FRANCISCO ARIAS SOLIS

LA MENDICIDAD POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 22 Agosto, 2007 17:56

 
LA MENDICIDAD
 “Pidiendo y pidiendo voy.No dejen para mañana lo que puedan darme hoy.”

Rafael Alberti.

 
HAY QUE ACABAR ANTES CON LA POBREZA
 

Algunos alcaldes tratan de acabar con una de las pocas profesiones liberales que todavía quedan en España: la mendicidad.

 

-No es posible salir a la calle -se dice- sin que, inmediatamente, le asalte a uno un enjambre de mendigos. Es vergonzoso. ¿Qué dirán los extranjeros?

 

Los extranjeros no dicen nada. El mendigo español les encanta, y muchos vienen exclusivamente a verlo. En otros países europeos no hay realmente mendicidad. Para mendigar es preciso tocar el violín, la ocarina o el acordeón, cantar romanzas, bailar o hacer juegos malabares. Sólo España ha independizado a la mendicidad de las otras artes y sólo el mendigo español llega al corazón del público sin el concurso de musas extrañas. En otros países, el mendigo, como tal mendigo, no podría vivir, y tiene, por ejemplo, que ayudarse con la pintura. Aquí, en cambio, no es raro que el pintor tenga que ayudarse con la mendicidad.

 

Por lo demás, yo no veo por qué la exhibición de mendigos ha de constituir un bochorno mayor que la exhibición de millonarios. Si la pobreza es una vergüenza, la riqueza tiene forzosamente que ser otra. Si se oculta a los pobres, que se esconda también cuidadosamente a los ricos.

 

Y ésta es la propuesta que deben llevar ciertos alcaldes a los plenos municipales: asilarlos a todos, ricos y pobres, lo más lejos posibles de sus ciudades, o no asilar a ninguno. Sería idiota el que ante un parado sin prestación por desempleo, un inmigrante de los mal llamados “ilegales”, un anciano olvidado y abandonado o un discapacitado físico o psíquico carente de las más básicas prestaciones pensáramos que nuestra sociedad está muy mal organizada, y que ante el propietario de diez millones de euros la creyéramos organizada perfectamente. Los extranjeros no es fácil que incurran en semejante contradicción.

 

Si no hubiera riqueza no habría pobreza. Y si no hubiera pobreza no habría caridad, y la caridad todavía sigue considerada como uno de los sentimientos que más enaltecen a determinadas señoronas. Hay almas tan buenas, tan buenas, hay personas tan piadosas y tan caritativas, que el día en que no quedaran en el mundo pobres, la existencia les parecería baldía y desprovista de sentido. Por esto tiene la pobreza tantos partidarios.

 

Yo convengo en las excelencias de la caridad, aunque me choca un poco el que se la relegue casi exclusivamente para uso de señoras desocupadas. Y si se ha encontrado ya el procedimiento de acabar con la pobreza, y si la pobreza se conserva tan sólo para desarrollar los sentimientos caritativos en el alma de las señoras de buena posición, creo que se abusa un tanto. Los que tenemos una naturaleza poética no nos acostumbraríamos fácilmente a vivir en un mundo desprovisto de caridad, pero nos acostumbraríamos. Sería doloroso, incuestionablemente, el saber que no había caridad sobre la Tierra, pero nos acostumbraríamos pensando que ya no hacía falta ninguna.

 

Mientras no se acabe con la pobreza, hay que dejar tranquila a la mendicidad. La mendicidad es algo así como la libertad de imprenta de los pobres. Algunos dicen que hay pobres muy ricos. Puede ser. Puede ser que haya quien se las dé de pobre como hay quien se las da de rico; pero lo indudable es una cosa: que si los pobres prefieren la calle al asilo, es porque en el asilo se encuentran peor que en la calle. Que se les proponga hospedarlos en un hotel de cinco estrellas y veremos cómo ninguno protesta.

 

Me temo que con la beneficencia para los pobres pase algo de lo que pasa con la educación para los chicos. Cuando enseñamos a los chicos a no alborotar, todos pretendemos hacerlo en beneficio de ellos, y en realidad lo hacemos únicamente en beneficio propio.

 

Por lo que respecta a los pobres, la verdad es que deben mendigar y que a nosotros no nos conviene que mendiguen. Mendigando nos sacan más dinero que asilados, y nos lo sacan sin darnos, a cambio, ningún placer más que ese placer tan vago y tan relativo de hacer buenas obras. Asilados, les daríamos menos dinero y se lo daríamos asistiendo a grandes fiestas o a grandes comidas benéficas. Y si les decimos a los pobres que los asilos son muy cómodos, no es pensando en la comodidad de ellos. Los asilos de pobres, en efecto, sólo son cómodos para los ricos. Y como dijo el poeta: “Yo pido para alegrar / al niño que sólo tiene / por todo juego el llorar. /... Pido, pido, pido y pido. / Pediré estando presente / y hasta cuando me haya ido”.

 

Francisco Arias Solis
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Si quieres la paz, trabaja por la justicia.

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Gracias.

VELAZQUEZ POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 21 Agosto, 2007 17:39

 
VELÁZQUEZ
(1599-1660) “La distinción le dijo ante la lámina rigurosa y exacta de un espejo: -Tengo un nombre. Me llamo...Y el pintor retrató su propia imagen.”Rafael Alberti. LA VOZ DE LA ELEGANCIA PICTORICA. La vida de Velázquez, genio universal y el más genial de nuestros pintores del Siglo de Oro, estuvo marcada por dos procesos que el artista vivió en paralelo: el humano, de constante promoción social, y el profesional, como pintor y arquitecto decorador al servicio de Felipe IV. 

De modesto origen sevillano, Velázquez fue superando las serviles barreras del oficio de pintor, aprendido junto con la preparación intelectual más sólida que podía obtenerse en Sevilla a comienzos del siglo XVII. Su maestro Francisco Pacheco no fue pintor, pero sí un discreto teórico, cuyos intereses humanistas transmitió a sus discípulos.

 

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, fue bautizado el 6 de junio de 1599 en la parroquia de San Pedro de Sevilla, ciudad en la que había nacido pocos días antes. Con unos once años Diego Velázquez fue puesto a aprender el oficio de pintor, primero con Francisco Herrera y luego, en diciembre de 1610, en el taller de Francisco Pacheco. El 23 de abril de 1618 contrajo matrimonio con Juana de Miranda de Pacheco, hija mayor de su maestro.

 Sorprende en la obra de los primeros años la total divergencia formal y conceptual respecto al estilo de Pacheco, como si el joven pintor buscara su clientela a través de la originalidad. Desde fecha temprana se aprecia en Velázquez cierta indeterminación entre temas religiosos y bodegones, en lo que se ha dado en llamar bodegones a lo divino, de que son ejemplo Cristo en casa de Marta y María y La mulata o Cena de Emaús. En obras coetáneas, Velázquez recurre al naturalismo tenebrista, acaso ocultando algún significado alegórico relativo a los sentidos. Son entre otras Los tres músicos, Dos jóvenes comiendo y El aguador de Sevilla o Vieja friendo huevos. Más convencionales en los temas y en sus soluciones ejecutó Velázquez algunas pinturas religiosas de gran belleza, especialmente la pareja de lienzos de la Inmaculada Concepción y San Juan Bautista en Patmos, y la obra principal del género religioso del momento la Adoración de los Reyes. Velázquez emprende viaje a Madrid, en 1622, para retratar a Luis de Góngora. Antes del 30 de agosto había retratado al joven Felipe IV y el 6 de octubre obtuvo el nombramiento de Pintor del Rey. De esta etapa son una serie de retratos de Felipe IV con traje negro, del Infante D. Carlos, del Conde-Duque, así como de miembros de la administración. Las obras de composición que el Velázquez realizó en esta época sólo pueden ser enjuiciadas a través de Los borrachos o Triunfo de Baco. 

El pintor sevillano parte hacia Italia en 1629, poco después de que Rubens abandonara Madrid. En Roma, principal etapa del viaje, Velázquez contó con el apoyo del cardenal Francesco Barberini, por cuyas gestiones fue alojado en el mismo Vaticano. Apolo en la fragua de Vulcano y La túnica de José son las dos grandes pinturas fruto del primer viaje a Italia. A su regreso a Madrid el pintor inicia la serie de retratos infantiles con el retrato del Príncipe Baltasar Carlos que culmina con Las Meninas. En los primeros años de la década de 1630, pintó Velázquez cinco grandiosos retratos ecuestres de Felipe IV, su mujer Isabel de Borbón, sus padres Felipe III y Margarita de Austria, y del Príncipe Baltasar Carlos, combinando sabiamente las influencias de Rubens y Tiziano. De esta época data la Las lanzas o La rendición de Breda, probablemente la pintura de más calidad de todo el conjunto.

 

En su obra Velázquez va dando cada vez más importancia a la pincelada impresionista frente a la que describe dibujando. El misticismo más intimista surge en Cristo contemplado por el alma cristiana y el llamado Cristo de San Plácido. De este período son San Antonio abad y San Pablo ermitaño y también algunos retratos aislados, de excepcional calidad, como el llamado Silver Philip, o el del escultor Juan Martínez Montañés, o el de la enigmática Dama del abanico, o las expresiones perdidas e inquietantes de Francisco Lezcano (El niño de Vallecas), El bufón Juan Calabazas o Don Sebastián de Morra, Pablos de Valladolid y Don Cristóbal de Castañeda.

 

En su regreso a Italia, en 1648, Velázquez viajaba como Ayuda de Cámara del Rey y triunfó en la patria del arte al retratar a su esclavo Juan de Pareja, antes de efigiar al Papa Inocencio X. En lo personal y lo pictórico Italia fue para Velázquez sinónimo de libertad, lejos de las obligaciones oficiales de la corte de Madrid. Allí cumplía estrictamente con las obligaciones de retratista y agente artístico, deleitándose con la pintura de algún tema mitológico, como La Venus del Espejo. Velázquez rejuvenece con una tardía aventura amorosa de la que fue fruto su hijo Antonio.

 

A su vuelta a Madrid, Velázquez recurre al esquema representativo de la ambigüedad manierista, en Las Hilanderas o Fábula de Aracne y en un curioso retrato de La familia de Felipe IV, conocido por todos como Las Meninas, y reconocido como su obra maestra. Sus últimos retratos son el de la reina Mariana de Austria, el de Felipe IV con armadura y un león a los pies, los dos retratos de Felipe IV con cadena de oro y sin ella, testimonios de la decadencia física del monarca, el de la Infanta María Teresa en edad casadera, el del Príncipe Felipe Próspero y los varios realizados a la Infanta Margarita.

 

El 12 de junio de 1658 el rey firmó en el Buen Retiro la cédula de concesión del hábito de la Orden de Caballería de Santiago a Diego de Silva Velázquez, el más alto honor alcanzado por un pintor del siglo XVII en España. El 31 de julio de 1660 caía Velázquez enfermo de gravedad. Una semana después, el 6 de agosto, a las tres de la tarde, falleció en Madrid, siguiéndole pocos días después su viuda. Y como dijo el poeta: “Más vida, sí más vida, / y tu pintura, / pintor, de haber vivido, / más que real pintura hubiera sido / pintura sugerida, / leve mancha, almo cuerpo diluido”.

 Francisco Arias Solis
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 Gracias.

EL SABOR DE ANDALUCIA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 21 Agosto, 2007 01:32

EL SABOR DE ANDALUCIA
 “En el sur tan distante quiero estar confundido. La lluvia allí no es más que una rosa entreabierta.Su niebla misma ríe, risa blanca en el viento.Su oscuridad, su luz son bellezas iguales.”

Luis Cernuda.

 
ALEGRIA Y TRISTEZA ENTRELAZADAS
 Andalucía apenas es épica, solo por excepción, pero encierra una increíble dosis de lirismo. La personalización de las cosas, su carácter individual y no colectivo, la ausencia de colosalismo, la dulzura del ambiente, que permite una transición fácil entre la intimidad y lo exterior, algo así como una reserva que se manifiesta, todo ello contribuye a ese lirismo difuso que empapa las formas todas de la vida andaluza.  

Andalucía ha tenido probablemente más capacidad de desear que ninguna otra región española, y que la mayoría de las del mundo. Solo esto explicaría la proporción en que ha contribuido a la literatura y a las artes, y que es de un desnivel impresionante, si se tiene alguna sensibilidad para la significación de lo cuantitativo. La esterilidad, la sequedad que ciertas partes del mundo o ciertas épocas presentan no se puede explicar por falta de “capacidades” o de “dotes”, sino por una manera singular de estar instalado en la vida, por una atrofia de las funciones de imaginar, inventar, proyectar, desear; por una pobreza desiderativa que puede coincidir con la riqueza de los recursos. Y aun en las épocas en que el arte y la literatura en sentido estricto han decaído, el torso general del fenómeno persiste. La razón es clara: la poesía, la novela, el pensamiento, la pintura son actividades ejercitadas por minorías creadoras, mejor dicho por individuos que en una o en otra dimensión las engendran y constituyen; por unas u otras causas estas minorías pueden languidecer o desmoralizarse, pero esto no significa que desaparezca enteramente la actitud vital que las sostenía. Por debajo de esas minorías, siempre problemáticas e inseguras, queda el pueblo en su conjunto; pues bien, la fecundidad ideadora, improvisadora, del pueblo andaluz, de fértiles deseos, no se ha extinguido nunca, y la encontramos allí donde ponemos los ojos o aguzamos los oídos. Y ahí, en esa viva facultad de desear y de inventar, en esa capacidad de fabulación y sueño, de vivir mitad en la realidad y mitad en la ficción, reside la peculiaridad de la condición andaluza. Pero no se olvide que esa es, si se toman las cosas en serio, la condición del hombre.

 

Esta es la razón, si no me engaño, de que Andalucía sea alegre y triste, en tan alto grado. La alegría consiste muy principalmente en la dilatación de la vida. Como los pulmones se llenan de aire al dilatarse o al llenarse de aire se dilatan, el alma se dilata al llenarse de realidad, o si se prefiere su dilatación mediante el deseo ejerce una succión sobre lo real, que se precipita en ella. Pero esa realidad es de muy diversa condición. Por lo pronto, eso que llamamos “realidad” alberga en su seno dos porciones distintas: lo que llamamos efectivamente real y lo que es solo realidad ficticia; el hombre se pasa la vida transitando de una u otra región, pero la transición es siempre problemática, engendra fricción y frecuente dolor. Nos pasamos el tiempo queriendo que nuestros sueños se conviertan realidad, y sufrimos cuando esto no es posible; pero, por si fuera poco, también sufrimos cuando nuestra realidad deja de ser sueño, cuando es “solo” real. Además, las realidades entran en conflicto unas con otras: se excluyen, se eliminan, se suceden; al entrar en el ámbito de nuestra alma, luchan entre sí y con ella. La gozosa dilatación de esta es una penosa distensión, un desgarramiento.

 

Pienso que Andalucía ha sentido con extraña profundidad ese carácter de la vida; su vejez ha aprendido a aceptarlo, a amarlo y resignarse a él. Así ha cruzado su historia milenaria envuelta en tristeza y dándola por bien empleada, sabiendo que es el precio de la alegría que en sus últimas raíces la penetra. Los cantares de Andalucía son la expresión popular, inmediata y vivida de esa actitud. No es casualidad que los toros, que tanto han gravitado sobre lo español, en general, y que simbolizan ciertos aspectos parciales, pero profundos, de España, hayan sido siempre primariamente una forma andaluza. Y ambos principios, alegría y tristeza entrelazadas, dominan la vida religiosa de Andalucía, en la que son realidad, y no mera convención, lo gozoso y lo doloroso.

 

Cuando se le pide mucho a la vida, el dolor y fracaso son inevitables; bastan para ello los caracteres estructurales de la realidad, y en especial de la realidad humana: su limitación, su condición excluyente, su fugacidad, la imposibilidad de su posesión “simultánea y perfecta”. Pero Andalucía ha sabido que solo pidiendo mucho a la vida tiene esta sabor, olor, consistencia, realidad, en suma. Durante siglos ha resistido a contentarse con poco, a no exponerse al dolor, que quiere decir no arriesgarse a la felicidad. ¿Quién dijo que Andalucía era solo gracia plena, encantada poesía? Ni siquiera sabía que cantando la pena, la pena se olvida.

 

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La peor paz es mejor que la mejor guerra.

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LA CULTURA DE LA PAZ POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 19 Agosto, 2007 15:12

LA CULTURA DE LA PAZ
 “Se dice que en el mundo hay ahorauna mortífera epidemia de palomas... Y el Consejo de la Paz no encuentra por ninguna parte una paloma.”

León Felipe.

 
EDUCAR PARA LA RESOLUCION DE LOS CONFLICTOS
 

Establecer un discurso sobre la idea de “cultura de la paz” no es, evidentemente, una empresa fácil, máxime si se pretende no incurrir en un planteamiento facilón. El handicap que supone el análisis de la cultura es ya, de por sí, notable, y más si se persigue diseñar una alternativa a las actuales formas culturales.

 

Actualmente el concepto de paz no se refiere a la simple ausencia de guerra, sino que se relaciona con la ausencia de cualquier tipo de violencia que impida la satisfacción de cualquier tipo de necesidad humana básica. Así en palabras de Johan Galtung, la paz se caracteriza “por una elevado grado de justicia y una expresión mínima de violencia”. Cualquier discurso sobre la cultura de la paz habrá de formularse, creo, a partir de este principio.

 

Vivimos en una civilización que proclama unos valores y dice defender unos derechos, y al mismo tiempo nos ofrece una realidad bien distinta y distante de aquellos valores. Una cultura de la paz ha de tratar de acercar los valores que predica con los hechos que practica, fomentando el uso de aquellos medios e instrumentos que permitan llegar a los fines, esto es, a la plena realización de los valores sociales asumidos. Una cultura de la paz implicará fomentar una educación para el cambio social y una pedagogía que desarrolle el conocimiento y la experimentación de alternativas.

 

Uno de los hechos que ha llamado más la atención a la filosofía social contemporánea es, precisamente, el contraste entre las increíbles realizaciones tecnológicas de la especie humana, y la brutal incompetencia de la misma especie para conducir sus asuntos sociales. Es preciso remarcar este divorcio entre el ritmo del crecimiento tecnológico y el de la sensibilidad humana.

 

El discurso sobre la cultura de la paz, por tanto, habrá de entrar necesariamente en la reflexión sobre la conflictividad existente entre fines y medios.

 

Una cultura de la paz habría de reducir la parafernalia de símbolos y mitos modernos que dificultan que las personas asuman responsabilidades en primera persona. Además, la delegación de responsabilidades y toma de decisiones hacia instancias políticas alejadas de la persona individual, favorece el uso indiscriminado de la violencia por parte de esas instancias, que han integrado el uso de la violencia en la práctica común de la política y, de esa forma, la han insertado en la propia cultura.

 

Las armas están moldeando la conciencia humana mediante lo que puede denominarse la cultura armamentista, basada en el fetichismo del arma, o más propiamente, de los sistemas de armas avanzados. El armamento ha penetrado en el propio proceso de “producción cultural” y, al mismo tiempo, es producto de múltiples formas de actividad cultural.

 

Así las cosas, un proyecto de cultura de la paz ha de resaltar el principio según el cual la solución de los conflictos no ha de estar inevitablemente ligada a la fuerza de las armas.

 

La mitología belicista sobrevive, en parte, gracias al funcionamiento de un mecanismo patológico denominado sobrepercepción de las amenazas. La distorsión de lo que se ve, se percibe o se analiza permite establecer unos mecanismos de defensas sobredimensionados, a partir de un previo sobredimensionamiento de la amenaza, estableciendo una espiral que, en la cultura armamentista, incide en la perpetuación de la carrera de armamentos.

 

La cultura belicista y violenta tiene, es justo reconocerlo sus actores protagonistas. El género masculino tiene, en este caso, una responsabilidad importante en cuanto elemento dominante en la formulación, reglamentación y control de formas culturales opuestas al logro de la paz y de la justicia social.

 

Una cultura de la paz habría de asumir el riesgo de promocionar el aprendizaje de la desobediencia hacia tabúes, normas arcaicas y órdenes injustificables hacia la propia conciencia. Si la desobediencia puede equivaler a irresponsabilidad en determinadas circunstancias, puede ser virtud si se ejerce responsablemente y con conocimiento de su repercusión. Esto presupone, también educar para el conflicto, o más propiamente, para la resolución de conflictos, lo que implica una educación que desarrolle la conciencia crítica, el conocimiento de los procesos conflictivos, la participación responsable en estos procesos, y el dominio de las técnicas de resolución.

 

La búsqueda de una cultura de la paz desde un marco geográfico como el nuestro no habría de hacernos olvidar que persisten aún las prácticas que posibilitan la destrucción de otras culturas a través de políticas imperialistas y colonialistas. Una cultura de la paz ha de reconocer y respetar el intrínseco de todas las diversas identidades culturales nacionales e internacionales.

 

Finalmente, parece evidente que cualquier discurso sobre la cultura de la paz habrá de vitalizar lo popular -en el sentido de proximidad a la persona individual- frente a lo estatal: una defensa de los pueblos, en vez de una defensa de los Estados; un sistema de derechos de los pueblos, frente al imperativo de las “razones de Estado”... Se trata, en definitiva, de plantear un proyecto alternativo que posibilite el reencuentro del ser humano con su entorno social, político, económico, tecnológico y ambiental, en términos de equilibrio y exento de opresión. Y como dijo el poeta: “¡Paz, paz, paz! Paz luminosa. / Una vida de armonía / sobre una tierra dichosa”.

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 No hagamos las paces con la guerra, ni tampoco levantemos guerras con la paz.


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DUQUE DE RIVAS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 19 Agosto, 2007 00:39

DUQUE DE RIVAS(1791-1865) “Para siempre, tal vez para siemprehoy te pierdo,¡oh mi patria querida!, y a arrastrar voy la mísera vidaen destierro espantoso y cruel.”

Duque de Rivas

 
LA VOZ DEL DUQUE-POETA
 

 La Audiencia de Sevilla, dócil a los designios de Fernando VII, condenó al Duque de Rivas a muerte en rebeldía. Las amenazas contra la libertad y la vida sólo puede conjurarlas el duque saliendo del territorio nacional. La causa de todo ha sido la firmísima y muy fervorosa actuación del poeta, al servicio de la causa de la libertad, durante el trienio 1820-1823 (“los tres mal llamados años”, en la terminología del “Deseado”). En los días finales de 1823, restablecido el poder absoluto de Fernando VII por las fuerzas invasoras acaudilladas por el duque de Angulema (los llamados “cien mil hijos de San Luis”), el duque-poeta arriba a Gibraltar. Allí permanece hasta mayo de 1924, de donde marcha a Londres. En la capital británica vive, durante siete meses, la azarosa existencia del emigrado. Decide marchar a Italia, para residir en los Estados Pontificios. Pero surge entonces un motivo romántico, que le obliga a volver a Gibraltar. Don Ángel de Saavedra quiere casarse con su prometida (María de la Encarnación de Cueto y Ortega, hermana del marqués de Valmar). Gibraltar, que ha significado para el duque la liberación de peligros en 1823, constituye ahora el escenario de la iniciación conyugal. Doble motivación romántica: libertad y amor. Para un poeta exiliado, toda una plenitud de sentido. El exilio, sea en territorio británico, italiano o francés (Gibraltar, Londres, Liorna, Malta, Orleans, París...), se prolonga hasta después de fallecido Fernando VII. Don Ángel de Saavedra penetra en España por Figueras el 11 de enero de 1834. Una época brillante y triunfal se inicia para el duque-poeta. Cargos políticos, diplomáticos, académicos... Y consagración como escritor (poeta, dramaturgo, ensayista...).

 

No vuelve a hallarse en peligro la libertad o la vida del autor de Don Alvaro -salvo en el año de 1854, con motivo de la revolución acaudillada por Espartero y O’Donnell (progresismo y Unión Liberal). Don Ángel de Saavedra, el autor de poemas como “El Desterrado”, “El sueño del proscrito” y “El faro de Malta”, ha experimentado una mutación de matiz político... No ataca ya el “despotismo horrendo”, ni piensa tanto en la “libertad preciosa”... Ahora es el poeta conservador que escribe “La asonada” y llama al pueblo “plebe amotinada”. Los sucesos de 1840 -y luego los de 1854- le sobrecogen y espantan. Siendo embajador en Nápoles, reprende a su subordinado don Juan Valera, porque este se muestra partidario del “progreso” y del “espíritu del siglo”. Para el liberal del período 1820-1823, para el expatriado de la década 1823-1833, Espartero y la Milicia Nacional constituyen algo horrendo y espantoso..  ¿Qué ha ocurrido? Sencillamente una sustitución de modalidad de cautiverio. Si antes el cautiverio ha consistido en la expatriación, en la imposibilidad de permanecer en España, donde un Tribunal fernandino le ha condenado a muerte; ahora el cautiverio estriba en que el duque-poeta se ha dejado aprisionar por prejuicios ultraconservadores... ¡Triste sino de un viejo liberal, prisionero de contradicciones incomprensibles! Contradicciones, sí... Años de guerra contra el despotismo. Y, cuando la libertad triunfa, adscripción a tendencias antiliberales. ¿Por qué?... Quizás, el romanticismo lleve aparejado un sentimiento de insatisfacción continua, de color permanente... Y un poeta se debate en ese círculo vicioso que lleva de la dictadura a la revolución y viceversa.

 

Nació don Ángel de Saavedra y Ramírez de Baquedano en Córdoba, el 10 marzo de 1791. Fue segundo hijo de la nobilísima familia de los Duques de Rivas, cuyo origen se remonta a la Edad Media. Estudió en el Seminario de Nobles de Madrid. Fue Ángel de Saavedra valiente militar; Nicomedes Pastor Díaz cuenta de forma pormenorizada el ejemplar comportamiento del joven oficial -tenía dieciocho años- que no sólo se negó a obedecer la orden de Murat de reprimir al sublevado Colegio de Artillería de Segovia, sino que se unió al ejército de liberación contra los franceses. Constitucionalista convencido y amigo íntimo de don Antonio Alcalá Galiano, don Ángel de Saavedra tomó partido por los liberales exaltados durante el Trienio Constitucional, fue diputado en Cortes y votó la incapacidad de Fernando VII: Más tarde fue Embajador en Nápoles y dirigió también la legación de París. Fue Ministro de la Corona, Presidente del Consejo de Estado, Presidente del Ateneo de Madrid, Presidente de la Real Academia e incluso Presidente de Gobierno durante poco menos de dos días (en julio de 1854) hasta la llegada de Espartero, que obligó al duque-poeta a refugiarse en la Embajada Francesa. A la llegada de Narváez al poder, con quien el Duque tenía buena amistad, Rivas fue nombrado Embajador en la Corte de Napoleón III, y la emperatriz Eugenia lo recibió con grandes muestras de afecto, concediéndosele en 1859 la Gran Cruz de la Legión de Honor.

 

Colmado de honores, siendo caballero de justicia de la Orden de Malta, caballero de Santiago, caballero de la insigne Orden del Toison de Oro, Coronel de Caballería, académico de número de la Real Academia de la Lengua y Presidente de la misma desde 1862, murió el Duque de Rivas en Madrid el 22 de junio de 1865.

 

Si como poeta se inició en las huellas de Meléndez, pronto evolucinó hacia el romanticismo en El paso honroso, Florinda, El faro de Malta, que poseen ya una ambientación romántica de tempestades y noche que anuncian los romances históricos, aunque siguiendo normas neoclásicas los compongan en octavas reales. Durante el exilio se produce el salto definitivo y se pasa a las filas románticas con  El  moro expósito o Córdoba en el siglo décimo, poema dramático en doce cantos y romances endecasílabos, sobre la leyenda de los infantes de Lara centrada en el triste sino del bastardo Mudarra.

 

Don Álvaro o la fuerza del sino, estrenada en marzo de 1835, es para la literatura española lo que el Hernani para la francesa: la imposición del nuevo espíritu en literatura. En esta pieza Rivas mezcla prosa y verso, tragedia y comedia, desprecia las unidades, emplea los caracteres típicamente románticos como sentimentalismo desbordado, tormentas, suicidio, desafíos, etc., hasta el punto de que pocas veces se han reunido, ni siquiera en el Tenorio,  tantos ingredientes de la escuela.

 

Es autor, además, de Romances históricos, dieciocho en número, cuyos asuntos están inspirados en distintos periodos de la historia española, en la mejor tradición del romancero. Suele destacarse, de su etapa final, una obra dramática de carácter shakesperiano, El desengaño en un sueño, que remite tanto al autor de La Tempestad como a Calderón de la Barca.

 

Aunque don Ángel de Saavedra escribió una tragedia tan importante y tan significativa como Don Álvaro, y aunque en sus demás obras dramáticas haya mucho que alabar, no fue fundamentalmente un hombre de teatro, sino uno de los mejores cultivadores de la poesía narrativa, si no, acaso, el mejor, de nuestras letras contemporáneas. Sus méritos en el cultivo del género teatral han oscurecido los que hicieron de él un original e importante poeta lírico del romanticismo español. Y es que, como dijo nuestro duque-poeta: “Lo pasado nada es ya. / El porvenir no llegó. / Lo presente es... ¿qué se yo?”.

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  No se puede ser libre más que entre libres.


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FRAY BARTOLOME DE LAS CASAS POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 16 Agosto, 2007 23:27

FRAY BARTOLOME DE LAS CASAS (1484-1566) “Decid, ¿con qué derechos y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a aquestos indios?”

Fray Bartolomé de Las Casas.

 
LA VOZ DEL PROTECTOR DE LOS INDIOS
 

Fray Bartolomé de Las Casas fue un gran y tenaz campeón de los derechos del hombre y de la fraternidad de todos los seres humanos. Su vida es símbolo de entrega total en pro de la liberación y dignidad de los indios. Curiosamente, el que había sido juzgado hasta ahora como un exaltado, por haber sido un apasionado en la defensa de los derechos del indio, y por ello condenado a la incomprensión, como si fuera un gran enemigo de España; hoy, con la fuerza de la verdad y de la justicia resulta un héroe excepcional.

 

En Las Casas hay dos momentos, uno es de denuncia de toda injusticia cometida contra los indios, y otro, es la proclamación de todos los derechos. Uno es de lucha por la justicia, otro de liberación de la justicia. El ha sido el gran acusador de los conquistadores. Su palabra y su pluma, la voz de los indios. El recoge los alaridos de los indios indefensos y el clamor de la opresión a la que se ven sometidos. Por eso su voz molestaba.

 

Fray Bartolomé de Las Casas nació en Sevilla el 24 de agosto de 1484. Era hijo de Pedro de Las Casas, procedente de la ciudad de Tarifa, y de la sevillana Isabel de Sosa. En Sevilla hizo sus primeros estudios de Latín y Humanidades, recibiendo Ordenes menores. En 1502, acompaña, como doctrinero, a don Nicolás de Ovando, que iba entonces nombrado gobernador de la Española. Desde el primer momento, se incorpora a la tarea colonizadora de los españoles en el Nuevo Mundo. Por aquellas fechas, Las Casas se ordena sacerdote. Muy pronto su situación de colono y encomendero iba a entrar en contradicción con su vocación religiosa. En 1513 pasa a la isla de Cuba, acompañando a su amigo Pánfilo de Narváez, como capitán castrense, en la expedición emprendida por Diego Velázquez; allí recibirá, en premio a sus servicios, cerca de Jaguá “un buen repartimiento de indios, empleados en la extracción de oro y de la plata”. Pero la visión del maltrato dado a los indios, junto con alguna matanza de los mismos, le llevará a su “conversión” de 1514, en que hallándose en Santi Espíritu, con ocasión de preparar unos sermones recae su atención sobre unos versículos del Eclesiástico donde se dice: “Quien roba el pan del sudor ajeno es como el que mata a su prójimo. Quien derrama su sangre y quien defrauda al jornalero, hermanos son”. A partir de aquel momento podemos decir que empieza la segunda etapa de la biografía de Las Casas: determinando cambiar su vida, se persuadió de “ser injusto y tiránico cuanto cerca de los indios en estas Indias se cometiera”.

 

Esta segunda etapa se va a caracterizar por una tenaz e ininterrumpida lucha por la justicia para con los indios. En 1515 embarca para España, llegando a tiempo de ver morir al rey Fernando el Católico; en 1516 se entrevista con el Cardenal Cisneros, al que presenta un Memorial de catorce remedios, completísimo plan de gobernación de las Indias, a base de un “sistema de comunicación”, según el cual se propone la propiedad comunitaria de todos los repartimientos, así como la común distribución de todos los beneficios obtenidos. En ese año vuelve a las Indias con una comisión de jerónimos nombrada por el Emperador para investigar la situación social de españoles y americanos en las nuevas tierras; en 1517 le tenemos nuevamente en España, donde se entrevistará con Carlos V.

 

La insistencia del que sería llamado “Protector de los Indios” logró que el Emperador aprobase su Plan de Tierra Firme de Cumaná (Venezuela), donde se afirmaba que “los indios generalmente debían ser libres”. En 1522 le tenemos de nuevo en la Española, donde determina ingresar en la Orden dominicana, profesando en ella al año siguiente. Por estos años escribió De único vocationis modo y debió comenzar la redacción de su Historia de las Indias, que no llegaría a concluir.

 

En 1540 le tenemos de nuevo en España, donde asiste en 1542 a la promulgación de las Leyes Nuevas, en las que se recoge gran parte de su doctrina acerca de los indios; es quizá el mayor de sus éxitos, que va unido a la aprobación de su experiencia de Vera Paz. De 1542 es la redacción de su libro más famoso, aunque sin duda no es el más importante; Brevísima relación de la destrucción de las Indias, que no se publicará hasta 1552. Antes de volver a las Indias, obtiene reconocimiento a su labor apostólica al ser consagrado obispo de Chiapas en el convento dominicano de San Pablo (Sevilla), el 30 de marzo de 1544. En ese mismo año, ya con setenta de edad, vuelve a embarcar hacia las Indias.

 

En 1546 escribe su discutido Confesionario, libro que se mandaría recoger dos años después, llegando a organizarse autos de fe en que ejemplares del mismo se arrojaban a la hoguera. Visto el tremendo fracaso de las Leyes Nuevas y de su política, al volverse al sistema de encomiendas, renuncia al obispado y embarca para España en 1547.

 

En 1552 Las Casas se halla ya desengañado, pero de ningún modo cansado ni vencido. En ese mismo año, publica en Sevilla sus famosos ocho “tratados”. De 1555 a 1559, se entrega de lleno a la redacción de la Apologética Historia, y posteriormente, a continuar su Historia de las Indias, que da por acabada en 1560, si bien la Historia quedó definitivamente sin terminar.

 

Los últimos años de su vida Las Casas los dedica a redactar un libro De Thesauris, acerca de la legitimidad de la posesión de bienes procedentes del rescate de Atahualpa y de tesoros de los sepulcros de los Incas. La hora de la muerte le llegó en el convento de Nuestra Señora de Atocha, de Madrid, el 17 de julio de 1566, de donde se trasladaron sus restos al convento de San Gregorio, de Valladolid. El servicio a la “Humanidad” de este ilustre andaluz fue inmenso, pero a costa de mantener cierta antigüedad en su pensamiento, que precisamente por eso hoy nos parece tan moderno. Las Casas, aparece hoy, curiosamente, como uno de los inspiradores de la actual corriente teológica de la liberación. Y como dijo el “Protector de los Indios” : “No y mil veces no, ¡paz en todas partes y para todos los hombres, paz sin diferencia de raza”.

  

Francisco Arias Solis
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Si quieres la paz, trabaja por la justicia.

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POR DEBAJO DEL UMBRAL DE LA POBREZA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 15 Agosto, 2007 17:40

 
POR DEBAJO DEL UMBRAL DE LA POBREZA
 “Cuentan de un sabio, que un díatan pobre y mísero estaba que sólo se sustentabade unas yerbas que comía.”

Calderón de la Barca.

 
POBREZA Y DESIGUALDAD
 

Cuando se habla de pobreza podemos, fácilmente, pensar en el colectivo social de indigentes, donde la pobreza adquiere sus tintes más dramáticos, aquellos que no tienen ingresos, que pueden pasar hambre real, frío en invierno, enfermedades derivadas de la mala alimentación. Con esta acepción se remite a situaciones en la que la pobreza es entendida como la falta vital de ingresos, y se obvia una cuestión fundamental: que existen otras situaciones más extendidas, menos visibles, que son las de aquellas familias o personas que tienen un poder por debajo del nivel medio, que les imposibilita un desarrollo normal en su sociedad.

 En el primer caso, la pobreza es sinónimo de miseria, de una situación en la que la carencia de recursos es tan profunda que la propia vida está en peligro. En el segundo caso, en vez de a la mera supervivencia, se alude a un nivel de vida que se considera como mínimo aceptable.  

La Comisión de la Unión Europea, en los Programas de Lucha contra la Pobreza, considera pobre al que tiene unos recursos tan escasos que tiene que vivir de una manera que se considera inaceptable en su país.

 

Esta forma de aproximarse a la pobreza se basa en la “forma de vivir” y no en la desigualdad, por lo que la cuestión pasa a ser determinar que bienes y recursos deben considerarse como mínimos.

 

Ahora bien, éste no es el enfoque empleado por la mayor parte de los estudios sobre la pobreza, en los que la pobreza se registra sobre la base de la renta. Tales estudios utilizan profusamente una definición operativa de la pobreza, de la mano de su empleo por la Unión Europea, según la cual será pobre quien se sitúe por debajo del 50% de la renta per cápita de un país. De modo que la consideración de lo que se considera inaceptable como nivel de vida digno, se basa en la desigualdad de la renta.

 

Así pues, utilizando el criterio estadístico de la Unión Europea, el umbral de la pobreza se establece en la mitad (el 50%) de los ingresos netos medios por persona y mes. Y dentro de él podemos distinguir dos grados de pobreza: Pobreza moderada o relativa (se establece entre el 25 y el 50% de ingresos medios) y pobreza severa o gran pobreza (se establece en el 25% de los ingresos medios).

 

Consideramos que el establecimiento de las categorías para el análisis de la pobreza es importante, porque si sólo se contempla como pobreza lo más excluido, o incluso sólo la pobreza severa o gran pobreza, se corre el riesgo de separar la pobreza del ejercicio de los derechos básicos.

 

A nadie se le escapa que el criterio de medición de la pobreza empleado por la Unión Europea equivale a una valoración del grado de desigualdad económico-social en una sociedad concreta. En el fondo la pobreza vendría a ser la manifestación de los extremos inferiores de la desigualdad. Por tanto la disminución de la pobreza deberá significar la disminución de las desigualdades.

 La relación de pobreza y desigualdad subraya que la pobreza es un fenómeno social, enraizado en la estructura y en la dinámica social general. Por lo que la acción frente a la pobreza implica acciones dirigidas a los mecanismos sociales que producen la desigualdad y generan pobreza. No en vano, dijo el poeta: “¡Qué poco me va quedando / de lo poco que tenía! / Todo se me va acabando / menos la melancolía”. 

Francisco Arias Solis
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La paz no se reduce a la ausencia de guerras

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CONCHA ESPINA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 15 Agosto, 2007 02:11

 CONCHA ESPINA (1879-1955) “Ninguna gracia de la ribera donde se miente lo que se jura; es más benigna la mar señera;es más piadosa la noche oscura...”

Concha Espina.

 
LA VOZ DE LA CORDIALIDAD HUMANA
 Cabeza de una lúcida estirpe de escritores, Concha Espina desarrolló una copiosa producción que ni siquiera la ceguera pudo interrumpir en los últimos años. La nota dominante de su obra de creación es la discreción estilística, que alcanza a veces valores humanos, y la cordialidad humana que se desprende de sus páginas. Por su temática, como por su escenario natural de sus obras, pudiera pensarse en una versión modernizada de Pereda, aunque en la Espina prevalezca el factor humano sobre la naturaleza.  

Como ejemplo de su estilo delicado y emotivo de Concha Espina puede servir esta descripción del urbanismo recoleto de sus tierras, de La rosa de los vientos: “Allí estaba, enfrente del casino la antigua y majestuosa iglesia, con su atrio postizo embadurnado de cal; la plaza Mayor, con los soportales, donde el comercio luce vidrieras y tenderetes: carne, drogas, dulces, baratijas, telas y zapatos, pan y vino; de todo esto y mucho más se vende en los “portalones”, como solemos llamar a la arquería de la plaza”.

 

Concha Espina Tagle nace en Santander el 15 de abril de 1879. Autodidacta, y de fuerte personalidad, muy femenina. Contrae matrimonio con el también escritor Ramón de la Serna, reside en Chile, pero abandonada por aquel tiene que ganarse la vida colaborando en revistas y periódicos. Regresa a España y se establece en Santander primero y luego en Madrid (1908) con sus cuatro hijos. En sus últimos años pierde completamente la vista. En estos años, Concha Espina escribía sobre unas falsillas especiales, para que no le temblara el pulso. En 1927 recibió el premio Nacional de Literatura, siendo propuesta ese mismo año para el Nobel. Concha Espina muere en Madrid el 18 de mayo de 1955.

 

Toda su literatura está motivada por los tipos, costumbres y paisajes de su tierra natal, el folklore, la mentalidad campesina o marinera en contraste con la civilización urbana, normalmente portadora de desgracias y amargura en el idílico mundo natural. En cierto modo, siendo muy otra su impronta, mantiene una postura ideológica semejante a Pereda. También se percibe el eco de una retórica que procede de la última generación del siglo XIX. La intensidad de pasión y la belleza del estilo alcanzan dignas cimas de perfección. Concha Espina es hábil en la narración, logra amenidad fácil, e interesa con algunos caracteres y descripciones regionales.

 Cuidada y sensible, entre su abundante producción cabe destacar: poemas, Mis flores y Trazos de vida; teatro, El Jayón y novelas, Agua de nieve,  La esfinge maragata, una de las mejores; Dulce nombre, Imágenes de vivos y muertos, La rosa de los vientos, El metal de los muertos, Altar mayor, ambientada en Covadonga, Luna roja. Novela de la Revolución, la extraña angustiada narración de la vida retorcida de pueblo en La niña de Luzmela, o los cuentos, Siete rayos de sol. Entre sus últimas obras se hallan Copa de horizontes y Retaguardia. Hacia la mitad del siglo aún continuaba su actividad fecunda e intensa con sus novelas Victoria de América, El más fuerte y Una novela de amor. 

Su primer éxito lo obtuvo con La niña de Luzmela (1914), edificante relato que roza con el folletín y la novela rosa; de evidente intención moralizadora. Una cumplida denuncia social de la situación de la mujer en tierras leonesas la constituye La esfinge maragata (1914), una de las mejores novelas. Su otra obra más importante es El metal de los muertos (1920), revalorizada posteriormente como una de nuestras primeras novelas sociales en el tiempo. La novela situada en la zona minera de Ríotinto (Huelva), presenta el conflicto laboral planteado por los mineros. Esta novela mereció encendidos elogios de Unamuno y de Maeztu. La crítica saludó su aparición como una de las obras más logradas de la narrativa española. Las estructuras injustas en que viven sus personajes le sirven en vez de denuncia, de marco para su narración sentimental. Por desgracia, el tono de redención cristiana adoptado por la autora -en consonancia con la ideología de toda su obra- y la limitación de sus puntos de vista sociales privan a la novela de su gran dimensión en potencia, quedando en una vaga sensación de simpatía y piedad. Y es que, como dijo nuestra escritora: “Y las criaturas de mi paisaje, / bestias menores, nunca son malas; / con la inocencia de lo salvaje / de los querubes tienen las alas”.

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Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.


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SILVERIO LANZA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 14 Agosto, 2007 00:19

SILVERIO LANZA (1856-1912) “Yo procuro que mis libros aburran desde su tercera página  a los lectores tontos, y así ellos y yo nos desengañamos mutuamente.”Silverio Lanza. LA VOZ DE UN GRAN SOLITARIO. 

Tanto se ha hablado de Silverio Lanza que Silverio se ha convertido en un ente de razón, bromeaba Azorín al referirse al solitario de Getafe y a lo poco, muy poco que de él se sabía. Y Segundo Serrano Poncela, uno de los críticos que con mayor inteligencia se ha acercado a este escritor, señala que para “levantar este velo de ceniza serán necesarios muchos esfuerzos. Silverio Lanza es casi una entelequia y en ocasiones se llega hasta dudar de su existencia”.

 Si para los que le conocieron y lo trataron fue siempre Silverio Lanza un hombre misterioso, un solitario que se había apartado de la vida literaria de su tiempo (“Yo ya soy un marino anclado en Getafe” solía decir, este gran ensayista y novelista español); para nosotros tan alejados de la época de la Restauración en que le tocó vivir y escribir, el acercamiento a Juan Bautista Amorós, llamado Silverio Lanza, hombre algo fantasmal que aparece con su gesto altivo y amargado, en plena época fantasmal, es empresa ardua. “La Restauración -decía Ortega- fue un panorama de fantasmas, y Cánovas el gran empresario de la fantasmagoría”. Esa fue la época en que se movió la figura -que los años y el descuido de sus contemporáneos han borrado en parte- de Silverio Lanza que vendría ser así, colocado en su época, una especie de fantasma de segundo grado. 

Juan Bautista Amorós y Vázquez de Figueroa nació en Madrid el 3 de noviembre de 1856 y murió en Getafe el 30 de abril de 1912, donde residía desde 1885, atrincherado en una casa en la que había dispuesto un complejo sistema de timbres que sorprendían a sus escasos visitantes, como ha recordado con gracia Ramón Gómez de la Serna. Inició, como su hermano Narciso, carrera en la marina y alcanzó la graduación de teniente de navío, pero hubo de abandonar esa profesión por problemas de salud.

 

Serio, taciturno y radical en sus opiniones, se ganó pronto fama de raro: el solitario de Getafe, como dieron en llamarlo, apenas hacía concesiones y, de cuando en cuando, sorprendía a sus contertulios con una afirmación extravagante o una frase provocadora tras la  que se adivinaba siempre su pesimismo.

 

El retraimiento de Lanza adquirió tintes amargos tras verse envuelto en un proceso absurdo como consecuencia de la publicación de su novela Ni  en la vida ni en la muerte (1890): siempre lamentó “haber sido preso y procesado por escribir libros en un país en que escasean los hombres que sepan escribir y leer”. En mayo de 1910, dos años antes de su muerte; Lanza escribía: “Hoy cuando leo las obras, que honrándome, me envían jóvenes como usted, tengo la jactancia de creer que me deben ustedes la libertad que disfrutan”.

 

“Escribía yo libritos -solía contar Silverio Lanza- que me acarrearon la persecución insidiosa y la persecución legal: la imposibilidad de ejercer cualquiera de mis profesiones, y la cárcel”. Y sin embargo el hombre cuyos libros -según Azorín- “no se parecen a nada; únicos en su época”, merece más atención, un mayor interés. Quizá lo más urgente sería una reedición de algunas de sus obras: Artuña, El año triste, Ni en la vida ni en la muerte, Mala cuna y mala fama, De la quilla al tope, La vida del Excelentísimo Señor Marqués del Mantillo... Más de una vez los amigos de Silverio Lanza han vaticinado un éxito póstumo que todavía no ha llegado: “¿Cuándo saldrá a flote? -se preguntaba Pío Baroja en 1902-. Quizá les pase a sus obras como a las de Sthendhal ... como últimamente  entre nosotros a los libros de Ganivet...; una reacción va iniciándose que hará que estos grandes desconocidos sean, al fin, los triunfadores”. Pero el caso es que de todos los escritores de la generación del 98 que tuvieron relaciones personales con Silverio Lanza, Baroja es de los menos entusiastas con respecto a él.

 Silverio Lanza cree que es imprescindible acabar con la aristocracia de la riqueza y con la aristocracia de cuna, que conforman el sistema caciquil. Por el bien de un país sojuzgado, es preciso que el gobierno pase a manos de una minoría intelectual (mezcla de saber y de virtud, advierte) capaz de dignificar la vida española. En cuanto a la Iglesia, advierte Lanza, debería aplicar más decididamente su doctrina a los problemas sociales reales, es decir, debería comprometerse con la sociedad en la lucha por desterrar el caciquismo, que todo lo contamina, desde la literatura al ejército.  

Baroja debió de admirar en Lanza lo que éste tenía de inadaptado, de irregular, de rebelde. También, sin duda debió interesarle su ingenio paradójico y arbitrario. Lanza tenía afinidades con el anarquismo y con el antiguo “arbitrismo” ibérico.

 

Para dar una conferencia sobre el caciquismo en el Ateneo de Madrid, Silverio Lanza se presentó vestido de negro y con chistera. A esta conferencia asistió inesperadamente la Condesa de Pardo Bazán, la hacía tiempo consagrada y popular Doña Emilia a la que le pareció oír cosas terribles.

 

Quizá uno de los riesgos más modernos de Lanza se encuentra en su humorismo amargo, violento, cruel, mucho más afín a las bromas pesadas del barroco que al humorismo dulzón del siglo pasado. Otras ideas de Lanza que debieron gustarle a Baroja eran su implacable rechazo a los caciques, su misantropía de la España contemporánea, su mezcla de lo absurdo y lo sentimental. Y como dijo el poeta: “Cuando el corazón se inclina / a ese fantasma irreal, / siente su pulso mortal / idéntico, en su latido, / a otro corazón que ha sido / el de un sueño fantasmal”.

 

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EL GRAN MITO DON JUAN POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 12 Agosto, 2007 17:13

 
EL GRAN MITO DE DON JUAN
 “¡Qué largo me lo fiáis!Y mientras Dios me dé vida, yo vuestro esclavo seré. Esta es mi mano y mi fe.”

Tirso de Molina.

 EL SIMBOLO VIVIENTE DE LA SEDUCCION AMOROSA MASCULINA 

La capacidad creadora de caracteres que se ha atribuido a Tirso como su mérito más alto, se manifiesta especialmente en estas dos grandes producciones dramáticas: en El Burlador de Sevilla y Convidado de piedra y en El condenado por desconfiado; mucho más, sin embargo, en la primera de ellas, con la que Tirso crea el gran mito humano y literario del Don Juan, del que afirma doña Blanca de los Ríos, sin exageración alguna, que “en grandeza y universalidad excede a los gigantes de Shakespeare, en el interés humano y en intensidad dramática supera a Fausto y en virtud prolífica a don Quijote”, aseveración indudable, pues aparte de la perennidad inagotable y la universalidad de las pasiones de que es portador -o precisamente por ello-, ningún otro mito literario ha reflorecido tan insistentemente como él en todas las literaturas, circunstancias y ambientes, ni recibido tan diversas interpretaciones y matices, que modifican detalles pero dejan intacto su carácter esencial.

 

Don Juan, mito eterno, ha venido a convertirse -cualesquiera que sean sus grados- en símbolo viviente de la seducción amorosa masculina, de la agresividad sexual, del conquistador irresistible, del hombre audaz y disoluto que convierte el placer en fin de todas sus acciones. De aquí su condición de “burlador”, es decir, de hombre que busca a la mujer para la satisfacción egoísta de su goce, y escapa a toda permanente coyunda.

 

El Tenorio es un “caballero” apuesto y cortesano, que encubre sus perfidias con refinada elegancia aristocrática, sabe envolver su persona de cuanto pueda hacerla atractiva y rinde religioso culto al honor (palabra que no se le cae de la boca), siempre que se trate del propio, por supuesto: porque pisotear el ajeno es una de las glorias: “Sevilla a veces me llama / el Burlador, y el mayor / gusto que en mi puede haber / es burlar una mujer / y dejarla sin honor”.

 

En esta forma fue dramatizado por Tirso en su obra. Don Juan Tenorio, hijo de noble familia sevillana, huye de Nápoles después de burlar a la duquesa Isabela, en cuya habitación había penetrado fingiéndose el duque Octavio, su prometido. Naufraga en las playas de Tarragona, es llevado a la cabaña de una pescadora, Tisbea, la seduce bajo palabra de casamiento y huye luego. Llega a Sevilla; entra en la casa de doña Ana de Ulloa, hija del Comendador don Gonzalo, debido a que consigue interceptar una carta de aquella en que citaba a su prometido el marqués de la Mota. Cuando a los gritos de doña Ana, que advierte el engaño, acude su padre, don Juan lo mata y se da a la fuga. Mientras prenden al marqués de la Mota, don Juan huye a Dos Hermanas a tiempo en que está para celebrarse allí una boda de campesinos; aleja el novio con engaños y seduce a la novia deslumbrándola con sus riquezas y la promesa de matrimonio. Después de dejar a la infeliz campesina regresa a Sevilla. Cierto día encuentra en una iglesia la estatua del Comendador, que el había matado, puesta sobre su tumba, la escarnece y la invita a cenar; el Comendador acude al convite y le invita a su vez para otra cena en su propia sepultura. Don Juan acepta, pero al tender la mano a la estatua, siente que le penetra por ella un fuego que le mata. Grita, pide confesión, pero ésta no llega y muere como un réprobo.

 

Atiéndase bien a este desenlace, porque es indispensable para entender el drama de Tirso. A lo largo de toda la obra se le amenaza a don Juan con el castigo que pueden acarrearle sus acciones. Tisbea había tratado de asegurarse de la promesa de matrimonio de don Juan, diciéndole: “Advierte / mi bien, que hay Dios y que hay muerte”, a lo que responde para sí don Juan, con palabras que ha de repetir muchas veces con cínica temeridad: “¡Qué largo me lo fiáis!”

 

De la pluma de Tirso, puesta en pie de su genio, salió la estampa del Burlador, lista para correr el mundo con el mito de su significación amorosa. Pero la intención última que había puesto en ella, al crearla, el fraile mercedario era manifiestamente moral y ejemplarizadora. Menéndez Pelayo señaló con toda claridad que cuando el Romanticismo despojó a Don Juan de su grave lección moral, destruyó la finalidad perseguida por su creador; si bien lo lanzó a vivir por otro de los muchos caminos abiertos y posibles a su proteica diversidad.

 

Comentando la universalidad y perennidad del Burlador, escribe Valbuena: “Por preceder de una creación vital, antes que literaria, Don Juan ni se logra ni se muere. Queda siempre -sombrero de plumas y espada al cinto- en todas las encrucijadas de las épocas, presto a emprender una nueva conquista, pero también pronto a evadirse”.

 

Cuando don Juan acude al convite del Comendador, cantan misteriosamente unas voces: “Adviertan los que de Dios / juzgan los castigos grandes / que no hay plazo que no llegue / ni deuda que no se pague”.

 

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Jamás hubo una guerra buena o una paz mala.

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EDGAR NEVILLE POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 12 Agosto, 2007 03:38

  EN EL 40º ANIVERSARIO DE LA MUERTE DEEDGAR NEVILLE (1899-1967). “El humor es el lenguaje que emplean las personasinteligentes para entenderse con sus iguales.”

Edgar Neville.

 
LA VOZ DE UN GRAN SENTIMENTAL
 Neville es, junto otros autores, el creador de una literatura en la que la evasión, la imaginación y el humor rompen la monotonía del vivir y en la que se nos ofrece una visión optimista y a la vez humanizadora de la vida. Escritores como Edgar Neville, López Rubio y Ruiz Iriarte trabajaron concienzudamente y con éxito basándose en el principio de que una obra ha de dar al público exactamente lo que éste desea, y que lo que quiere es algo que refleje de un modo reconocible el mundo real, pero de un modo que lo haga más atractivo o divertido de lo que realmente es.  

Edgar Neville nació en Madrid, el 28 de diciembre de 1899; su madre fue María Romrée y Palacios, hija del conde de Romrée y de la condesa de Berlanga del Duero, título éste último que heredó el autor; su padre fue un ingeniero inglés que vino a Madrid a finales del siglo XIX. En el Colegio del Pilar hizo sus primeros amigos. Para el teatro de variedades escribió su primera obra, La Vía Láctea, un vodevil que estrenó La Chelito en El Chantecler de Madrid en el año 1917.

 El joven Edgar Neville había comenzado la carrera de Derecho pero la interrumpe y se alista en un regimiento de húsares para la guerra de Marruecos. A su regreso a Madrid es presentado en Pombo a Ramón Gómez de la Serna, a quien siempre considerará su maestro, y entra en conexión con las corrientes vanguardistas. Sus amistades eran por entonces Tono, López Rubio, García Lorca, con quien estrecha su amistad a raíz del concurso del cante jondo organizado en 1922 en Granada. Colabora en revistas como Buen Humor, Nuevo Mundo, Aire Libre. 

En 1925 se casa con Angeles Rubio Argüelles y Alessandri, de origen malagueño, y en 1926 publica la primera colección de cuentos Eva y Adán. Por esos años ya había ingresado en la carrera diplomática. A partir de 1923 comienza a colaborar en la Revista de Occidente y en La Gaceta Literaria, y su relación con Ortega se hace cada vez más profunda y amistosa. La vida del autor transcurrirá de tertulia en tertulia. En 1928 es destinado como primer secretario a la Embajada española en Washington; en Hollywood y durante sus primeras vacaciones comienza una de las etapas más divertidas de la vida del autor. Formará parte del círculo de amistades de William Randolph Hearst y de Chaplin y allí desarrollará una interesante labor cinematográfica.

 

A comienzos de otoño de 1931 está de nuevo en Madrid y allí se publica su primera novela, Don Clorato de Potasa. Sigue haciendo cine, pero la carrera diplomática le requiere y es enviado al Marruecos francés, donde permanece dos años. Estrena para el teatro Margarita y los hombres. Antes de 1936 viaja de nuevo a Hollywood; durante su estancia reencuentra a la mujer que influirá decisivamente en su vida y en su obra: Conchita Montes.

 

En 1936 Biblioteca Nueva edita una serie de novelas cortas con el título de Música de fondo. Edgar Neville llega a Madrid el 13 de julio de 1936. Durante los primeros años de la guerra permanece, tras una breve estancia en Madrid, en Londres, en Bélgica y ya desde San Juan de la Luz, regresa a España. Colabora en Vértice y en La Ametralladora, revista semanal del humor fundada en 1937 por Mihura, Tono, Alvaro de Laiglesia y Neville . En 1941 reúne varios relatos de guerra con el título de Frente de Madrid. En los años de posguerra el autor se dedica con prioridad al cine.

 

En 1946 y con La familia Mínguez, Neville retrata el mundo grotesco de la burguesía madrileña; el vanguardismo inicial se ha resuelto en un costumbrismo irónico aunque sigue utilizando la desmitificación con fines humorísticos.

 

El éxito llegó con el estreno de El baile. Aquí comienza su etapa como autor de comedias. A partir de ese momento los estrenos teatrales se suceden, Veinte añitos y Marramiau, Rapto y Adelita, Prohibido en otoño, Alta fidelidad, La vida en un hilo. El último estreno teatral de Neville tiene lugar el 31 de mayo de 1963 con una obra titulada La extraña noche de boda. Continúa escribiendo relato corto y colaborando como siempre lo había hecho, en publicaciones periódicas y revistas, pero se dedica fundamentalmente a la poesía, género hasta ahora inexplorado por él mismo. Angel Caffarena Such edita casi toda la obra poética en las publicaciones de la Librería Anticuaria El Guadalhorce de Málaga. Las constantes poéticas del autor serán sentimiento amoroso con diversos matices y Andalucía. El 23 de abril de 1967, un día de primavera, murió Edgar Neville a causa de un paro cardíaco. Tono y Mingote fueron los amigos que lo rodearon en aquellos momentos.

 

“Cuando yo escribí “Tiempos mejores” -contaba Neville en 1963- la única manera con que se podían tratar los temas de actualidad era diciendo que sí, y uno tenía ganas de tratar la actualidad diciendo que no, y por tanto, para tener que castrar mis opiniones prefería dejar los temas de actualidad para más adelante”.

 

Las coordenadas teatrales de Edgar Neville fueron el humor, la elegancia, el desenfado y la visión humanizadora. Es uno de los creadores de una literatura en la que la evasión, la imaginación y el humor rompen la monotonía del vivir a través de una visión optimista de la vida.

 

La figura de Edgar Neville se nos presenta rodeada de un halo de elegancia, ingenio, generosidad y tolerancia; el encanto de los felices años, junto con un fino escepticismo y una permanente contradicción, están presentes en su vida y en su obra. Aquel “niño revoltoso que se muerde las uñas...”, según unos, aquel “remolino de desconcertantes paradojas”, según otros, al final de su vida escribía versos como un joven enamorado porque por encima de todo Edgar Neville fue un “bonvivant” elegante, orondo, algo escéptico, pero sobre todo un gran sentimental. Y como decía nuestro autor: “La comicidad surge de la sátira o de la ironía con que el humor matiza y describe las cosas...”

 

Francisco Arias Solis
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EL AGUA ES VIDA POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 11 Agosto, 2007 13:43

 
EL AGUA ES VIDA
 “Di ¿por qué acequia escondidaagua, vienes hasta mímanantial de nueva vidade donde nunca bebí?”

Antonio Machado.

 
UN BIEN PUBLICO Y ESCASO
 

España es uno de los países que más agua consume, y eso pese a que la pluviosidad es muy baja y las perspectivas de abastecimiento cada vez son más negras. Cada español gasta una media de 400 litros de agua al día, una cantidad exagerada que nos sitúa en el tercer puesto mundial y en el primer lugar de Europa. Todo un lujo que no nos podemos seguir permitiendo.

 

El agua es un bien público, escaso y renovable, que debe distribuirse según necesidades y disponibilidades, de acuerdo con criterios de respeto al medio ambiente. Dado su carácter de bien social y público es clave el papel de la Administración en la tutela de este recurso, mediante la regulación y el control de la utilización y la calidad del mismo.

 

Una política sostenible del agua debe asegurar el aprovechamiento eficiente del agua, desde el respeto al medio ambiente y con la calidad de las aguas, y garantizar la distribución y asignación de un recurso escaso con criterios de justicia social, facilitando el desarrollo económico y territorial y teniendo en cuenta el déficit hídrico estructural de nuestro país.

  

Las principales carencias actuales se dan en la Administración, que corresponde a las Confederaciones Hidrográficas. Existe una completa dejación e incumplimiento de muchos de sus fines establecidos por Ley y en la Reglamentación correspondiente por falta de voluntad política y falta de medios humanos y materiales.

 

Que en este país hay poca agua lo saben hasta los niños. Sin embargo, parece que las campañas publicitarias de concienciación ciudadana no están de más porque, encima, gastamos lo que no tenemos. El aprovechamiento racional de este recurso, sobre todo en las ciudades que gastan un importante porcentaje del consumo total, no es precisamente nuestro fuerte; y es que secularmente el agua ha sido tan barata que nadie la ha valorado. Sin embargo, el aumento de la demanda y lo limitado de la oferta conducen inevitablemente a un encarecimiento de este bien tan escaso. Pero la escasez no es el único problema; el deterioro de las conducciones hace que se pierda un 30% del agua que circula por ella. En cuanto a la depuración de aguas residuales también hay graves carencias, según un informe de la Unión Europea, un elevado porcentaje  de los municipios españoles no tienen plantas depuradoras, lo que supone que muchos vertidos, tanto industriales como domésticos, van a parar directamente a los ríos, con lo que la calidad del agua en muchas zonas es pésima.

 

En nuestro país existen importantes acuíferos, auténticos ríos subterráneos sobre cuyo comportamiento y dinámica aún se conoce poco. La importancia de los acuíferos es pues un elemento clave para compensar la mayor escasez de precipitaciones y el carácter temporal de las aguas superficiales. El 70% de los núcleos urbanos se abastecen de estos acuíferos. Toda esta agua podría sernos mucho más útil si no fuera por tan desproporcionada explotación, en especial en algunos lugares del país, y la grave contaminación que ha sufrido el subsuelo en los últimos treinta años, en especial, por los plaguicidas.

 

Por los desagües de nuestras casas se pierden innecesariamente la mitad del agua que consumimos. Las principales medidas para ahorrar agua en casa no suponen una gran molestia ni restricciones traumáticas con respecto al consumo. Tan solo se trata de tener conciencia del problema y acabar con ciertos hábitos que únicamente fomentan el gasto inútil.

 

En España, la escasez de agua es un verdadero problema pero todavía es mayor la deficiente calidad que pesa sobre las aguas, especialmente las subterráneas. Es peor la calidad que la cantidad. Y como dijo del poeta: “Cuando el agua se hace charca, / como ya no tiene voz / hablan por ellas las ranas”.

 Francisco Arias Solis
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Paz, queramos paz.

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RAMIRO DE MAEZTU POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 10 Agosto, 2007 22:12

RAMIRO DE MAEZTU (1874-1936) “La prensa debió suplir, con informaciones concienzudas, la ignorancia de nuestras clases gobernantes, formadas de leguleyos y oradores, respecto de las fuerzas navales de la República norteamericana y de las causas determinantes de las insurrecciones coloniales.”

Ramiro de Maeztu.

 
LA VOZ LITERARIA DE UN PERIODISTA
 Es curioso el destino de muchas grandes figuras históricas que disputadas por unas u otras banderías, acaban presentando los más variados aspectos según el punto de mira o la intención de quien nos habla, siendo estos aspectos no ya distintos o cambiantes, sino a veces hasta francamente contradictorios. Así ha ocurrido, en gran medida, con Ramiro de Maeztu, a quien unos presentan como agnóstico y socialista mientras otros nos lo caracterizan como católico ultramontano y uno de los adalides del autoritarismo español. Los críticos más objetivos, aquellos que se deben a la verdad y a la imparcialidad, han acabado por aceptar la imagen de una doble etapa en la evolución intelectual de este autor: una, de juventud, marcada por la actitud revolucionaria y nietzscheana, y otra, de madurez, afincada en el conservadurismo y la reacción.  

Dentro de la generación del 98, Maeztu representa un caso extremo y sintomático. Inició sus primeros pasos con el grupo de “los tres” -con Azorín y Baroja-, bajo la inspiración y la fuerte influencia de Nietzsche. Influido por la experiencia europea y de la guerra, empieza a valorar los principios de autoridad, jerarquía y función. Esta experiencia se une a la experiencia argentina, que le lleva al descubrimiento de la “hispanidad”, en el sentido más tradicional de la palabra, para terminar oponiéndose a todas las ideas de ilustración y liberalismo. Maeztu no es escritor “artístico”, sino sobre todo ensayista y articulista ideológico y cultural. Nos ha dejado sin embargo varios poemas que, si bien carecen de gran empeño constructivo, poseen, con todo, valor testimonial no desdeñable. Azorín nos recuerda que Maeztu componía versos “en la redacción del diario España, a las tres de la madrugada, después del trabajo serio de la noche”, pero está claro que se trató de dedicación inconstante y de poco fruto, acaso abandonada por las exigencias de las solicitudes diarias. Tenemos que señalar, por otro lado, el valor literario de la prosa de Maeztu, llena de una elocuencia grave y elegante.

 

Ramiro de Maeztu Whitney nace en Vitoria el 4 de mayo de 1874. Hijo de Manuel de Maeztu, nacido en Cuba aunque de ascendencia vasca, fundador en Vitoria del periódico ABC, y de la hija del cónsul inglés Juana Whitney, de religión protestante. Su hermana María contó que su hermano mayor aprendió a leer en los dramas de Shakespeare y de Schiller. De 1882 a 1887, Maeztu estudia el bachillerato en el Instituto de su ciudad natal, en esta misma época escribe versos apasionados a imitación de su gran admirado poeta romántico Espronceda.

 

A los quince años, y como consecuencia del empobrecimiento paulatino de su familia, emprende viaje a París donde trabaja en un comercio siendo despedido unos meses después regresando a España donde permanecerá temporalmente hasta su marcha a Cuba, donde su abuelo Francisco de Maeztu, guardia de Corps, había conseguido una sustanciosa fortuna.

 

En 1894 Maeztu, visiblemente enfermo y a petición de su madre, regresa a España “convencido de no ser útil para nada y resuelto a morirme tranquilo en la ciudad donde nací”.

 

Al regresar a la Península debuta como periodista en Bilbao en El Porvenir Vascongado. Maeztu era ya un defensor de las ideas individualistas, un apologista de la lucha por la vida como estímulo del progreso, del necesario triunfo de los más capaces. El “chico de El Porvenir”, como le llamaba el director del periódico Valentín Hernández, trató de organizar, en mayo del 96, una huelga de periodistas bilbaínos, para lograr el descanso semanal. A Madrid llegó Maeztu, vestido de soldado, con su oficio de periodista a cuestas, a comienzos de 1897. Un buen día cae en una tertulia literaria. Benavente le anima y le obliga a publicar sus primeros escritos: cuentos y poemas. La primera publicación en la que colaboró fue Germinal, una de las efímeras revistas de gente aficionada a la literatura, cuyo director era Joaquín Dicenta, periodista bohemio y autor teatral de éxito, a quien Maeztu conocía desde el estreno de Juan José, en Bilbao. Más tarde colaboró en El País, diario republicano, donde iniciaron su carrera Azorín y Baroja. Estamos en 1898. Maeztu fue, entre todos los escritores jóvenes, el que más cerca vivió el desastre colonial. Lo primero, por sus orígenes familiares y conocimiento directo de Cuba. Su posición era favorable al abandono de la isla por juzgar imposible la permanencia española en ella. Colabora en las revistas que se fundaron en aquellos días: Vida Nueva, La España Moderna, Revista Nueva y Los Tres. En 1899 aparecería su primer libro, Hacia otra España, recopilación de artículos ya publicados con algún que otro inédito.

 

Ramiro de Maeztu llegó pronto a la cima del periodismo madrileño. En 1900 publica en las páginas prestigiosas de El Imparcial. Maeztu fue uno de los artífices que convirtieron el estreno de Electra de Pérez Galdós, en enero de 1901, en una ruidosa manifestación anticlerical. La voz de “¡abajo los jesuitas!” que resonó en el teatro era suya. Del Diario Universal pasó en 1904 a la redacción de España, donde coincidió con Azorín. Al año siguiente se estableció en Londres como corresponsal permanente de La Correspondencia  de España. Casi simultáneamente, inició una colaboración con La Prensa, el potente diario de Buenos Aires, que llegó hasta 1936. En 1914 estalla la guerra europea. Maeztu va al frente a hacer una información periodística. Viste el uniforme de oficial del ejército inglés. En esta época comienza a operarse en él un gran cambio ideológico. Publica Inglaterra en Armas.  En Inglaterra contrajo matrimonio con Alice Mabel Hill y tuvo su primero y único hijo. Tras su regreso a España en 1919 publica libros La crisis del humanismo y Don Quijote, Don Juan y La Celestina. Entra a formar parte de la redacción del gran periódico liberal El Sol, que abandona en enero de 1927, para pasar a La Nación, órgano primorriverista. Embajador en la Argentina entre 1928 y 1930. Miembro de la Unión Monárquica Nacional hasta 1931. El conservador católico que era ya el Maeztu de los años 30 fue recibido en las filas de la extrema derecha monárquica. Fundador de Acción Española y diputado de Renovación Española por Guipúzcoa en 1933. En 1934 fue elegido miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas. Un año más tarde vendría el ingreso en la Real Academia de la Lengua, versando su discurso de ingreso sobre “La brevedad de la vida en nuestra poesía lírica”.

 

El 30 de julio de 1936 es detenido en Madrid y permanece en la cárcel de Ventas “preparándose para morir” hasta la madrugada del 28 de octubre de ese mismo año, en la que muere fusilado.

 

Dos años antes de su muerte publicó Defensa de la Hispanidad, su libro más famoso y polémico. Y aunque se presenta como una indagación y una defensa de los valores hispánicos, el libro va mucho más allá por la peculiar interpretación que de éstos hace.

 

Maeztu se designa a sí mismo como “el cronista”. Su estilo es claro y preciso, sin ringorrangos ni pretensiones, deliberadamente funcional, sometido al objetivo de informar. “La misión del artista -escribía Maeztu- es concebir una imagen que abarque en su desarmonía la mayor cantidad de vida. La del pensador fundir su lógica con el “devenir” de los sucesos. La del hombre de acción caminar al compás de los hechos”.

 Francisco Arias Solis
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Será vano el intento de humanizar las guerras. Lo humano es evitarlas.


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ERNESTO CARDENAL POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 10 Agosto, 2007 14:17

 
ERNESTO CARDENAL
 “Yo he repartido papeletas clandestinas, gritado: VIVA LA LIBERTAD! en plena calle desafiando a los guardias armados.Yo participé en la rebelión de abril: pero palidezco cuando paso por tu casa y tu sola mirada me hace temblar.”

Ernesto Cardenal.

 
LA VOZ SONORA CONTRA LA OPRESION
 

A la generación que reconoce en el grupo del “Taller de San Lucas” a sus propios maestros pertenece Ernesto Cardenal, quizá el poeta nicaragüense más conocido por su militancia política, sus acentos revolucionarios, su simpatía hacia el marxismo, por su irreductible oposición a la dictadura y su condición de religioso.

 

Ernesto Cardenal ha sido calificado como el “más sonoro portavoz de los “cristianos por el socialismo”, no por dedicación política, sino como toma de posición espiritual en cuanto a sacerdote”, en palabras de José María Valverde. La política le llevó, sin embargo, al decidido enfrentamiento contra la dictadura de Somoza, pues tomó parte en la rebelión contra el dictador. Su poema “Hora 0” de clara raíz política y tono combativo, inspirado en la figura del general Sandino y constituido en un beligerante ataque a las dictaduras, se convirtió en una proclama histórica de singular trascendencia. La adhesión al sandinismo revolucionario le llevó, andando el tiempo y tras el triunfo de la revolución sandinista, al cargo de ministro de Cultura de Nicaragua.

 

Ernesto Cardenal nace en Granada el 11 de mayo de 1925. Perteneciente a una familia culta (es pariente de José Coronel Urtecho), se trasladó a México después de graduarse como bachiller; allí estudió Filosofía y Letras y después amplió estudios en Nueva York. A su regreso a su país, 1950, fundó la editorial El Hilo Azul. Realizó numerosos viajes (en España dio a conocer su antología Nueva poesía nicaragüense). Tras diversos incidentes en su lucha contra la tiranía en su país, madura su vocación religiosa e ingresa en el monasterio trapense Nuestra Señora de Gethsemaní de Kentucky, donde tiene como maestro religioso al también poeta Thomas Merton. En 1961 se trasladó a Colombia, donde estudió teología; en 1965 recibía en Managua las órdenes sacerdotales, y a continuación fundó en el archipiélago de Solentiname una comunidad religiosa que, con los años, tendría gran importancia en la vida y obra del poeta. Dirigente del Frente Sandinista de Liberación, luchó contra la dictadura de Anastasio Somoza, y expulsado este (1979) fue nombrado ministro de Cultura. En 1980 recibe el Premio de la Paz por los libreros de la República Federal de Alemania  y entra a formar parte del Comité Patrocinador del Movimiento de los Niños del Mundo “Campaña de la Paz”. Al año siguiente clausura el Congreso sobre la Paz y el Desarme realizado en la Universidad de Harvard.

 

En el ámbito de la poesía hispanoamericana es una voz totalmente original. Su acento fue en un principio sumamente pausado, inaugurando una tendencia definida como neorromántica y que produjo éxitos relevantes en La ciudad deshabitada y El conquistador. Entre 1952 y 1957 escribió una serie de Epigramas, publicados en 1961, que aún hoy figuran entre los aspectos más interesantes de su vasta obra poética. Anteriormente había contribuido a difundir la poesía de su país en una obra antológica, Nueva poesía nicaragüense (1949), empeño sobre el que volverá más tarde con la abundante selección de Poesía nicaragüense (1975).

 

El acento político se hace denuncia dramática en algunas de las composiciones de Cardenal. Después de los Epigramas, la lírica de Ernesto Cardenal se vuelca hacia temas de mayor compromiso y hacia la búsqueda de una expresión en la cual la poesía se manifiesta en el lenguaje aparentemente desnudo de la crónica. En efecto Cardenal se convierte en el cronista contestatario del mundo nicaragüense y, al mismo tiempo, de toda la historia contemporánea latinoamericana, en una implacable denuncia de los abusos políticos y económicos, de la injerencia estadounidense que frena el proceso de democratización de América Latina. Los lemas y el vocabulario en general de la sociedad de consumo, los anuncios deslumbrantes de los productos norteamericanos, la vida deshumanizada y superficial imitando al cine, la propia invasión de la lengua inglesa son todos los factores que forman parte de una inautenticidad que se superpone de manera híbrida y dolorosa al genuino sentir del continente y que el poeta repudia duramente. Marilyn Monroe se convierte en símbolo de este mundo de inautenticidad y violencia, pero con un sentido profundo de verdadera piedad. En la Oración por Marilyn Monroe escribe Cardenal: “Señor / recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con / el nombre de Marilyn Monroe / aunque ese no sea su verdadero nombre...”

 

En los Salmos el poeta levanta nuevamente su voz contra la opresión y la injusticia, canta al Dios omnipotente y justiciero: “Escucha mi protesta / porque no eres tú un Dios amigo de los dictadores”.

 

El compromiso de Cardenal con su país se manifiesta también en los libros posteriores: Homenaje a los indios americanos (1972), donde se sitúa en la tendencia neoindigenista en una poesía apasionada y de gran poder comunicativo, y Canto nacional (1973), dedicado al Frente  Sandinista de Liberación, en el cual la dedicación es razón íntima del alma: “De esta tierra es mi canto. Mi poesía de este clima”. Entre sus últimas publicaciones citaremos: Evangelio de Solentiname (1974), Vuelos de victoria (1984) , Poemas indios (1992), Vida perdida (primer tomo de sus memorias, 1998), Las ínsulas extrañas (segundo tomo de sus memorias, 2002) y La revolución perdida (2003).

 

Especial importancia tienen los dos tomos del Evangelio de Solentiname, en los que la interpretación del Evangelio se hace “desde abajo”, o sea desde la simplicidad de la fe de los componentes de la Comunidad fundada por Cardenal en el archipiélago Solentiname, Gran Lago de Nicaragua, posteriormente bombardeada y destruida en el último periodo de la dictadura. Y como dijo el poeta nicaragüense: “Uno se despierta con cañonazos / en la mañana de aviones. / Pareciera que fuera revolución: / pero es el cumpleaños del tirano”.

Francisco Arias Solis
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Se ama la libertad como se ama y se necesita el aire, el pan y el amor.

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MAXIMO GORKI POR FRANCISCO ARIAS SOLIS

forolibre | 08 Agosto, 2007 22:51

MAXIMO GORKI (1868-1936) “Tengo miedo  de este tiempo... todo cruje”. Máximo Gorki. 
LA VOZ ESPERANZADA
 

Gorki está considerado el iniciador de la escuela soviética del “realismo socialista”. De origen muy humilde, fue un claro ejemplo de formación autodidacta, formación que pudo ampliar gracias a la protección del escritor Korolenko. Temperamento realista y poético, suscitó el entusiasmo del pueblo ruso ya desde la publicación de su primera obra, Narraciones (1896). Describe con crudeza la miseria y el sufrimiento de las clases marginadas de la Rusia de los zares, introduciendo en la literatura rusa el tipo del vagabundo, el desheredado, el “exhombre” (como él le bautizó), personaje lleno de humanidad y optimista ante la desgracia.

 

Máximo Gorki, seudónimo del escritor ruso Alexei Maximovich Peshkov, nació el 16 de marzo de 1868 en Nizni-Nóvgorod (rebautizada Gorki en su honor y cuyo nombre mantuvo entre 1932 y 1991), y murió el 8 de junio de 1936 en Moscú. Pierde a su padre a los tres años y vive con sus abuelos en duras circunstancias; tiene que dejar de estudiar por falta de medios, trabaja en diversos oficios. A los 16 años se relaciona con las juventudes progresistas, y a los 18 años intenta suicidarse, disparándose un tiro. De ese episodio proviene, tal vez, la decisión de bautizarse Gorki, que en ruso significa amargo.

 

En 1906 abandonó Rusia y por siete años vivió en el exilio localizándose en su villa de Capri cerca a Nápoles. Al estallar la primera guerra mundial sirvió en la Cruz Roja rusa y después de la revolución fue presidente de un comité para salvaguardar la propiedad artística. Inicialmente se opuso a la revolución de 1917 y a las medidas de Lenin, siendo silenciado por órdenes de éste último. Finalmente hizo causa común con los bolcheviques, de los que se separó en 1920, aunque después volvió a reconciliarse con ellos. Por consejo de Lenin, Gorki marchó al extranjero para curarse de una vieja afección pulmonar -tuberculosis-, adquirida en su juventud, que ponía en peligro su vida.

 

A partir de 1928, Gorki regresaba a su patria cada año y retornaba a Italia cuando el clima se hacía más húmedo y frío, pero en 1933, decidió quedarse en la URSS. Entre las razones que le hicieron a Gorki regresar a su natal Rusia fue la toma del poder en Alemania por los fascistas. lo que hacía vislumbrar otra guerra mundial. A pesar de su precaria salud, se manifestó abiertamente como antifascista, integrándose como dirigente, del movimiento mundial por la paz.

 

En constante desequilibrio ambiental y anímico, comienza a publicar sus primeros relatos a los 24 años, pero no llama la atención hasta que publica en San Petersburgo Bocetos y relatos (1899). Con la publicación del drama Los bajos fondos (1902), se convierte en símbolo de la lucha del proletariado, ídolo del pueblo; pero el gobierno zarista impide que sea nombrado miembro de la Academia de Ciencias. Toda su creación literaria es reeditada y comentada con el entusiasmo de que antes careció, pues aparte de su auténtico valor artístico, es usada como bandera política por el movimiento revolucionario.

 

En el género autobiográfico dejó obras de gran calidad humana, como Mi infancia, Entre la gente, Primer amor, Mis universidades y Fragmentos de mi diario. Entre su obra narrativa destacan: La familia Orlov, Los vagabundos, dos volúmenes de relatos, Fomá Gordéiev, Tres hombres, La madre (1907), obra con la que empieza una nueva etapa en la que los personajes comprenden el valor de la rebelión, de la fuerza de voluntad y de la toma de posición personal, Camaradas, La confesión, Los Artamanov y La vida de Klim Sanguine. Escribió además los dramas Los pequeños burgueses (1901) y Los bajos fondos (1902), una de las obras más conocidas. Ambos fueron estrenados en 1902 en el Teatro de Arte de Stanislavski, en Moscú.

 

Los pequeños burgueses es un drama sobre la crisis que acompaña el tránsito de una orden social a otro. Sus personajes reflejan la decadencia rusa de principios del siglo XX, el inminente ocaso del zarismo y, como arrastre inevitable, la pérdida de los privilegios de su sector social que parasitaba en el hastío, el escepticismo, la corrupción y un inconfesado pero indesmentible descenso de su autoestima. En ese marco, un detalle no menor es que la obra tiene un firme y romántico anclaje en el optimismo, que se encarna en Nil, el obrero de la historia. Con este personaje, la categoría social de obrero hace su primera aparición en el teatro ruso.

 

“Tengo miedo de este tiempo... todo cruje”, dice uno de los personajes de Los pequeños burgueses. Y, efectivamente, en la Rusia de principios del siglo XX crujía todo un orden establecido.

 

A más de  cien años de su estreno, el modelo neoliberal o capitalista que tiende a globalizar las condiciones de vida de este mundo, resulta tan injusto como el que sometía a estos personajes de Los pequeños burgueses. Hoy como entonces, todo cruje. De ahí la actualidad -hasta sorprendente- de esta obra de Gorki.

 

Nil materializa la esperanza de Gorki en el cambio que se avecina, y que debería tener al proletariado como motor y protagonista de un tiempo donde el trabajo creará riqueza y la riqueza será repartida con justicia.

 

Francisco Arias Solis
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La paz pide una oportunidad.

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