Unamuno

La dial�ctica de Uamuno

unamuno | 05 Enero, 2007 20:16

Entre los múltiples aspectos del profundo "cambio de signo" señalado por Antonio Sánchez Barbudo en la obra unamuniana como consecuen-cia de la crisis espiritual del '97, ninguno hay más notable que el quese presenta en el contraste entre las dos primeras novelas, Paz en laguerra, publicada en el mismo año de la crisis, y Amor y pedagogía,de1902.Respecto a la segunda obra, varios críticos han subrayado su carácterde 'obra de transición' hacia la plenitud artística de las novelas y nivo-las posteriores. Para Julián Marías, la abstracción de sus personajesrepresenta la transición entre la colectividad de Paz en la guerra y laindividualidad de Niebla y Abel Sánchez. En el estudio de Juan Ló-pez Morillas sobre antagonistas y agonistas entre las criaturas de Una-muno se consideran las de Amor y pedagogía como verdaderos casosde transición entre los dos tipos; y para Geofírey Ribbans, esta no-vela "puede ser descrita casi como un primer borrador de lo esencialde Niebla", un borrador, cabe añadir, harto vacilante y estéticamentemuy inferior a la obra definitiva, según la opinión de Carlos Claveríacitada y aprobada por el mismo profesor Ribbans. Parece evidente,pues, que entre los principales estudios generales de la novelística una-muniana hay una fuerte tendencia hacia una interpretación de las ex-travagancias de Amor y pedagogía a base del concepto de 'transición'aplicado a uno u otro de sus aspectos fundamentales. La excepción másnotable, sin duda, es el importante libro de Ricardo Gullón, en que elestudio de las novelas como 'autobiografías' subraya, como es natural,la unidad de la obra total, aunque no excluye el concepto de transición.En efecto, éste es un concepto que hay que aceptar, por de prontoen un sentido cronológico muy obvio, y también como término de va-loración estética para calificar la gran diferencia técnica entre estanovela y Niebla. Creo, sin embargo, que puede ser muy provechosa ]acomparación retrospectiva entre Amor y pedagogía y la novela publi-cada cinco años antes, Paz en la guerra. En muchos respectos las dife-rencias entre las dos parecen demasiado grandes y evidentes para quese encuentre punto alguno de comparación entre las dos. Paz en laguerra-,larga, seria, histórica e intrahistórica; narrativa y descriptiva;prosa de ritmo grave y sereno; de estructura sencilla y unida; con per-649AIH. Actas III (1968). Amor y pedagogía en la dialéctica interior de Unamuno. PAUL R. OLSON
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650P A U LR.O L S O Nsonajes que son al mismo tiempo realistas y típicos. Amor y pedagogía:breve, amargamente cómica, hondamente temporal pero no histórica;forma narrativa casi dialogada; estructura fragmentada; personajes cari-caturescos, casi todos de nombre simbólico.Con tanta discrepancia, pues, ¿qué significado se encuentra en estaserie de contrastes? Por lo menos, éste: que desde el punto de vistafenomenológico no se puede hablar de vacilaciones en Amor y pedago.gia, ni mucho menos. Las diferencias que la distinguen de Paz en laguerra están deliberadamente exageradas, de modo que aparece en ellala antítesis completa de la primera novela, y es, por lo tanto, la anti-novela por excelencia de Unamuno.Pero hay otras diferencias cuya mayor importancia deriva del hechode que se basan en unos paralelos casi únicos en la obra del gran vasco.Entre las obras mayores son éstas las únicas con título de forma sintác-tica bimembre, pero del fondo de esta indudable semejanza se des-taca una diferencia radical. Paz en la guerra resuelve en una armo-niosa concordia la oposición de los términos opuestos, mientras que enAmor y pedagogía la aparente relación complementaria entre los dostérminos del sintagma se convierte en una antítesis profunda. En lacarta a Jiménez Ilundain del 19 de octubre de 1900, Unamuno habíadicho de su próxima novela: "Trátase de un hombre que se casa de-ductivamente para poder tener un hijo y educarlo para genio, por amora la pedagogía." Ahora bien, ya sabemos que en la versión definitivael casamiento deductivo no se realiza, y el "amor a la pedagogía" llegaa ser la expresión de una oposición radical. Otro paralelo muy impor-tante es el hecho de ser estas novelas los únicos ejemplos unamunianosdel Erziehungsroman, la presentación completa de la trayectoria vitalde uno de los personajes centrales, visto en el ambiente familiar. Ig-nacio Iturriondo, educado con un amor paternal y maternal, embebe unsentido inquebrantable del valor de esa "tradición indefinible e inde-finida" por la cual acaba entregando su vida a la violencia de la his-toria. Apolodoro Carrascal, atormentado entre los extremos del amormaternal y el intelectualismo paternal, se llena de un sentido de la alie-nación y discontinuidad que la razón analítica impone sobre el ser enel tiempo, y sólo en el suicidio encuentra alivio para su dolor.Otro contraste es el que vemos penetrando hasta las mismas raícesontológicas del pensamiento unamuniano. En Paz en la guerra se en-cuentra un equilibrio armonioso entre historia e intrahistoria, es decir,apariencia y realidad substancial. En Amor y pedagogía, apariencia ysubstancia, es decir, forma y materia, están completamente opuestas.Tal es, por lo tanto, la diferencia más fundamental de todas: la armo-AIH. Actas III (1968). Amor y pedagogía en la dialéctica interior de Unamuno. PAUL R. OLSON
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"AMOR Y PEDAGOGÍA" EN LA DIALÉCTICA DE UNAMUNO651nía ontológica de Paz en la guerra frente a las antítesis de Amor ypedagogía.En la segunda novela los términos forma y materia aparecen porvez primera en el discurso que se pronuncia don Avito al darse cuentade que se ha enamorado inductivamente de Marina del Valle. Pen-sando en el futuro genio, dice: "Démosle su parte de naturaleza, de ins-tinto, de inconsciencia; no hay forma sin materia. El arte, la reflexión,la conciencia, la forma lo seré yo, y ella, Marina, será la naturaleza, elinstinto, la inconsciencia, la materia." Desde este momento el narradorsigue empleando estos términos, ahora con mayúscula, para referirse ala pareja, contándonos, por ejemplo, que en la primera entrevista denovios se encienden tanto —de amor el uno y de rubor la otra— que"la Materia quema y la Forma arde". Encarnados, pues, los conceptosde Forma y Materia en dos personajes distintos, y presentados por esomismo como elementos ontológicos no sólo separables sino efectivamenteseparados, Unamuno sigue exagerando la separación hasta convertirlaen una oposición total. Mientras don Avito está procurando imponersobre su hijo una forma absolutamente ideal, la madre/Materia vasubvirtiendo la gran prueba científica. Habiendo bautizado a su hijoen secreto con el nombre cristiano de Luis, Marina le colma del afectoferoz de una mater saeva cupidinum: "—Luis, mi Luis, Luis mío, Lui-sito, mi Luisito— y se lo come a besos."Pero no es sólo en la representación personalizada y dramática don-de se expresa esta oposición. La forma se revela como antagonista de lamateria en su función de negación definidora y analítica, tanto queamenaza aniquilar completamente la realidad material. Tal es el sig-nificado de las estructuras verbales sin sentido del Ars magnacombina-toria de don Fulgencio y el del encasillado esquemático completamentevacío que aparece en el epílogo como ejemplo del tipo de razonamientocientífico de que se declara Unamuno completamente incapaz. Tal es,en fin, la razón de la aparente sinrazón de los "Apuntes para un tra-tado de cocotología" que integran la parte final de la novela, porqueel tratado es en el fondo una antropología general en la cual el hom-bre ha sido reducido, por la fuerza negativa de la razón analítica, a unapajarita de papel, un ser completamente sin substancia, pura super-ficie y pura forma.Parece, pues, bastante evidente la .relación entre esta antítesis funda-mental y el sistema unamuniano de dualismo ontológico, tan hábilmenteestudiado por Franc,ois Meyer y Carlos Blanco Aguinaga. Pero lo quees de particular interés en Amor y pedagogía es la manera en que estanovela sugiere una relación fundamental entre el contraste de imágenesAIH. Actas III (1968). Amor y pedagogía en la dialéctica interior de Unamuno. PAUL R. OLSON
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652P A U LR.OLSO Nde padre y madre. Y toda la serie de oposiciones que componen laontología de Unamuno: historia e intrahistoria; tiempo y eternidad;razón y fe, etc. Mucho se ha escrito acerca de los personajes femeninosde Unamuno, y Blanco Aguinaga nos ha mostrado con qué persistencialas figuras maternales y símbolos de la maternidad aparecen como metá-foras de la intrahistoria para el Unamuno contemplativo. Pero todavíapodemos preguntarnos si no habrá también un significado intrínseco,no metafórico, en estas imágenes, o si hay metáfora, cuál es el verdaderosignificado, el concepto o la personalidad.Mucho menos se ha dicho respecto al tema de la paternidad, yeso sobre todo como un aspecto más del deseo de dejar posteridad, comoen el caso de don Fulgencio. Pero convendría dedicar más atención alas relaciones concretas entre padres e hijos en la obra unamuniana.Ahora, sin embargo, lo que nos importa más que otra cosa es la antítesisde los padres mismos. El tema de la oposición de los sexos aparece casial principio de la novela, cuando Avito afirma: "En la especie huma-na, el genio ha de ser por fuerza masculino." Pero culmina en el mássocrático de los diálogos entre Carrascal y don Fulgencio, misoginistay calzonazos rematado. Llega Carrascal a presencia de don Fulgenciocuando éste medita un aforismo:—¡Nada, no acabo de resolverlo! —exclama de pronto el filósofo,rompiendo el silencio con que ha recibido a su fiel don Avito—; aforismole hay, no me cabe la menor duda, aforismo le hay, pero ¿en qué sen-tido? ¿hemos de decir que la mujer nace y el hombre se hace o viceversa,que nace el hombre y se hace la mujer? ¿es la mujer de herencia y elhombre de adaptación, o por el contrario? ¿cuál es el primitivo? ¿o sehan diferenciado de algo primitivo que no era ni hombre ni mujer?Sigue entonces una antifonía de improperios contra el sexo feme-nino en general:—Porque —continúa el filósofo volviéndose ya al chocolate— la mu-jer es remora de todo progreso...—Es la inercia, la fuerza conservadora... —agrega don Avito.—Sí, ella es la tradición, el hombre el progreso...—Es un hombre abortado...—Es el anti-sobre-hombre.El dúo se interrumpe con la entrada de la Xantippe de don Ful-gencio, doña Edelmira, quien le riñe por haberse olvidado de que tieneque ir a la casa del notario, y con esto se resuelve el dilema del filósofo:.

—¿No quedamos, Carrascal, en que es el hombre lo reflexivo y loinstintivo la mujer?—Quedamos.—¿No parece que sea la mujer la tradición y el hombre el progreso?—Así parece.—¿No resulta ser la mujer la memoria y el hombre el entendimientode la especie?—Resulta así.—¿No decimos que la mujer representa la naturaleza y la razón elhombre, Avito?—Luego la mujer nace y el hombre se hace —agrega triunfalmente donFulgencio.Según esto, pues, se es hombre sólo por un acto de la voluntad, porel cual se consigue la forma individual consciente de sí misma, pero lamujer se identifica con un homogéneo primitivo que es, en términos dela abstracción ontológica, un puro ser-en-sí, opaco e impenetrable porsu misma falta de discontinuidad individualizante, y, en el plano con-creto existencial, el recuerdo del seno maternal. Ya antes del citadodiálogo, Carrascal le había dicho a su mujer, al explicar la necesidadde ejercer las mejores influencias prenatales sobre el hijo:—La educación empieza en la gestación... ¿qué digo?, en la concep-ción misma... antes, mucho antes, venimos educándonos ab intio, desdelo homogéneo primitivo.Ella calla y él prosigue:—Ytú, Marina, eres muy homogénea.Otro tema de mucha importancia en el diálogo, a pesar de la comi-cidad con que se trata, es el del contraste entre tradición y progreso,eco de uno de los temas principales de la obra anterior a la crisis, en laque se había afirmado la posibilidad de una síntesis de tradición yprogreso en la historia de España, mediante el famoso concepto de latradición eterna e intrahistórica como substancia del tiempo histórico,o sea del progreso. El colapso de este ideal, después de la crisis del 97,no se debe tanto a una pérdida de fe en el progreso mismo como aldesvanecimiento del sentido de la substancia eterna como realidad po-sitiva bajo la forma exterior del sujeto consciente, del mundo, y deltiempo. En sus Recuerdos de niñez y mocedad nos dice Unamuno queya antes de empezar sus estudios universitarios había leído en Balmesdel concepto hegeliano de la identidad del puro ser y la pura nada, ydespués, al leer la obra misma del filósofo alemán, llegaría, sin duda, acomprender que tal identidad se debe a la falta de determinación

individualizante dentro de los dos absolutos. Y es precisamente su propiosentido de tal falta dentro de la substancia eterna de la realidad que,en los momentos de crisis espiritual, le hacía percibir esa substanciacomo vacío, pura nada.Pero hay que recelarnos de toda ontología puramente abstracta enel análisis de un pensador como Unamuno, quien llamó una antropo-morfización la 'Idea' hegeliana, y afirmó el origen afectivo de los siste-mas filosóficos. Son útiles las abstracciones, desde luego, para determi-nar la estructura de la conciencia según la experiencia del mismo Una-muno, pero deja sin resolver el problema del verdadero significado deesa experiencia. Aquí, pues, quisiera proponer la tesis de que la repre-sentación personal y dramática que encontramos en Amor y pedagogíade la dialéctica unamuniana de conceptos de interioridad y exterioridad—Materia y Forma— puede revelarnos el verdadero significado y origende su ontología dualista. Para comprender esta oposición dialéctica delas figuras de padre y madre en la psicología unamuniana, hay quetener presente un hecho histórico de suma importancia en la biografíadel escritor, aunque, por motivos bien comprensibles, lo menciona conrelativamente poca frecuencia. Me refiero, pues, a la muerte de su pro-pio padre, que nos cuenta en el primer capítulo de sus Recuerdos deniñez y mocedad;Murió mi padre en 1870, antes de haber yo cumplido los seis años.Apenas me acuerdo de él y no sé si la imagen que de su figura conservono se debe a sus retratos que animaban las paredes de mi casa. Lerecuerdo, sin embargo, en un momento preciso, aflorando su borrosamemoria de las nieblas de mi pasado. Era la sala en casa un lugar casisagrado, a donde no podíamos entrar siempre que se nos antojara, losniños; era un lugar donde había sofá, butacas y bola de espejo en quese veía uno chiquitito, cabezudo y grotesco. Un día en que mi padreconversaba en francés con un francés, me colé yo a la sala y de no re-cordarle si no en aquel momento, sentado en su butaca, frente a M.Legorgeu, hablando con él en un idioma para mi misterioso, deduzcocuan honda debió ser en mí la revelación del misterio del lenguaje.¡Luego los hombres pueden entenderse de otro modo que como nos en-tendemos nosotros! Ya desde antes de mis seis años me hería la aten-ción el misterio del lenguaje; ¡vocación de filólogo!Quedaban, pues, el nombre y la imagen del padre en el recuerdo deUnamuno como un Logos desencarnado, borrosa memoria de una formasin substancia, no sólo a causa de su ausencia física, sino también porla misma vacuidad semiótica del lenguaje con que el recuerdo le aso-ciaba. Llegamos, pues, con esto a otra tesis que quisiera proponer a base   de estas consideraciones, la de que la estructura general de la obra no-velística constituye una dialéctica (no tanto en el sentido hegeliano comoen el del modo de razonar anunciado ya al principio de En torno alcasticismo,"de afirmación alternativa de los contradictorios")— una dia-léctica cuyo ímpetu proviene de un profundo anhelo por encontrar unarealidad concreta bajo la forma de la imagen paterna, y por conseguiruna individuación completa respeto a la substancia materna. Segúnesto, se vería en Paz en la guerra el primer esfuerzo por realizar estosfines, pero por el mismo sentido de colectividad y continuidad materialde que está empapada la novela, representa más bien la primera afirma-ción de lo materno. Amor y pedagogía nos aparece, pues, como afir-mación de lo paterno, pero tampoco satisface los profundos deseosdel gran existencialista que tanto anhela la esencia, porque lo paternopara él es a priori pura forma, sin substancia material. En Niebla vuelvela conciencia —agónica ya y no contemplativa—• de la continuidad ma-ternal, y aunque el pobre agonista se debate por individualizarse ysubstancializarse, acaba triunfando fatalmente la niebla de lo homo-géneo primitivo maternal. En Abel Sánchez viene otra afirmación delo paterno, esta vez como conciencia masculina fuertemente individuadapero careciente todavía de substancia. Y no hay duda de que lo quemás envidia Joaquín Monegro en Abel Sánchez es, en el fondo, la ple-nitud de su substancia.En las Tres novelas ejemplares y La tía Tula vuelve a afirmarse lomaterno en la forma agresiva de la 'madre devoradora' jungiana, y aun-que el caso Alejandro Gómez representa el momento contrario, hay querecordar que la primera publicación de su cuento fue en 1916, así quees de la época de Abel Sánchez. (El hecho de que los orígenes de Latía Tula remontan a 1902 no quita valor, creo, a nuestro análisis. Sóloquiere decir que una obra pensada como antítesis de Amor y pedagogíase termina y acaba por publicarse como antítesis de lo afirmado, esdecir, de la personalidad afirmada en Abel Sánchez.) En Cómo se haceuna novela se afirma de nuevo lo paterno, no sólo por el triunfo reali-zado en ella sobre el noúmeno —es decir, la materia— sino por el exis-tencialismo exento del menor asomo de esencialidad en su argumento.Tampoco hay que olvidar el recuerdo paterno explícito en la "Conti-nuación", que repite, en una página de las más emocionantes de todala obra, la historia del único recuerdo que conservaba Unamuno desu propio padre.Y finalmente, en la figura de San Manuel Bueno, el "gran varónmatriarcal", es donde más se acerca Unamuno a una síntesis en su dia-lética, pero siendo auténticos contrarios los términos de la oposición, es, a fin de cuentas, imposible cualquier síntesis, y acaba triunfando lomaterno como inconsciencia colectiva, en la pura continuidad del ser-en-sí de la materia librada de los límites impuestos por la forma indi-vidual.Es, desde luego, muy incompleto el esquema que acabamos de trazarde la dialéctica novelística e interior de Unamuno. Convendría teneren cuenta también los cuentos y relatos novelescos, que se prestan, casitodos ellos, al mismo tipo de interpretación que ofrecemos para lasobras de mayor extensión. Uno de estos relatos, por lo menos, La som-bra sin cuerpo de 1921, es en realidad un fragmento de novela no reali-zada, y puede servir, mejor que otra obra, para apoyar nuestra tesis deque el anhelo por encontrar la realidad substancial del padre es lapreocupación constante de Unamuno, y también un resorte fundamentalde su acción creadora. Pero no tiene que ser completa la estructura paraque veamos su forma general. Creo, pues, que bastará lo esbozado aquípara destacar la importancia como obra clave en esta estructura deAmor y pedagogía, novela de tesis no, sino de antítesis, por excelencia

La novela filos�fica de la Generaci�n del 98

unamuno | 05 Enero, 2007 20:13

ClaremontA principios de este siglo se desarrolla en España el género de la novela fi-losófica mucho más extensamente que en ningún otro país hasta la Francia de lapos-guerra mundial (1939-1945). La denominada Generación del 98 inició launificación de la filosofía y la literatura a partir de 1900 con trabajos comoAmor y pedagogía y Niebla de Unamuno, Camino de perfección y El árbol dela ciencia de Baroja y La voluntad de José Martínez Ruiz. Y la generación si-guiente, la del 14 que incluye Ramón Pérez de Ayala y Benjamín Jarnés, conti-núa la tradición de una novela filosófica, pero con diferencias significantes. To-mando Belarmino y Apolonio de Pérez de Ayala como punto de comparación,este trabajo evalúa estas diferencias. Últimamente se ha debatido mucho la exis-tencia de generaciones en la historia literaria española de este siglo, y el acerca-miento que propongo a la novelística de los primeros treinta años, afirma, a ba-se de intereses filosóficos elaborados en el contexto de la novela, unastendencias generacionales bien definidas.Si los del 98 se sirvieron de la literatura para burlarse de algunas escuelas fi-losóficas {Amor y pedagogía del positivismo y del idealismo alemán simultá-neamente; Niebla del idealismo cartesiano, por ejemplo), o para entender la re-lación entre las ideas filosóficas y la práctica vital {Camino de perfección, Lavoluntad y El árbol de la ciencia),

Ideas sobre la novela

unamuno | 05 Enero, 2007 20:11

La revelación de don Miguel en el mundo narrativo se produjo con Paz en la guerra (1897), su aportación a la saga de novelas sobre las guerras carlistas de estética decimonónica. Fue la única de ese corte, porque ya en la siguiente, Amor y pedagogía (1902), la anónima voz del prologuista no se atrevía a clasificarla como novela y la sentía como una extravagancia literaria fruto del “espíritu agresivo y descontentadizo” de su autor. Con ella nacía la nivola unamuniana. Tal fue la indiferencia y la incomprensión ante la obra que Unamuno no publicó otra nivola hasta 1914, cuando sorprendió con Niebla, en cuyo capítulo XVII teoriza sobre su fabulación renovadora.

Si Stendhal se empeñó en fabricar un espejo-novela que situar ante el camino de nuestras vidas para reflejarlas con realismo, Unamuno lo hizo añicos porque entendía que a la narrativa le faltaba “la verdadera, la eterna realidad, la realidad de la personalidad”. Rector quijotesco y bufón, en vez de ejercer de intelectual sensato, se metió de rondón en el mundo literario y se dedicó a promiscuar con tal descaro y falta de respeto que terminó haciendo pajaritas de papel con los tratados canónicos de la novela al uso. Tal afición compartieron con él otros autores, pues no conviene olvidar que en 1902 también se publicaron La voluntad de Azorín, Camino de perfección de Baroja y Sonata de otoño de Valle Inclán.

La desnudez narrativa, los agonistas, el perspectivismo, la importancia del diálogo y del monodiálogo (antecedente del monólogo interior), la estructura abierta... son características que anticipan el experimentalismo de Joyce o de Faulkner. Los hombres del 98, como ha escrito Umbral, “traían la modernidad” junto a Rubén Darío y a Juan Ramón, y, con ella, la renovación de los géneros literarios y la originalidad de sus voces personalísimas, con las que dinamitaron los principios estéticos de la literatura realista, preparando el camino a la Vanguardia.

Fiel al principio que más tarde expuso en Cómo se hace una novela (1924), según el cual “la filosofía es, en rigor, novela o leyenda”, en Amor y pedagogía se dedica a filosofar novelando o a novelar filosofando sobre las limitaciones del positivismo y del racionalismo. Ávito Carrascal, “hombre del porvenir” se propone crear un genio a través de la pedagogía sociológica con la ayuda de don Fulgencio. Tras buscar la Materia para darle su Forma, educa al hijo resultante para que sea un hombre dominado por los principios cientificistas y no tenga en cuenta sentimentalismos ni religiosidad alguna. Lejos de triunfar en su intento, Apolodoro (Luisisto para su madre), se hace escritor, sufre un desengaño amoroso e, incapaz de encajar sus fracasos, se reconoce “genio abortado” y se suicida para no dejarse morir. El padre-materia, perplejo, hasta reza, aunque se muestra dispuesto a aplicar su pedagogía al nieto que le dará Petra, la criada con la que el hijo desahogó su libido.

Si innovador se muestra Unamuno en la forma, no menos lo resulta en el hilo argumental y en los temas, que lo delatan como precursor del existencialismo europeo. Las especulaciones de don Fulgencio sobre el “momento metadramático” o sobre el “erostratismo”, invitan a reflexionar sobre la libertad humana, el ser, el existir, la muerte, la vida, la eternidad, Dios. El germen de las monomanías unamunianas y de su sentimiento trágico de la vida aparecen en esta obra.

En el año de su centenario, Amor y pedagogía sigue más viva que nunca. Quizá hoy nos interese como texto que propone una meditación en torno a los límites éticos de la ciencia; no en vano, Sinforiano prevé la clonación al afirmar “que llegará a hacerse hombres en retorta” y Apolodoro monologa antes de suicidarse sobre la necesidad de hacer a los hijos “en amor y no en pedagogía”.

Vida de Unamuno

unamuno | 05 Enero, 2007 19:52

Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao en 1864. La guerra carlista que vivió allí de niño pasaría a ser tema de su primera novela, Paz en la guerra. Unamuno estudió Filosofía y Letras en Madrid, pero pasó casi todo el resto de su vida en Salamanca, donde obtuvo la cátedra de griego e historia de la lengua. Subió al rectorado de la Universidad de Salamanca en 1901.

En 1924 Unamuno fue destituido de su puesto de rector de la Universidad de Salamanca por el dictador Miguel Primo de Rivera. Fue desterrado a una de las islas Canarias, pero se refugió en Francia. Volvió a Salamanca en 1931 y ocupó de nuevo el rectorado de la Universidad de Salamanca, donde continuó su vida de intensa intelectualidad. Unamuno poseía una cultura muy amplia. Conocía lenguas y literaturas modernas y antiguas y le interesaba la filología. Las obras de Unamuno se distiguen por una fuerte preocupación filosófica e incorporan sus estudios de Kant, Hegel, Kierkegaard, Nietzsche, Schopenhauer e Ibsen.

A Unamuno le apasionó toda su vida la filosofía y la historia, sobre todo la filosofía de la historia de España. Fue profundamente religioso pero se distanció mucho de la ortodoxia cristiana. El pensamiento unamuniano refleja su angustia por la división entre lo ideal y lo real, entre el corazón y la razón. Unamuno perdió la fe católica tras unas crisis juveniles. Vivió unos años de militancia socialista y estuvo afiliado al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) entre 1894 y 1897 . Otra crisis a los 31 años le renovó la meditación sobre los problemas espirituales y la política; en 1895 Unamuno le escribió a Clarín: "Sueño con que el socialismo sea una verdadera reforma religiosa, cuando se marchite el dogmatismo marxiano." Abandonó la militancia política en 1897, concentrando su atención en el problema de la muerte y de la nada. Los dos grandes temas del problema de España y del sentido de la vida humana lo angustiaron toda su vida.

Además de preocuparse por el futuro de su país, Unamuno mostró una profunda preocupación por su fin personal. La fe es un problema central en su obra, pero no le interesaba la fe estática sino la fe individual y personal. Para Unamuno el anhelo de Dios y de la inmortalidad era tan importante como el aspecto científico-racional del individuo. Reconoció, sin embargo, que la fe tradicional no podía sostenerse ante los avances científicos modernos. Según Unamuno, la persona siente la necesidad de Dios y la fe llega a ser una afirmación del individuo. Sin embargo, Unamuno insistió que el aspecto racional de la persona no le permite creer ciegamente.

La base del "sentimiento trágico de la vida"--título del libro que Unamuno publicó en 1913--es la paradoja entre el vivir y el conocer, ya que "todo lo vital es antirracional, no ya sólo irracional, y todo lo racional, antivital." La vida en sí es una paradoja, y la persona se contradice a sí mismo. Unamuno se consideró "un hombre de contradicción y de pelea [. . .] uno que dice una cosa con el corazón y la contraria con la cabeza, y que hace de esta lucha su vida." En más de una ocasión el angustiado escritor declaró que "la paz es mentira." Identificó la vida con la agonía, entendida ésta en el sentido etimológico de "lucha." Estas preocupaciones son manifiestas en el libro Del sentimiento trágico de la vida, en el que Unamuno explica que tanto el sentimiento como la razón definen al individuo: "El más trágico problema de la filosofía es el de conciliar las necesidades intelectuales con las necesidades afectivas y con las volitivas."

Unamuno es uno de los escritores más importantes del grupo llamado la "Generación del 98," preocupados por el futuro de España ante el mundo moderno. El año 1898 fue el en que España perdió sus últimas colonias ultramarinas, hecho que provocó un examen de la situación histórica del país. Los escritores identificados con la Generación del 98 abogaban por una "europeización" de España. Para Unamuno esa europeización debía abarcar también una "españolización" de lo europeo.

   

   
La casa de Unamuno en Salamanca

Su primer libro, En torno al casticismo (1895), es un intento de definir lo eterno y universal del espíritu español. Ya en este libro Unamuno insiste en la necesidad de que España se integre intelectual y espiritualmente al resto de Europa. Otro concepto muy importante que Unamuno planteó en su primer libro, es la distinción entre la historia (los cambios cronológicos e incidentales) y la intrahistoria (la continuidad y lo esencial de los pueblos).

La vida de don Quijote y Sancho (1905) sirve como contraposición a la idea de la europeización de España. En este libro se realza la independencia y el voluntarismo de don Quijote, el cual representa el alma española rechazando la lógica para seguir su propia fe y visión personal. El "problema de España" se define ahora como una falta de "Quijotes," y Unamuno insiste en la necesidad de "rescatar el sepulcro del Caballero de la Locura del poder de los hidalgos de la Razón."

Algunos críticos consideran que la filosofía de Unamuno anticipa el existencialismo de los años 30, 40 y 50, y usan el término "pre-existencialista" para hablar de la obra unamuniana. A otros críticos les parece más apropiado hablar del "vitalismo" unamuniano. No importa tanto la clasificación de la filosofía unamuniana, en parte porque ésta evolucionaba a lo largo de la vida del autor, pero impregna toda su copiosa producción literaria. Miguel de Unamuno fue autor de novelas, poesía, teatro y ensayo y en su asombrosa y prolífica obra artística se encuentra la manifestación de su preocupación por la inmortalidad.

Los temas predilectos de Unamuno--la inmortalidad, la procreación, la maternidad, la lucha del individuo por realizarse--no son sino pretextos para la exploración de sus ideas filosóficas. Empleaba un lenguaje esencial, sin adornos, para transmitir sus ideas. Buscaba un estilo desnudo que permitiera desplegarse una densidad de ideas. Unamuno luchaba con el lenguaje para conseguir lo que él llamaba "una lengua seca, precisa, rápida, sin tejido conjuntivo." Sus personajes casi carecen de descripción física, ya que lo que los definen es la lucha interior.

La obra literaria de Unamuno resiste toda categorización. Rechazó los límites tradicionales del género narrativo al escribir Niebla (1914), obra que él clasificó de "nívola" en vez de "novela": "Invento el género e inventar un género no es más que darle un nombre nuevo, y le doy las leyes que me placen." El protagonista de Niebla, Augusto Pérez, entra en diálogo con el autor, insistiendo que como ente de ficción es tan auténtico como el autor de carne y hueso, y explicando que no quiere morirse. El deseo de "serse" del protagonista se debate contra la muerte y la disolución de su personalidad.: "¡Quiero vivir, quiero ser yo!" El diálogo de la novela se convierte en vehículo imprescindible para la exteriorización de la voluntad del protagonista.

Unamuno adaptó el tema bíblico del cainismo en su novela Abel Sánchez (1917), ampliando el tema de la envidia al reconocer una dialéctica entre el envidiado y el envidioso, que se necesitan mutuamente. No es que haya víctimas y verdugos, sino que todos llevamos dentro un Caín y un Abel luchando en íntima tragedia. Ante este destino trágico Unamuno propone la caridad y el perdón como únicas respuestas.

   

Unamuno unió tres novelas cortas bajo el título de una de ellas, San Manuel Bueno, martir (1931). En la novela aparecen unas de las grandes obsesiones unamunianas: la inmortalidad y la fe. El protagonista de San Manuel Bueno, martir es un cura que pierde la fe. Este hombre, sin fe ni esperanza, se convertirá sin embargo en ejemplo de la caridad. Unamuno establece un contraste entre una verdad trágica y una felicidad ilusoria, optando en esta obra por la segunda, a diferencia de lo que había sostenido en obras más tempranas.

Escritor infatigable, Unamuno escribió varios libros de poesía, entre ellos un diario de su destierro en Francia durante los años veinte y unas meditaciones sobre una pintura de Cristo del famoso pintor Velázquez. Igual que sus obras narrativas, la obra poética de Unamuno constituye un tipo de autobiografía espiritual, expresión de su constante lucha vital. Se mantuvo al margen de las modas poéticas del momento como el modernismo, el simbolismo o el vanguardismo, prefiriendo expresarse de manera más sobria.
A.G. Mateo: "Unamuniversial"
   

El teatro de Unamuno no es sino continuación de su obsesión con el conflicto íntimo del individuo. En obras como Fedra, El otro, La venda y El hermano Juan intentaba presentar directamente ese conflicto. Se nota en la obra dramática, igual que en sus novelas, una reducción casi absoluta a la palabra y la acción. y una intriga mínima. Es casi imposible discernir entre teatro, novela y poesía en Unamuno, ya que su obra es equemática dentro de un contexto de diálogos intelectuales y ensayísticos que llevan a los personajes a "monologar."

Cuando las tropas nacionalistas de Francisco Franco se apoderaron de Salamanca al principio de la Guerra Civil, Unamuno resumió su opinión de la política del "Generalísimo" en la consabida conclusión concisa: "Venceréis, pero no convenceréis." Por su postura ante las fuerzas franquistas, Unamuno fue destituido y sufrió arresto domiciliario. Murió repentinamente el 31 de diciembre de 1936

Biograf�a de Unamuno

unamuno | 05 Enero, 2007 19:50

Miguel de Unamuno nació en Bilbao, España en 1864.
Es el pensador más fecundo de la generación del 98, y el de más amplia trayectoria fuera de España.

Doctorado en filosofía y letras por la Universidad de Madrid con la tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca (1844). Se sintió atraído desde muy joven por el socialismo y colaboró con el semanario bilbaíno La Lucha de las Clases. En 1900 fue nombrado rector de la Universidad de Salamanca, donde realizaba una función docente desde 1891 como catedrático de griego, pero en 1914 fue destituido de su cargo por disensiones con el Gobierno. En 1921 fue elegido vicerrector y decano de la Universidad Salmantina, hasta que, en 1924, por su clara postura antidictatorial, Primo de Rivera ordenó su deportación a Fuerteventura. Permaneció en el exilio (en Hendaya) hasta 1931, año en que se instauró la República, y de regreso a Salamanca fue reintegrado a su cátedra y elegido diputado en las Cortes Constituyentes.

Su pensamiento filosófico, marcado por un acercamiento existencial a la realidad, se alimentó de sus lecturas de Pascal, Kant y Schopenhauer, así como de la obra de Ibsen, Carducci y Leopardi. En la primavera de 1897 se produjo en su pensamiento una radical inflexión ideológica y una crisis psicológica -reflejada en su Diario íntimo (1897-1902), publicado en 1970-, que le condujo a adoptar una postura abiertamente opuesta al racionalismo y, sobre todo, a iniciar una vehemente reinserción en el cristianismo, manifestada como rechazo del nihilismo nietzscheano.

Esta nueva y definitiva postura asoma en sus primeras obras importantes, En torno al casticismo (1895) y Paz en la guerra (1897), y va enriqueciéndose en la novela Amor y pedagogía (1902) y en una serie de ensayos que culmina con Mi religión (1907) y con el esencial Del sentimiento trágico de la vida (1912). En esta obra incorpora, además de la influencia de los autores mencionados, la de san Agustín, los grandes místicos, William James y, sobre todo, la de Kierkegaard. El gran motivo unamuniano del conflicto interior entre la razón negadora y la fe se combina con la aceptación religiosa de Cristo, Dios hecho hombre, no tanto para redimirnos del pecado cuanto para asegurarnos una supervivencia personal, anímica y corpórea. Esta temática fundamental reaparece en los escritos posteriores, como La agonía del cristianismo (1924), en sus obras poéticas (Rosario de sonetos líricos, 1912; El Cristo de Velázquez, 1920; Rimas de dentro, 1923), así como, hábilmente engarzada con el otro gran tema unamuniano de la difícil convivencia y comunicación humanas, en sus dramas Soledad (1921) y El otro (1926), y en sus novelas -a las que él llamaba nivolas- Niebla (1914), Abel Sánchez (1917), La tía Tula (1921) y San Manuel Bueno, mártir (1933). Buen conocedor de la lengua, acuñó en todos estos géneros un estilo personal inconfundible, que puso al servicio de su voluntad de «despertar» a los españoles de su «modorra espiritual». Se esforzó por rescatar el «fondo intrahistórico del pueblo español», la verdadera esencia de España, que vio encarnada en la figura de don Quijote, el Caballero de la fe irracional (Vida de Don Quijote y Sancho, 1905). Del resto de su obra cabe destacar: los ensayos De mi país (1903), Por tierras de Portugal y España (1911), Contra esto y aquello (1912) y Andanzas y visiones españolas (1922); las novelas Nada menos que todo un hombre (1916), Tres novelas ejemplares y un prólogo (1920), Tulio Montalbán (1920) y Julio Macedo (1920), de la que hizo una adaptación teatral, Sombras de sueño (1930); la obra poética recogida en Poesías (1907), Teresa (1924) y De Fuerteventura a París (1925); Romancero del destierro (1928) y los dos volúmenes póstumos, Cancionero (escrito entre 1928-1936 y publicado en 1953) y 60 poemas inéditos (1958); sus obras teatrales La esfinge (1898), La difunta (1909), La venda (1913), Fedra (1921), Raquel encadenada (1921), Medea (1933) y El hermano Juan o el mundo del teatro (1954).

En 1991 se publicó El resentimiento trágico de la vida, libro en el que aparecen las notas escritas por Unamuno sobre la revolución y la guerra civil española, que quedaron inconclusas al morir su autor en 1936.

Felicidades!

unamuno | 05 Enero, 2007 19:41

Si puede leer esto, su bit�cora est� lista para empezar a escribir.
 
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