Unamuno

05 Ene, 2007

La dial�ctica de Uamuno

General — Escrito por unamuno @ 20:16
Entre los múltiples aspectos del profundo "cambio de signo" señalado por Antonio Sánchez Barbudo en la obra unamuniana como consecuen-cia de la crisis espiritual del '97, ninguno hay más notable que el quese presenta en el contraste entre las dos primeras novelas, Paz en laguerra, publicada en el mismo año de la crisis, y Amor y pedagogía,de1902.Respecto a la segunda obra, varios críticos han subrayado su carácterde 'obra de transición' hacia la plenitud artística de las novelas y nivo-las posteriores. Para Julián Marías, la abstracción de sus personajesrepresenta la transición entre la colectividad de Paz en la guerra y laindividualidad de Niebla y Abel Sánchez. En el estudio de Juan Ló-pez Morillas sobre antagonistas y agonistas entre las criaturas de Una-muno se consideran las de Amor y pedagogía como verdaderos casosde transición entre los dos tipos; y para Geofírey Ribbans, esta no-vela "puede ser descrita casi como un primer borrador de lo esencialde Niebla", un borrador, cabe añadir, harto vacilante y estéticamentemuy inferior a la obra definitiva, según la opinión de Carlos Claveríacitada y aprobada por el mismo profesor Ribbans. Parece evidente,pues, que entre los principales estudios generales de la novelística una-muniana hay una fuerte tendencia hacia una interpretación de las ex-travagancias de Amor y pedagogía a base del concepto de 'transición'aplicado a uno u otro de sus aspectos fundamentales. La excepción másnotable, sin duda, es el importante libro de Ricardo Gullón, en que elestudio de las novelas como 'autobiografías' subraya, como es natural,la unidad de la obra total, aunque no excluye el concepto de transición.En efecto, éste es un concepto que hay que aceptar, por de prontoen un sentido cronológico muy obvio, y también como término de va-loración estética para calificar la gran diferencia técnica entre estanovela y Niebla. Creo, sin embargo, que puede ser muy provechosa ]acomparación retrospectiva entre Amor y pedagogía y la novela publi-cada cinco años antes, Paz en la guerra. En muchos respectos las dife-rencias entre las dos parecen demasiado grandes y evidentes para quese encuentre punto alguno de comparación entre las dos. Paz en laguerra-,larga, seria, histórica e intrahistórica; narrativa y descriptiva;prosa de ritmo grave y sereno; de estructura sencilla y unida; con per-649AIH. Actas III (1968). Amor y pedagogía en la dialéctica interior de Unamuno. PAUL R. OLSON
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650P A U LR.O L S O Nsonajes que son al mismo tiempo realistas y típicos. Amor y pedagogía:breve, amargamente cómica, hondamente temporal pero no histórica;forma narrativa casi dialogada; estructura fragmentada; personajes cari-caturescos, casi todos de nombre simbólico.Con tanta discrepancia, pues, ¿qué significado se encuentra en estaserie de contrastes? Por lo menos, éste: que desde el punto de vistafenomenológico no se puede hablar de vacilaciones en Amor y pedago.gia, ni mucho menos. Las diferencias que la distinguen de Paz en laguerra están deliberadamente exageradas, de modo que aparece en ellala antítesis completa de la primera novela, y es, por lo tanto, la anti-novela por excelencia de Unamuno.Pero hay otras diferencias cuya mayor importancia deriva del hechode que se basan en unos paralelos casi únicos en la obra del gran vasco.Entre las obras mayores son éstas las únicas con título de forma sintác-tica bimembre, pero del fondo de esta indudable semejanza se des-taca una diferencia radical. Paz en la guerra resuelve en una armo-niosa concordia la oposición de los términos opuestos, mientras que enAmor y pedagogía la aparente relación complementaria entre los dostérminos del sintagma se convierte en una antítesis profunda. En lacarta a Jiménez Ilundain del 19 de octubre de 1900, Unamuno habíadicho de su próxima novela: "Trátase de un hombre que se casa de-ductivamente para poder tener un hijo y educarlo para genio, por amora la pedagogía." Ahora bien, ya sabemos que en la versión definitivael casamiento deductivo no se realiza, y el "amor a la pedagogía" llegaa ser la expresión de una oposición radical. Otro paralelo muy impor-tante es el hecho de ser estas novelas los únicos ejemplos unamunianosdel Erziehungsroman, la presentación completa de la trayectoria vitalde uno de los personajes centrales, visto en el ambiente familiar. Ig-nacio Iturriondo, educado con un amor paternal y maternal, embebe unsentido inquebrantable del valor de esa "tradición indefinible e inde-finida" por la cual acaba entregando su vida a la violencia de la his-toria. Apolodoro Carrascal, atormentado entre los extremos del amormaternal y el intelectualismo paternal, se llena de un sentido de la alie-nación y discontinuidad que la razón analítica impone sobre el ser enel tiempo, y sólo en el suicidio encuentra alivio para su dolor.Otro contraste es el que vemos penetrando hasta las mismas raícesontológicas del pensamiento unamuniano. En Paz en la guerra se en-cuentra un equilibrio armonioso entre historia e intrahistoria, es decir,apariencia y realidad substancial. En Amor y pedagogía, apariencia ysubstancia, es decir, forma y materia, están completamente opuestas.Tal es, por lo tanto, la diferencia más fundamental de todas: la armo-AIH. Actas III (1968). Amor y pedagogía en la dialéctica interior de Unamuno. PAUL R. OLSON
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"AMOR Y PEDAGOGÍA" EN LA DIALÉCTICA DE UNAMUNO651nía ontológica de Paz en la guerra frente a las antítesis de Amor ypedagogía.En la segunda novela los términos forma y materia aparecen porvez primera en el discurso que se pronuncia don Avito al darse cuentade que se ha enamorado inductivamente de Marina del Valle. Pen-sando en el futuro genio, dice: "Démosle su parte de naturaleza, de ins-tinto, de inconsciencia; no hay forma sin materia. El arte, la reflexión,la conciencia, la forma lo seré yo, y ella, Marina, será la naturaleza, elinstinto, la inconsciencia, la materia." Desde este momento el narradorsigue empleando estos términos, ahora con mayúscula, para referirse ala pareja, contándonos, por ejemplo, que en la primera entrevista denovios se encienden tanto —de amor el uno y de rubor la otra— que"la Materia quema y la Forma arde". Encarnados, pues, los conceptosde Forma y Materia en dos personajes distintos, y presentados por esomismo como elementos ontológicos no sólo separables sino efectivamenteseparados, Unamuno sigue exagerando la separación hasta convertirlaen una oposición total. Mientras don Avito está procurando imponersobre su hijo una forma absolutamente ideal, la madre/Materia vasubvirtiendo la gran prueba científica. Habiendo bautizado a su hijoen secreto con el nombre cristiano de Luis, Marina le colma del afectoferoz de una mater saeva cupidinum: "—Luis, mi Luis, Luis mío, Lui-sito, mi Luisito— y se lo come a besos."Pero no es sólo en la representación personalizada y dramática don-de se expresa esta oposición. La forma se revela como antagonista de lamateria en su función de negación definidora y analítica, tanto queamenaza aniquilar completamente la realidad material. Tal es el sig-nificado de las estructuras verbales sin sentido del Ars magnacombina-toria de don Fulgencio y el del encasillado esquemático completamentevacío que aparece en el epílogo como ejemplo del tipo de razonamientocientífico de que se declara Unamuno completamente incapaz. Tal es,en fin, la razón de la aparente sinrazón de los "Apuntes para un tra-tado de cocotología" que integran la parte final de la novela, porqueel tratado es en el fondo una antropología general en la cual el hom-bre ha sido reducido, por la fuerza negativa de la razón analítica, a unapajarita de papel, un ser completamente sin substancia, pura super-ficie y pura forma.Parece, pues, bastante evidente la .relación entre esta antítesis funda-mental y el sistema unamuniano de dualismo ontológico, tan hábilmenteestudiado por Franc,ois Meyer y Carlos Blanco Aguinaga. Pero lo quees de particular interés en Amor y pedagogía es la manera en que estanovela sugiere una relación fundamental entre el contraste de imágenesAIH. Actas III (1968). Amor y pedagogía en la dialéctica interior de Unamuno. PAUL R. OLSON
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652P A U LR.OLSO Nde padre y madre. Y toda la serie de oposiciones que componen laontología de Unamuno: historia e intrahistoria; tiempo y eternidad;razón y fe, etc. Mucho se ha escrito acerca de los personajes femeninosde Unamuno, y Blanco Aguinaga nos ha mostrado con qué persistencialas figuras maternales y símbolos de la maternidad aparecen como metá-foras de la intrahistoria para el Unamuno contemplativo. Pero todavíapodemos preguntarnos si no habrá también un significado intrínseco,no metafórico, en estas imágenes, o si hay metáfora, cuál es el verdaderosignificado, el concepto o la personalidad.Mucho menos se ha dicho respecto al tema de la paternidad, yeso sobre todo como un aspecto más del deseo de dejar posteridad, comoen el caso de don Fulgencio. Pero convendría dedicar más atención alas relaciones concretas entre padres e hijos en la obra unamuniana.Ahora, sin embargo, lo que nos importa más que otra cosa es la antítesisde los padres mismos. El tema de la oposición de los sexos aparece casial principio de la novela, cuando Avito afirma: "En la especie huma-na, el genio ha de ser por fuerza masculino." Pero culmina en el mássocrático de los diálogos entre Carrascal y don Fulgencio, misoginistay calzonazos rematado. Llega Carrascal a presencia de don Fulgenciocuando éste medita un aforismo:—¡Nada, no acabo de resolverlo! —exclama de pronto el filósofo,rompiendo el silencio con que ha recibido a su fiel don Avito—; aforismole hay, no me cabe la menor duda, aforismo le hay, pero ¿en qué sen-tido? ¿hemos de decir que la mujer nace y el hombre se hace o viceversa,que nace el hombre y se hace la mujer? ¿es la mujer de herencia y elhombre de adaptación, o por el contrario? ¿cuál es el primitivo? ¿o sehan diferenciado de algo primitivo que no era ni hombre ni mujer?Sigue entonces una antifonía de improperios contra el sexo feme-nino en general:—Porque —continúa el filósofo volviéndose ya al chocolate— la mu-jer es remora de todo progreso...—Es la inercia, la fuerza conservadora... —agrega don Avito.—Sí, ella es la tradición, el hombre el progreso...—Es un hombre abortado...—Es el anti-sobre-hombre.El dúo se interrumpe con la entrada de la Xantippe de don Ful-gencio, doña Edelmira, quien le riñe por haberse olvidado de que tieneque ir a la casa del notario, y con esto se resuelve el dilema del filósofo:.

—¿No quedamos, Carrascal, en que es el hombre lo reflexivo y loinstintivo la mujer?—Quedamos.—¿No parece que sea la mujer la tradición y el hombre el progreso?—Así parece.—¿No resulta ser la mujer la memoria y el hombre el entendimientode la especie?—Resulta así.—¿No decimos que la mujer representa la naturaleza y la razón elhombre, Avito?—Luego la mujer nace y el hombre se hace —agrega triunfalmente donFulgencio.Según esto, pues, se es hombre sólo por un acto de la voluntad, porel cual se consigue la forma individual consciente de sí misma, pero lamujer se identifica con un homogéneo primitivo que es, en términos dela abstracción ontológica, un puro ser-en-sí, opaco e impenetrable porsu misma falta de discontinuidad individualizante, y, en el plano con-creto existencial, el recuerdo del seno maternal. Ya antes del citadodiálogo, Carrascal le había dicho a su mujer, al explicar la necesidadde ejercer las mejores influencias prenatales sobre el hijo:—La educación empieza en la gestación... ¿qué digo?, en la concep-ción misma... antes, mucho antes, venimos educándonos ab intio, desdelo homogéneo primitivo.Ella calla y él prosigue:—Ytú, Marina, eres muy homogénea.Otro tema de mucha importancia en el diálogo, a pesar de la comi-cidad con que se trata, es el del contraste entre tradición y progreso,eco de uno de los temas principales de la obra anterior a la crisis, en laque se había afirmado la posibilidad de una síntesis de tradición yprogreso en la historia de España, mediante el famoso concepto de latradición eterna e intrahistórica como substancia del tiempo histórico,o sea del progreso. El colapso de este ideal, después de la crisis del 97,no se debe tanto a una pérdida de fe en el progreso mismo como aldesvanecimiento del sentido de la substancia eterna como realidad po-sitiva bajo la forma exterior del sujeto consciente, del mundo, y deltiempo. En sus Recuerdos de niñez y mocedad nos dice Unamuno queya antes de empezar sus estudios universitarios había leído en Balmesdel concepto hegeliano de la identidad del puro ser y la pura nada, ydespués, al leer la obra misma del filósofo alemán, llegaría, sin duda, acomprender que tal identidad se debe a la falta de determinación

individualizante dentro de los dos absolutos. Y es precisamente su propiosentido de tal falta dentro de la substancia eterna de la realidad que,en los momentos de crisis espiritual, le hacía percibir esa substanciacomo vacío, pura nada.Pero hay que recelarnos de toda ontología puramente abstracta enel análisis de un pensador como Unamuno, quien llamó una antropo-morfización la 'Idea' hegeliana, y afirmó el origen afectivo de los siste-mas filosóficos. Son útiles las abstracciones, desde luego, para determi-nar la estructura de la conciencia según la experiencia del mismo Una-muno, pero deja sin resolver el problema del verdadero significado deesa experiencia. Aquí, pues, quisiera proponer la tesis de que la repre-sentación personal y dramática que encontramos en Amor y pedagogíade la dialéctica unamuniana de conceptos de interioridad y exterioridad—Materia y Forma— puede revelarnos el verdadero significado y origende su ontología dualista. Para comprender esta oposición dialéctica delas figuras de padre y madre en la psicología unamuniana, hay quetener presente un hecho histórico de suma importancia en la biografíadel escritor, aunque, por motivos bien comprensibles, lo menciona conrelativamente poca frecuencia. Me refiero, pues, a la muerte de su pro-pio padre, que nos cuenta en el primer capítulo de sus Recuerdos deniñez y mocedad;Murió mi padre en 1870, antes de haber yo cumplido los seis años.Apenas me acuerdo de él y no sé si la imagen que de su figura conservono se debe a sus retratos que animaban las paredes de mi casa. Lerecuerdo, sin embargo, en un momento preciso, aflorando su borrosamemoria de las nieblas de mi pasado. Era la sala en casa un lugar casisagrado, a donde no podíamos entrar siempre que se nos antojara, losniños; era un lugar donde había sofá, butacas y bola de espejo en quese veía uno chiquitito, cabezudo y grotesco. Un día en que mi padreconversaba en francés con un francés, me colé yo a la sala y de no re-cordarle si no en aquel momento, sentado en su butaca, frente a M.Legorgeu, hablando con él en un idioma para mi misterioso, deduzcocuan honda debió ser en mí la revelación del misterio del lenguaje.¡Luego los hombres pueden entenderse de otro modo que como nos en-tendemos nosotros! Ya desde antes de mis seis años me hería la aten-ción el misterio del lenguaje; ¡vocación de filólogo!Quedaban, pues, el nombre y la imagen del padre en el recuerdo deUnamuno como un Logos desencarnado, borrosa memoria de una formasin substancia, no sólo a causa de su ausencia física, sino también porla misma vacuidad semiótica del lenguaje con que el recuerdo le aso-ciaba. Llegamos, pues, con esto a otra tesis que quisiera proponer a base   de estas consideraciones, la de que la estructura general de la obra no-velística constituye una dialéctica (no tanto en el sentido hegeliano comoen el del modo de razonar anunciado ya al principio de En torno alcasticismo,"de afirmación alternativa de los contradictorios")— una dia-léctica cuyo ímpetu proviene de un profundo anhelo por encontrar unarealidad concreta bajo la forma de la imagen paterna, y por conseguiruna individuación completa respeto a la substancia materna. Segúnesto, se vería en Paz en la guerra el primer esfuerzo por realizar estosfines, pero por el mismo sentido de colectividad y continuidad materialde que está empapada la novela, representa más bien la primera afirma-ción de lo materno. Amor y pedagogía nos aparece, pues, como afir-mación de lo paterno, pero tampoco satisface los profundos deseosdel gran existencialista que tanto anhela la esencia, porque lo paternopara él es a priori pura forma, sin substancia material. En Niebla vuelvela conciencia —agónica ya y no contemplativa—• de la continuidad ma-ternal, y aunque el pobre agonista se debate por individualizarse ysubstancializarse, acaba triunfando fatalmente la niebla de lo homo-géneo primitivo maternal. En Abel Sánchez viene otra afirmación delo paterno, esta vez como conciencia masculina fuertemente individuadapero careciente todavía de substancia. Y no hay duda de que lo quemás envidia Joaquín Monegro en Abel Sánchez es, en el fondo, la ple-nitud de su substancia.En las Tres novelas ejemplares y La tía Tula vuelve a afirmarse lomaterno en la forma agresiva de la 'madre devoradora' jungiana, y aun-que el caso Alejandro Gómez representa el momento contrario, hay querecordar que la primera publicación de su cuento fue en 1916, así quees de la época de Abel Sánchez. (El hecho de que los orígenes de Latía Tula remontan a 1902 no quita valor, creo, a nuestro análisis. Sóloquiere decir que una obra pensada como antítesis de Amor y pedagogíase termina y acaba por publicarse como antítesis de lo afirmado, esdecir, de la personalidad afirmada en Abel Sánchez.) En Cómo se haceuna novela se afirma de nuevo lo paterno, no sólo por el triunfo reali-zado en ella sobre el noúmeno —es decir, la materia— sino por el exis-tencialismo exento del menor asomo de esencialidad en su argumento.Tampoco hay que olvidar el recuerdo paterno explícito en la "Conti-nuación", que repite, en una página de las más emocionantes de todala obra, la historia del único recuerdo que conservaba Unamuno desu propio padre.Y finalmente, en la figura de San Manuel Bueno, el "gran varónmatriarcal", es donde más se acerca Unamuno a una síntesis en su dia-lética, pero siendo auténticos contrarios los términos de la oposición, es, a fin de cuentas, imposible cualquier síntesis, y acaba triunfando lomaterno como inconsciencia colectiva, en la pura continuidad del ser-en-sí de la materia librada de los límites impuestos por la forma indi-vidual.Es, desde luego, muy incompleto el esquema que acabamos de trazarde la dialéctica novelística e interior de Unamuno. Convendría teneren cuenta también los cuentos y relatos novelescos, que se prestan, casitodos ellos, al mismo tipo de interpretación que ofrecemos para lasobras de mayor extensión. Uno de estos relatos, por lo menos, La som-bra sin cuerpo de 1921, es en realidad un fragmento de novela no reali-zada, y puede servir, mejor que otra obra, para apoyar nuestra tesis deque el anhelo por encontrar la realidad substancial del padre es lapreocupación constante de Unamuno, y también un resorte fundamentalde su acción creadora. Pero no tiene que ser completa la estructura paraque veamos su forma general. Creo, pues, que bastará lo esbozado aquípara destacar la importancia como obra clave en esta estructura deAmor y pedagogía, novela de tesis no, sino de antítesis, por excelencia


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