 24 Febrero, 2007 00:47
Manuel Azaña.
Pocos hombres públicos en la historia política de cualquier país han sido tan zaheridos y vituperados como Manuel Azaña en el nuestro. Si tuviésemos que juzgarle por las inculpaciones que algunos le han hecho, como obedeciendo a una consigna, tendríamos que pensar que todos los males y errores de nuestro país, tienen un único responsable.
Pero Manuel Azaña nació a la gobernación pública el 14 de abril de 1931, como ministro de la guerra. Meses después pasa a la presidencia del Consejo de Ministros, hasta septiembre de 1933. Aunque hubiese sido Atila ¿se concibe que en tan poco tiempo hubiera consumado los desastres que se le atribuyen a él solo? Nadie lo piensa ni puede pensarlo ¿Por qué entonces esta aversión reiterada, este encono exacerbado y esa persecución incesante? ¿En qué zonas del espíritu humano se esconde tanto odio o fingido desdén contra un hombre, que si de algo pecó, si eso es pecar, fue de excesivo candor, es decir de extremada pureza de intenciones?
En efecto, Azaña es un mito demoníaco. Sólo en un pueblo donde una parte de su conciencia social ha sido tan deformada por veinte siglos de supercherías, se concibe que el terror y, al mismo tiempo, la furia de las clases derrocadas por el 14 de abril de 1931 hayan hecho de este hombre un símbolo demoníaco, el brazo destructor de sus privilegios. Hecho curioso, el político en quien se incorporaba esa perversidad diabólica no era un Francisco Largo Caballero u otro socialista cualquiera, sino Manuel Azaña, un republicano liberal, un partidario del régimen de la propiedad privada, un exponente de los intereses de la pequeña burguesía.
Y sólo en un país de la tradición inquisitoria que tiene España, donde a los poseídos del demonio se les salvaba quemándolos en la hoguera, se comprende que las clases privilegiadas hayan perseguido a Azaña con el encono que han venido haciéndolo, hasta encarcelarle por los sucesos de octubre de 1934.
Esta campaña persecutoria contra un hombre elevado a mito demoníaco por las clases privilegiadas ha producido esta reacción afectiva que se manifiesta en los mítines, esta adhesión sentimental de las masas populares por el perseguido. Por una ley de compensaciones, el mito demoníaco de los unos se transforma en ídolo para los otros.
Leyendo sus discursos y pudiendo estar o no de acuerdo con todas las ideas del orador, en un punto nos cautiva por completo: en la sugestión estética de su lenguaje. Azaña es un orador que habla como si estuviera escribiendo. No han existido muchos políticos capaces de reunir espontáneamente a casi medio millón de personas para oírle. Con ser un orador de primer orden, no hay que pensar que lo que atraía a esos cientos de miles de oyentes es el hechizo de su elocuencia, generalmente demasiado desnuda y literaria; ni lo que solía prometer, que en eso Azaña es más avaro que pródigo; ni siquiera su ideología liberal, que nunca contó con tantos seguidores.
Para Azaña el estado no es un montón de blanda arcilla que se puede modelar a capricho, ni un botín, ni un escenario, ni un cortijo para amigos y compadres. “Se sirve al estado –dice Azaña- sin derechos o recompensas alguna, sin más satisfacción que la interior de haber cumplido con el deber”. Y además añade: “La mayor desdicha de un gobernante o de un hombre público que quiere hacer algo útil en su país son sus amigos”,
Azaña sólo promete abnegaciones, sacrificios y el placer de trabajar oscuramente. Un hombre así, apela nada más que a la conciencia del deber en servicio de una idea o un sueño nacional, sin otros medios materiales que la voluntad y la pasión de la justicia, como don Quijote, pero más desvalido aún que él, “yo ni siquiera tengo celada de cartón ni caballo; pero ésa es nuestra locura, ésa nuestra vocación y ése es nuestro propósito”:
La mayoría de los que acudían en grandes masas a los mítines de Azaña, mito demoníaco creado por el rencor y la impotencia de algunos, no ven en él, sino la negación y la protesta contra todo lo que pululaba en este país nuestro y de la picaresca: la austeridad frente a la corrupción; la inteligencia cultivada, frente al cretinismo indocto y a la petulancia audaz; la entereza de carácter, frente a la doblez y la infidencia; el espíritu público, frente a la rebatiña secreta; pero sobre todo eso ven al hombre cuya misión es realizar, al menos en parte, la transformación social de nuestro país. “Dentro de la Constitución hemos de movernos todos; pero el ambiente moral y la capacidad de soñar y el empuje resolutivo de las cuestiones pendientes en España ¡ah!, eso no tiene horizontes ni límites, ni se le puede poner barreras”.
Esa fue, su noble y bella utopía. Azaña soñaba con realizar poco a poco la transformación de nuestro país por medio de la Constitución. No hay esperanza sin sueño; ni sueños sin esperanza. El esperaba que la sociedad española fuese cada día más moderna y ese fue el motivo capital para que fuera aborrecido por los sectores autoritarios, rígidos y estereotípicamente antiguos. Y como dijo el poeta: “Historia / es hacer memoria”.
Francisco Arias Solis
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La libertad no hace felices a los hombres, los hace sencillamente hombres.
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franciscoarias | 23 Febrero, 2007 14:13
Luis de Góngora.
LA VOZ ANDALUZA DE PALABRAS VIBRANTES.Cuando el poeta escribe su soneto A Córdoba, se encuentra lejos de su ciudad lejana y amada. “Nunca merezcan mis ausentes ojos”, nos dice Góngora, mientras evoca con los ojos del espíritu sus callejuelas estrechas y silenciosas, en las que nuestros pasos hacen que el silencio sea sonoro. ¿No vio Góngora desde estas calles cordobesas, hace cuatro siglos, este mismo paisaje que seguimos contemplando? El poeta cordobés puso en este soneto a su ciudad su sentido amor, con un fondo de una melancolía, que sentimos al recrearnos en su lectura.
“Todos los andaluces somos gongorinos de nacimiento -escribe Rafael Alberti- el más gongorino de los poetas de la generación del 27-, por carta de naturaleza; como se dice. Don Luis de Góngora, al abrir los ojos a este mundo, en la ciudad de Córdoba, ya lo era y, naturalmente, el mejor y más gongorino de todos, pues iba a ser con su apellido el bautizador, no diré de una escuela, sino de una manera de ver y, por lo tanto, de sentir”.
Luis de Góngora y Argote nace en Córdoba el 11 de julio de 1561, en el seno de una familia acomodada. Clérigo desde los catorce años y tras sus estudios en Salamanca, es nombrado racionero en la Catedral de Córdoba. En 1617 se ordenó sacerdote para poder ser nombrado capellán en la corte madrileña, donde sostuvo polémicas personales y literarias con Lope de Vega y Francisco de Quevedo. Cargado de deudas y gravemente enfermo regresa a su Córdoba en 1626, donde fallece el 29 de mayo de 1927.La dualidad -y aun la contradicción - que marca su talante vital tendrá un reflejo en su actividad poética. La mirada fustigadora y crítica, cuando no únicamente burlona, se combina con la del poeta de más altos vuelos imaginativos e idealizadores que rara vez ha conocido la literatura mundial. Esos dos mundos se orillan respectivamente en las llamadas composiciones nuevas (en especial letrillas y romances satíricos y burlescos) y en las mayores (es decir, los poemas extensos). El arte gongorino llega a su cima en los dos poemas mayores la Fábula de Polifemo y Galatea y las Soledades. En estos grandes poemas se lleva a un extremo la tradición cultista que empezó con Garcilaso, complicándose ahora profundamente con una agudeza conceptista de suma dificultad. “A Góngora -decía Federico García Lorca- no hay que leerlo, sino estudiarlo”. La sustancia de esta poesía es un paisaje virgiliano y ovidiano cada vez más ricamente variado; el juego de las metáforas evoca detalles coloristas de la materia física, y se combina con la musicalidad de raras palabras hábilmente combinadas y con alusiones difíciles de resolver. Todo se dispone para darnos a entender una visión muy particular de la realidad. “Mientras que todos piden pan -nos vuelve a decir Federico- él pide la piedra preciosa de cada día. Sin sentido de la realidad real, pero dueño absoluto de la realidad poética”. El redescubrimiento de este mundo gongorino fue la hazaña cultural de los poetas de 1927.
Y otro gran poeta andaluz de esa generación, Luis Cernuda, nos dijo: “Gracias demos a Dios por la paz de Góngora vencido; / gracias demos a Dios por la paz de Góngora exaltado; / gracias demos a Dios, que supo devolverle (como hará con nosotros), / nulo al fin, ya tranquilo, entre su nada”.Francisco Arias Solis
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La paz no se reduce a la ausencia de guerras
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franciscoarias | 23 Febrero, 2007 14:12
Hay una gran preocupación por el estado de la política en España. Salvo sus más directos beneficiarios, poco dudan de que sus derroteros son inquietantes. Pero mi preocupación -que es grande- va más allá, o más abajo. La política es sumamente importante, sobre todo negativamente, porque puede perturbar casi todas las dimensiones de la vida, y si llega a su extremo puede conseguir que se parezca demasiado al infierno. Casi dos tercios del mundo , y temo quedarme corto, lo prueban. La influencia positiva de la política es mucho más limitada: consiste principalmente en dejarnos vivir, en permitirnos buscar la parcela de felicidad que en cada caso sea posible.
El deterioro de la vida española que me preocupa no es, pues, solo político, sino que afecta a la sociedad misma, a un estrato mucho más profundo que aquel en que la política opera. Más aún: la posibilidad que la política tiene de causar grandes perturbaciones depende del estado de la sociedad, de su concordia, elasticidad, solidez de creencias, claridad de ideas. Una sociedad plenamente en forma se defiende de los asaltos de la política, obliga a esta a mantenerse en su lugar, le impide extravasarse, reconoce el poder y lo sostiene, pero rechaza toda prepotencia.
Se está intensificando hechos que parecen de escasa importancia, que a pocos inquietan, pero que me parecen síntomas de un deterioro de una sociedad que por lo demás sigue siendo sana y vivaz. Afectan sobre todo a aquella zonas de la vida nacional lindantes con la política, es decir, que por su carácter institucional pertenecen a la esfera de la vida pública.
Los procedimientos de selección de jurados y de obras para la concesión de premios son sumamente cuestionables, lo cual tiene la consecuencia de que los premios pierden su prestigio; el malestar que existe en torno a nombramientos o elecciones o instituciones culturales revela, no solo la propensión a dejarse manipular, sino algo mucho más grave: la ausencia de criterios claros respecto al valor real de personas y obras, la falta de vigencia de un sistema estimativo responsable y que se imponga a los caprichos, los intereses particulares o los que antes se llamaban “respetos humanos”.
En definitiva, la verdadera y sincera estimación queda suplantada por otras consideraciones, y ello introduce un elemento de inautenticidad que me parece peligroso. Cada vez hay más personas que actúan, no de acuerdo con sus íntimas preferencias, con sus valoraciones, sino a pesar de ellas, con arreglo a una escala que les fijan desde fuera, casi siempre con habilidad y destreza, con un complejo sistema de elogios, irrisiones, silencios, con la táctica de “dar por supuesto” que algo es así, aunque un examen real de cinco minutos muestre que en modo alguno es así.
¿Cuáles son las consecuencias de este deterioro que insidiosamente está minando la vitalidad y la salud de la sociedad española? Empieza a provocar una retracción, un repliegue hacia la vida estrictamente privada de los más sinceros y responsables; lo cual significa que el escenario público de la vida nacional queda despejado, y va siendo ocupado progresivamente por los demás. Adviértase que un país hay de todo -”de todo en todo”-, y acaso en proporciones no muy variables; lo decisivo es dónde están unos y otros; si están donde es debido, la sociedad marcha bien; si se alteran o se invierten las estructuras adecuadas, el daño es inmenso, y puede ser irreparable.
La impunidad social es lo más desmoralizador. Si se llega a la convicción de que se puede hacer o decir cualquier cosa, y que no tendrá sanción, se puede temer lo peor. Una sociedad con resortes ejerce una corrección automática sobre cualquier desmán, del tipo que sea, a veces mediante algo tan sencillo como la administración del saludo o de las expresiones de estimación personal: los efectos son fantásticos.
Y ese deterioro es progresivo: ese es su mayor riesgo. Quiero decir que cuando se alcanza un nivel, se prepara el descenso a otro aún más bajo -y todo saben que subir es más difícil y penoso que bajar-. Eso que se llama “la España oficial” -y que no se reduce en modo alguno al gobierno y sus instituciones-, tanto tiempo distante de la España real -cuando no vuelta de espaldas a ella-, se había ido aproximando con maravillosa celeridad a esta última, y esto me llenaba de esperanza. Pero se ha iniciado un despegue -teñido de despego- que es mucho más grave que las vicisitudes de la política en sentido estricto, porque afecta a sus supuestos, a su sustrato social, a las fuentes mismas de la vitalidad nacional
Y a última hora esto revierte sobre la política. Me asombran las especulaciones que se leen y se oyen sobre el futuro inmediato de España. Pero sería un error intentar buscar un remedio político a todo ello: hay que buscar en los estratos donde se origina, y desde allí remontarse a las superficie. Si los españoles empiezan a no pasar por movimiento mal hecho, si dan su estimación a quien realmente opinen que la merece, si no aceptan pasivamente todo lo que se le imponga con gesto de autoridad, este país volverá muy pronto a ser dueño de sí mismo, a interrumpir su incipiente enajenación; y de paso despejará el horizonte de su política. Y como dijo el poeta: “Mientras dura este vivir, / ¿por qué tener más deseos / que los que se han de cumplir?”
Francisco Arias Solis
Gracias
franciscoarias | 22 Febrero, 2007 13:44
“Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra,
y la palabra es los más bello que se ha creado,
es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos.”
Ana María Matute. LA VOZ DEL MUNDO IMAGINARIO DE LA LITERATURALa obra de Matute está considerada una de las aportaciones más significativas a la narrativa de posguerra, ha oscilado entre el retrato de la realidad histórica, la recreación imaginativa y la profundización en varios temas recurrentes: el mundo de los niños, la injusticia, el paso de la infancia a la adolescencia, el cainismo, la incomunicación humana, el paraíso imposible y la denuncia social, que dan a su producción una coherencia de pensamiento de la que comúnmente carecen oros muchos escritores. Ana María Matute es una escritora de singular fuerza narrativa y muy peculiares dotes imaginativas. Es uno de los escritores actuales con más capacidad de fabulación y posee una prosa brillante y rica de recursos. Sus novelas se caracterizan por una exquisita sensibilidad.
Ana María Matute Ausejo nace en Barcelona el 26 de julio de 1926. Hija de una familia acomodada, hereda de su padre la afición por los viajes y una gran fantasía. A los 4 años sufre una grave infección de riñón y al año siguiente escribe su primer cuento. A los 8 años sufre otra grave enfermedad por lo que le envían a una finca de Mansilla de la Sierra , La Rioja, con sus abuelos. Vive también en Barcelona y Mallorca y se educa en un colegio religioso de Madrid. Pasó una juventud marcada por la guerra civil, lo que se refleja en muchas de sus obras. En 1952 se casa con el escritor Eugenio de Goicochea , del que se separa once años después. De 1965 a 1966 va como lectora de español a Bloomington (Indiana) y en 1968 a Norman (Oklahoma). En junio de 1977 viajó a Bulgaria con “Escritores por la Paz”. En 1996 ingresa en la Real Academia Española, siendo la tercera mujer que ingresa en la Academia. Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Premio Café Gijón 1952 con Fiesta al noroeste, Premio Planeta 1954 con Pequeño teatro, Premio de la Crítica 1958 y Premio Nacional de Literatura 1958 con Los hijos muertos, Premio Nadal 1959 con Primera memoria, Premio Fastenrth de la Real Academia Española 1964 con Los soldados lloran de noche y Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 1984 con Solo un pie descalzo. En 1996 estuvo nominada para el Premio Nobel de Literatura.
En 1948, Ana María Matute publica Los Abel, complicada historia de siete hermanos. En ella se narran diversos sucesos en los que no faltan detalles truculentos y que, a la postre, resultan alejados de cualquier realidad. El tema del cainismo –una de las constantes de su obra- aflora en la siguiente, Fiestas al noroeste (1952), libro de comedimiento imaginativo y ejecución mucho más afortunada, donde las pasiones desatadas forman una buena novela psicológica de tinte trágico. De poca contención imaginativa y de un elemental simbolismo es la siguiente, Pequeño teatro (1954), trágica historia de un contrabandista. La aparición de En esta tierra (1955) parece indicar un cambio en la autora hacia una temática más actual y una reducción del aparato imaginativo, lo que se confirma con Los hijos de muertos (1958), donde varias historias incidentes tratan el tema de las consecuencias de la guerra civil –amén de una aguda concienciación del exilio- en una tesis muy ajustada. En esta misma línea de acercamiento a una realidad próxima está su trilogía “Los mercaderes” (Primera memoria, 1960; Los soldados lloran de noche, 1964; La trampa, 1969), cuyo argumento entrelazado en la trilogía, se desarrolla partiendo de la guerra civil. La primera de la tres es la mejor, incluso de toda la producción de la autora, por su precisión estilística y adecuación imaginativa. De sabor autobiográfico, a través de un procedimiento evocativo, la historia de esa niña que recuerda los primeros días de la guerra civil en Mallorca –con la descripción de odios y rencores individuales y colectivos, de clase-, es de una autenticidad, veracidad y sinceridad admirables. Su libro, La torre vigía (1971), es un regreso a emplazamientos pocos actuales, en el que vuelve a desarrollar el tema del cainismo. Otras novelas: Paulita (1984), De ninguna de parte (1993) y Olvidado rey Gudú (1996). Sus relatos breves fueron reunidos en 1978 en el volumen Cuentos completos. Es autora, además, de varios libros de cuentos para niños, entre las que destaca Solo un pie descalzo (1983). También dedicados al público infantil ha publicado las narraciones Caballito loco (1962), El polizón de Ulises (1965), El tiempo (1967) y La Virgen de Antioquia y otros relatos (1991), colección de
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franciscoarias | 22 Febrero, 2007 13:39
Estos indignantes interrogatorios se unen a otras vejaciones, torturas y otros actos degradantes de los que vienen siendo objeto los prisioneros de este campo de la vergüenza que es la base naval estadounidense de Guantánamo. Hasta el día de hoy, nadie ha asumido en España responsabilidades políticas por los intolerables interrogatorios.
Los escandalosos interrogatorios y el campo de prisioneros donde se practicaron no sólo son una vergüenza para España y Estados Unidos, sino para toda la comunidad internacional.
Francisco Arias Solisfranciscoarias | 21 Febrero, 2007 13:47
Blas de Otero.
LA ALEGRIA AFECTA A LA PERSONA MISMA. La alegría es asunto de cada uno de nosotros, y en buena medida depende de diversos azares. A veces la poseemos y nos llena el alma; otras, mantenemos con esfuerzo un hilo que nos permite seguir adelante; en ocasiones nos está negada por un destino adverso. Las circunstancias exteriores la pueden hacer posible, tal vez favorecer, es decir, hacerla más probable, pero nunca la pueden dar. Pero hay otra forma, que no puede ser impersonal, porque la alegría afecta a la persona misma, pero que tampoco es estrictamente personal, de cada uno de nosotros. Es la que podríamos llamar alegría transpersonal, que es compatible hasta con una situación particularmente dolorosa. Corresponde al estado de la vida colectiva; la estimula la dilatación de la vida que en ocasiones se experimenta, sea cualquiera nuestro estado de ánimo personal. Y otro tanto podría decirse de la tristeza, de la angostura en que no respiramos bien, del despliegue de cada uno a un rincón de sí mismo. A la larga, la primera situación engendra magnanimidad; la última, pusilanimidad. Es lo que explica históricamente que algunos pueblos, en ciertas épocas, tengan grandeza, y otros queden reducidos a una penosa mezquindad. No se trata de un fatalismo étnico, no depende de las dotes, sino de lo que se hace en ellas, de la configuración que la vida va tomando.
La vida es particularmente dura; hay mil problemas, inconvenientes, males; pero todo eso parece normal, la estructura misma de las cosas, y no es objeción para lanzarse a los proyectos atractivos, a las empresas que ilusionan.
Hace treinta años, los españoles sentimos esa dilatación de la vida que preludia y hace posible las formas interesantes de la vida colectiva. Hemos dado pasos decisivos hacia adelante, más largos y seguros de lo que nadie hubiera esperado unos años antes. Los temores que invadían la sociedad española, expresados en la lamentable pregunta “¿Qué va pasar?”, se disiparon; en su lugar se sintió confianza, casi seguridad de que no iba a pasar nada, se entiende, nada malo.
Pero hay un cierto catastrofismo larvado. A muchos hombres de nuestro tiempo, lo que no es malo no les sabe a noticia. Cuando no pasa verdaderamente nada malo, se empieza a pensar que no pasa nada, y se pasan por alto las más importantes transformaciones positivas. Si acaso, se subrayan los aspectos menos buenos, los inconvenientes que la realidad siempre muestra; poco importa que sean proporcionalmente mínimos, desdeñables: es lo único que se señala, exagera, comenta.
Ha habido un propósito decidido y bastante sistemático de agriar una vida que , a pesar de sus asperezas, mostraba una manifiesta voluntad de dulzura y cordialidad. El diestro manejo del silencio ha ido llenando de sombras intencionadas el horizonte de nuestra vida colectiva; se ha procurado -y en gran parte se ha conseguido- que las figuras grandes parezcan pequeñas, que algunos pigmeos se agiganten por un defecto de óptica, que se prefiera lo inferior a lo superior. Esa tentación de nuestro tiempo -y de otros-, el rencor contra la excelencia, ha tenido una extensión desmesurada, ha sido aceptada y consentida por demasiados.
Pero nada de esto es verdaderamente grave. Para remediarlo basta con una sola cosa: que los españoles no lo acepten. Quiero decir que no renuncien a esa dilatación que les pertenece y tenían ya en sus manos; que recobren su capacidad de imaginación, proyección, decisión. Que no se contenten con lo que les ofrezcan, sino que sean capaces de buscar por sí mismos y elegir con libertad.
Basta con que no nos dejemos fascinar por la pintura negra, por la mezquindad, por la preferencia por lo torvo y sucio. Si los españoles rechazan ese sutil sistema de “vetos” que se les está sirviendo, si vuelven los ojos a lo que posee, si prefieren lo superior a lo inferior, si no dejan que decidan por ellos, el horizonte volverá a estar abierto. Y pronto se alumbrarán sea cualquiera nuestra situación particular, esos manantiales de alegría transpersonal sin la cual no hay creación histórica ni vida colectiva digna. Y como dijo el poeta: “Para el hombre hambreante y sepultado / en sed -salobre son de sombra fría- / en nombre de la fe que he conquistado: / alegría”.Francisco Arias Solis
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El futuro se gana, ganando la libertad.
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franciscoarias | 21 Febrero, 2007 13:45
Juan Larrea.
Larrea es la figura más asombrosa o peregrina, al decir de Gerardo Diego, entre los poetas de España. Fue escritor de cortas y espaciadas apariciones. Después de ganarse la consideración de los poetas ultraístas, defendió casi en solitario los postulados del creacionismo y fue el introductor en España de los avanzados del surrealismo. En su búsqueda permanente de la verdad, se alejó de las costas seguras de todo movimiento estético.
Juan Larrea Celayeta nace en Bilbao el 13 de marzo de 1895, en el seno de una familia acomodada. A la edad de cuatro años fue enviado a Madrid, donde permanece hasta el otoño de 1902. Después de pasar por les Escuelas Pías de Bilbao, estudia bachillerato den el colegio de los Sagrados Corazones de Miranda de Ebro. Sigue la carrera de Letras en la Universidad de Deusto e ingresó en el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. En 1921 ganó las oposiciones para ocupar un puesto en el Archivo Histórico Nacional de Madrid. En ese año conoce a Vicente Huidobro cuyo trato fue decisivo para sus quehaceres líricos. Convencido por Huidobro, comenzó a ensayar el francés como lengua de poesía. Huidobro invitó a Larrea a desplazarse a París, donde fue introducido en el círculo poético del poeta chileno.
En el año auroral del surrealismo –1924- ya se encontraban en París tres poetas que en diferente medida iban a revolucionar la literatura escrita en español. Huidobro, Larrea y Vallejo. Durante 1924 y 1925 Larrea viajará con frecuencia a París hasta su residencia definitiva en 1926. Otro surrealista español, convertido en el fuego de París –el malagueño José María Hinojosa-, vive allí desde julio de 1925 hasta abril de 1926. No fue Hinojosa el primero en utilizar la técnica surrealista pero es, con Larrea, su introductor en España.
“Al menos creo no equivocarme –comentaba Luis Cernuda del poeta vasco- al pensar que a él le debieron Lorca y Alberti (y hasta Aleixandre) no sólo la noticia de una técnica literaria nueva para ellos, sino también un rumbo poético que, sin la lectura de Larrea, dudo que hubiesen hallado”.
En 1929 lanza en París el primer número de su revista Favorables París Poema, que reunía en reducido grupo de firmas a los amigos más allegados de Larrea: Gerardo Diego, Vicente Huidobro, Juan Gris, Tristan Tzara y César Vallejo. Sigue escribiendo los textos de Orbe: Testimonio poético, diario intelectual comenzado en 1926, como igualmente las prosas que luego formarán su primer libro publicado, Oscuro Dominio. En enero de 1929 conoce a Marguerite Aubry, con la que se casaría el mes de julio siguiente.
En 1930, el matrimonio Larrea marcha a Perú, donde permanece hasta el final del verano de 1931. A su vuelta a Europa, Larrea deja de escribir poesía, tras acabar los poemas bocetados que recibieron el nombre de Versión Celeste.Once días antes de la fatídica rebelión de 1936 sale Larrea de Madrid para reunirse con su familia en el sur de Francia. Se traslada a París donde en compañía de José Bergamín organizó la ayuda de los intelectuales refugiados. En 1938 promueve en París la Junta de Cultura Española, que al año siguiente, reorganiza en México, donde se edita España Peregrina, boletín de esta institución. En colaboración con León Felipe crea más tarde la revista de cultura Cuadernos Americanos. Larrea permanece en México hasta 1949, año en que parte hacia Nueva York,
En 1956 Larrea queda ligado como profesor e investigador a la Universidad de Córdoba (Argentina) hasta su jubilación en 1978. Poco tiempo después, el 9 de julio de 1980 fallece en aquella ciudad.
La obra critica de Larrea es abundante: Arte peruano (1935), Rendición del espíritu (1943), El surrealismo entre el Viejo y el Nuevo Mundo (1944), The Vision od the Guernica (1947), La Religión del Lenguaje Español (1952), La espada de la paloma (1956), Razón de ser (1956), César Vallejo o Hispanoamérica en la cruz de la razón (1958), Pintura actual (1964), Teleología de la cultura (1965), Del surrealismo al Machupicchu (1967), César Vallejo y el Surrealismo (1976) y Cara y cruz de la República (1980).
Aunque su nombre llegó a ser de mención imprescindible, sus versos permanecieron durante décadas en el silencio y en el olvido: sólo Gerardo Diego le dio lugar preeminente en sus antologías de la vanguardia española.
“Larrea es el genio joven –nos dijo Vicente Huidobro-. Todo en él es extraordinario”.
Francisco Arias Solis
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1 de marzo: Día del móvil caído.
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franciscoarias | 20 Febrero, 2007 13:28
Asamblea General de las Naciones Unidas París-1948.
EL DEBER DE HACER POSIBLES LOS DERECHOSDesde hace más de medio siglo, con mayor insistencia desde la Declaración Universal de Derechos Humanos en París, se habla sin parar de “derechos humanos”. El tema ha llegado a ser central en las conversaciones, en las discusiones políticas, en los discursos de los gobernantes. Pero a medida que se ha ido convirtiendo en un “tópico” o lugar común, se ha ido desdibujando su contenido. Como la moneda que pasa de mano en mano o rueda por los mostradores, nadie se para a mirar, a ver qué significa eso de derechos humanos, y cuáles, son los requisitos de su existencia, sus conexiones, su relación con las libertades y con los valores que parecen estimables a la humanidad -o a algunas de sus partes.
Los derechos que se proponen, reclaman o exigen dependen de un sistema de valores aceptado y de un repertorio de posibilidades reales, o que se consideran reales. Pero hay una cuestión delicada, y que suele pasarse por alto: la del sujeto de los derechos. No es cuestión tan clara; sobre todo cuando aparecen realidades que no tienen derechos, que no son propiamente sujetos de derechos. Las cosas en general; la naturaleza, el paisaje, las obras de arte; los animales. El reverso, que se olvida, es que se tienen deberes para con esas realidades; el que no sean sujetos de derechos no implica que se pueda hacer con ellas lo que se antoje. Habría que completar las declaraciones de derechos con cartas de deberes paralelas. ¿No hay deberes para con las ciudades, las lenguas, los monumentos, la continuidad histórica?
Y entre los deberes hay uno capital, que es el verdadero eje de la cuestión: el deber de hacer posibles los derechos. De otro modo, resultan puramente utópicos, meramente nominales, vacíos, inoperantes. El ejercicio de los derechos presupone condiciones reales muy precisas. Pienso, por ejemplo, en la paz, el derecho a la libertad, la cualidad de los conocimientos que habrá derecho a aprender; la verdad de las informaciones que habrá derecho a recibir. Si se falta a los deberes para con la realidad, automáticamente se produce la pérdida de los derechos correspondientes, aunque se mantenga farisaicamente su reconocimiento verbal. Cuando el ejercicio de los derechos se hace imposible, no hay que molestarse en negarlos.
El Estado tiene que imponer las condiciones de realización de esos derechos; es decir, tiene que defenderlos contra los que los atacan o los hacen imposibles. El estado no puede ser “neutral” ante los enemigos de los derechos humanos, simple testigo de su destrucción por grupos o minorías, a costa de la mayoría de la población, esto es, de los titulares de esos derechos. Hay el derecho y el deber de defender los derechos de todos, eficazmente, contra los que rechazan la convivencia o niegan la libertad de los demás. El estado no puede lavarse las manos declarando que él no viola los derechos humanos, porque si no los defiende, viola el decisivo derecho de los ciudadanos a que sus derechos sean defendidos y asegurados por el Poder público.
Pero hay otro aspecto de la cuestión, todavía más grave, y sobre el cual innumerables calamares se dedican a verter tinta y confusión. Hay Estados que niegan los derechos humanos (o parte esencial de ellos), aunque hayan firmado todas las declaraciones imaginables y los hagan constar en sus Constituciones. Esto se olvida, y se piensa solamente en las excepciones de los Estados que en general respetan los derechos humanos. En cambio, se tiende a olvidar a aquellos otros Estados cuyo sistema permanente excluye los derechos humanos. Quiero decir que se llega a pensar en los llamados “disidentes” como la única violación de los derechos; pero ¿y los millones de hombres y mujeres que ni se atreven a disentir, que no tienen ninguna posibilidad real de intentar, menos aún de expresar su disidencia?
Los sofismas se acumulan y dominan los juicios sobre la situación del mundo actual: se equipara al Estado que establece y sostiene los derechos, en el cual son realmente vigentes (aunque puedan sufrir ocasional lesión algunos) con el Estado que suprime y prohíbe esos mismos derechos, en el cual no tienen ninguna vigencia.
Un paso más que se da todos los días, es una nueva y más monstruosa equiparación: la del que quiere ejercer sus derechos con el que quiere destruir esos derechos. Se dirá que esto no es posible. Con esa expresión, ciertamente no; pero piénsese en que el poder coactivo se ejerce en un caso contra el que quiere desplazarse dentro de su país, viajar, cambiar de residencia, salir del país, volver a él, elegir sus estudios o su profesión, expresar y comunicar su pensamiento, sus opiniones o deseos, sindicarse, afiliarse a un partido político, etc.; y en el otro caso contra el terrorista, que dispara contra los demás o hace estallar bombas, o secuestra a los ciudadanos; contra el asaltante; contra el que amenaza a los que no pagan un “impuesto”; contra el que se apodera por la fuerza de la calle, con bandas armadas, y hace imposible su uso por lo demás, o perturba los transportes públicos, o entorpece las comunicaciones, etc. En un caso se trata de la libertad de ejercer los derechos: en el otro, lo que se reclama es la libertad contra los derechos, la libertad de violarlos y destruirlos. Y como dijo el poeta: “¡Ay! por mucho que se diga / no dejará la verdad / de parecernos mentira”.
Francisco Arias Solis
Gracias
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